Vacaciones en ruinas: El verano en que descubrí la verdad

—¡No me mientas, Javier! ¡Vi los mensajes!—. Mi voz temblaba, ahogada por el rugido del mar y el eco de las risas de mis hijos jugando en la playa. Era el primer día de nuestras vacaciones familiares en Atacames, y yo, Mariana, sentía que el mundo se partía bajo mis pies.

Todo había comenzado como un sueño: Javier, mis dos hijos, mi suegra Rosa y mi cuñada Verónica, todos juntos en una casa alquilada frente al mar. Pero esa mañana, mientras buscaba el cargador en la mochila de Javier, vi su celular vibrar. El nombre “Lucía” brillaba en la pantalla. No era una compañera de trabajo, como él había dicho. Los mensajes eran claros, demasiado íntimos para ser solo amigos.

Me encerré en el baño con el corazón desbocado. “¿Qué hago? ¿Le enfrento aquí, delante de todos? ¿O me trago este dolor hasta volver a Quito?” Pero no pude callar. Cuando salí, Javier estaba sirviendo jugo a los niños. Lo llamé aparte y le mostré el teléfono. Su rostro se descompuso.

—Mariana, no es lo que piensas…

—¿Entonces qué es? ¿Por qué me haces esto?—. Mis palabras salían entrecortadas, pero no podía detenerlas.

El silencio se hizo pesado. Rosa entró al comedor y nos miró con sospecha.

—¿Qué pasa aquí?— preguntó con ese tono autoritario que siempre me incomodó.

Javier intentó calmarla, pero yo ya no podía fingir. —Tu hijo me engaña, Rosa. ¿Eso es lo que querías escuchar?—

Verónica dejó caer una taza. Los niños se asomaron desde la terraza, confundidos por los gritos. Sentí que todos los ojos estaban sobre mí, juzgándome, como si la culpa fuera mía por descubrir la verdad.

La tensión llenó la casa durante días. Javier dormía en el sofá; yo lloraba en silencio cada noche. Rosa me miraba con lástima y algo de reproche, como si yo fuera la responsable de romper la armonía familiar justo en vacaciones.

Una tarde, mientras caminaba sola por la orilla del mar, Verónica me alcanzó.

—Mariana… sé que esto es difícil. Pero tienes derecho a saberlo todo. No es la primera vez que Javier…

Me detuve en seco. —¿Tú sabías?

Bajó la mirada. —Lo sospechaba. Pero nunca quise meterme…

Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Cuánto tiempo llevaba viviendo una mentira? ¿Cuántas veces mi familia política había preferido callar para no incomodar?

Esa noche, después de acostar a los niños, enfrenté a Javier una vez más.

—¿Por qué? ¿Por qué Lucía? ¿Por qué ahora?

Él se encogió de hombros, derrotado. —No sé… Me sentía vacío. El trabajo, las presiones… Lucía me escuchaba.

—¿Y yo? ¿Acaso yo no estaba ahí?—

Lloramos juntos, pero ya no era lo mismo. Algo se había roto para siempre.

Los días siguientes fueron un desfile de silencios incómodos y miradas furtivas. Rosa intentaba mantener la normalidad cocinando encebollado y chifles para todos, pero nadie tenía hambre. Los niños preguntaban por qué papá dormía solo; yo les inventaba excusas sobre el calor y los mosquitos.

Una tarde lluviosa, decidí salir sola al malecón. Me senté en una banca y observé a las familias felices paseando bajo paraguas de colores. Sentí una punzada de envidia y soledad tan grande que me dieron ganas de gritar.

En ese momento, una mujer mayor se sentó a mi lado. Llevaba un sombrero de paja y una sonrisa amable.

—¿Estás bien, mija?—

No sé por qué le conté todo: la traición, el dolor, la rabia contenida.

Ella me escuchó sin interrumpir y luego me dijo: —A veces uno tiene que perderlo todo para encontrarse a sí misma. No tengas miedo de empezar de nuevo.

Sus palabras me acompañaron el resto del viaje. Empecé a mirar a mis hijos con otros ojos: ellos merecían una madre fuerte, aunque estuviera rota por dentro.

El último día de vacaciones, antes de regresar a Quito, reuní a todos en la sala.

—Voy a pedir el divorcio— anuncié con voz firme aunque temblorosa.— No puedo seguir viviendo así. No quiero que mis hijos aprendan que está bien mentir o aguantar por miedo al qué dirán.

Rosa lloró; Verónica me abrazó; Javier bajó la cabeza sin decir nada.

De regreso en el bus, mientras veía desaparecer el mar por la ventana, sentí miedo pero también alivio. Por primera vez en años, tenía claro lo que quería: paz para mí y mis hijos.

Ahora escribo esto desde mi pequeño departamento en Quito. No ha sido fácil: las noches son largas y las dudas muchas. Pero cada día me pregunto: ¿Quién soy yo cuando nadie me mira? ¿Qué merezco realmente?

¿Ustedes alguna vez han sentido que su vida se derrumba de un momento a otro? ¿Qué harían si descubrieran una verdad así durante unas vacaciones familiares?