Un mes para irme: la decisión que rompió mi hogar
—¡Tienes un mes para irte de mi casa, Lucía!— rugió doña Marta desde la puerta de la cocina, con el delantal manchado de salsa y los ojos encendidos de rabia. El cuchillo que sostenía en la mano temblaba apenas, pero su voz era firme como nunca antes.
Me quedé paralizada, con la taza de café a medio camino hacia mis labios. Julián, mi esposo, estaba sentado a mi lado en la mesa. Lo miré buscando apoyo, una palabra, un gesto. Pero él solo bajó la mirada y murmuró:
—Mi mamá tiene razón…
Sentí que el piso se abría bajo mis pies. ¿Cómo habíamos llegado a esto? Hace dos años, cuando Julián y yo nos mudamos juntos al departamento de su madre en el centro de Puebla, todo parecía perfecto. Doña Marta era amable, reservada, casi invisible. Yo pensaba que había tenido suerte con mi suegra, que no era como esas mujeres entrometidas de las telenovelas. Pero ahora, su voz retumbaba en mi cabeza como una sentencia.
—¿Por qué?— logré preguntar con un hilo de voz.
Doña Marta se cruzó de brazos. —Porque esta es mi casa y ya no aguanto más tus desplantes ni tus maneras. Aquí mando yo.
Julián asintió, sin atreverse a mirarme. —Es lo mejor, Lucía. Últimamente todo es pelea…
No podía creerlo. ¿Desplantes? ¿Maneras? Si yo me desvivía por ayudar en la casa, por no hacer ruido cuando ella dormía la siesta, por cocinarle sus guisos favoritos los domingos… ¿Qué había hecho mal?
Esa noche no dormí. Me revolví en la cama mientras Julián roncaba a mi lado como si nada hubiera pasado. Recordé todas las veces que doña Marta me miraba de reojo cuando llegaba tarde del trabajo; las veces que criticaba mi forma de lavar los trastes o de tender la ropa; las veces que hacía comentarios sobre mi familia humilde de Veracruz, como si yo fuera menos por venir del campo.
Al día siguiente, intenté hablar con Julián.
—¿De verdad crees que debo irme?— le pregunté mientras él se ponía la corbata para ir al banco.
—No es solo por mi mamá— dijo sin mirarme—. Es que… últimamente siento que ya no somos los mismos. Peleamos por todo: el dinero, el trabajo, hasta por el canal de la tele. Tal vez necesitamos un tiempo…
Me quedé muda. ¿Un tiempo? ¿Después de todo lo que habíamos pasado juntos? Recordé cuando Julián perdió su empleo durante la pandemia y yo fui quien sostuvo la casa vendiendo pasteles y tamales en la esquina. Recordé las noches en que llorábamos juntos porque no sabíamos si podríamos pagar la luz o el gas. ¿Eso no valía nada?
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Doña Marta me ignoraba o me lanzaba indirectas cada vez que podía:
—En esta casa siempre hemos sido ordenados… hasta ahora.
—Aquí nadie deja los zapatos tirados en la sala.
—A ver si en tu próxima casa sí te enseñan a cocinar frijoles como Dios manda.
Yo aguantaba callada. No quería darle el gusto de verme llorar. Pero cada palabra era una puñalada.
Una tarde, mientras lavaba los platos, escuché a doña Marta hablando por teléfono con su hermana:
—Ya era hora de que esa muchacha se fuera. Nunca me gustó para Julián. Muy altanera… y ni hijos le ha dado.
Sentí que me ahogaba. Corrí al cuarto y lloré hasta quedarme sin lágrimas. ¿Eso era lo que pensaban de mí? ¿Que no servía porque no había podido quedar embarazada?
Esa noche enfrenté a Julián:
—¿Tú también piensas que soy una inútil porque no hemos tenido hijos?
Él se encogió de hombros.
—Mi mamá solo quiere lo mejor para mí… Tal vez deberías regresar a Veracruz con tu familia un tiempo.
Su indiferencia me dolió más que cualquier insulto. Me di cuenta de que estaba sola.
Empecé a empacar mis cosas en silencio. Cada prenda, cada libro, cada recuerdo era una herida abierta. Encontré la carta que Julián me escribió cuando cumplimos un año juntos: «Contigo aprendí lo que es el amor verdadero». Ahora esas palabras parecían una burla cruel.
El último día, doña Marta me miró desde el marco de la puerta mientras bajaba mi maleta por las escaleras.
—Que te vaya bien… Y ojalá aprendas a respetar las casas ajenas.
No respondí. Afuera llovía y el aire olía a tierra mojada y despedidas amargas. Caminé hasta la parada del camión con el corazón hecho trizas y la dignidad apenas sostenida por un hilo.
En el trayecto a casa de mi hermana, repasé todo lo vivido: las risas, los sueños compartidos, las promesas rotas. Me pregunté cuántas mujeres como yo han tenido que irse porque nunca fueron realmente aceptadas en la familia de su pareja; cuántas han callado humillaciones por miedo a quedarse solas o por no tener adónde ir.
Ahora estoy aquí, sentada en el cuarto prestado de mi hermana, tratando de reconstruir mi vida desde cero. A veces me pregunto si hice bien en aguantar tanto tiempo; si debí haberme defendido más; si alguna vez fui realmente bienvenida en esa casa o solo era una intrusa tolerada por lástima o conveniencia.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que nos echen de lugares donde también hemos construido sueños? ¿Cuántas Lucías más tendrán que irse antes de que aprendamos a defender nuestro lugar en el mundo?