Entre el hielo y la indiferencia: una mañana en el 27B
—¡Oye, chavo, muévete! —gritó una señora detrás de mí, empujándome con su bolsa mientras intentaba subir al autobús. El frío de la mañana se colaba por las rendijas del 27B, empañando los vidrios y mezclándose con el olor a sudor, cigarro barato y ropa húmeda. Era uno de esos días en que la ciudad parecía aún más gris, y yo solo quería llegar a la universidad sin más sobresaltos.
Me acomodé como pude entre la multitud, con mi mochila apretada contra el pecho. De repente, en la siguiente parada, subió un hombre de unos cincuenta años. Su chamarra estaba raída, y sus manos temblaban mientras se aferraba a la barra metálica como si fuera lo único que lo mantenía en pie. Al principio pensé que estaba borracho —no sería la primera vez que alguien así sube al camión—, pero algo en su mirada me hizo dudar. Sus ojos estaban vidriosos, pero no por el alcohol; era otra cosa, algo más profundo.
El camión arrancó con un tirón brusco y el hombre casi cae. Nadie lo ayudó. Unos adolescentes se rieron por lo bajo y una señora se cubrió la nariz con desdén. Yo sentí una punzada en el estómago. «No es mi problema», pensé, pero no pude apartar la vista.
De pronto, el hombre empezó a sudar frío. Se llevó la mano al pecho y su respiración se volvió agitada. Miró a su alrededor buscando ayuda, pero todos evitaban su mirada. El chofer ni siquiera volteó. Sentí cómo mi corazón latía más rápido. ¿Y si realmente le pasaba algo grave?
Me acerqué con cuidado.
—¿Se siente bien, señor?
Él intentó responder, pero solo salió un susurro ahogado. Se desplomó sobre mí, y lo sostuve como pude para que no se golpeara la cabeza contra el piso.
—¡Ayúdenme! —grité—. ¡Creo que le está dando un infarto!
El silencio fue absoluto por un segundo. Luego, como si nada hubiera pasado, la gente volvió a mirar por la ventana o a sus celulares. Nadie se movió. Nadie.
—¡Chofer! ¡Pare el camión! —insistí.
El conductor bufó y frenó de mala gana junto a una farmacia. Bajé al hombre casi arrastrándolo, mientras el resto de los pasajeros murmuraban que iba a llegar tarde por mi culpa.
Dentro de la farmacia, una joven farmacéutica me ayudó a recostarlo en el suelo frío. Llamamos a una ambulancia. El hombre apenas podía hablar, pero me apretó la mano con fuerza.
—Gracias… hijo… —susurró—. Nadie… nadie ayuda ya…
Sentí un nudo en la garganta. Recordé a mi papá, que también había sufrido un infarto años atrás y sobrevivió solo porque alguien desconocido lo ayudó en la calle.
La ambulancia llegó rápido, pero esos minutos parecieron eternos. Cuando se lo llevaron, me quedé parado frente a la farmacia, temblando más por la rabia que por el frío.
Regresé al camión para recoger mi mochila. El chofer me lanzó una mirada de fastidio.
—¿Ya acabaste tu show? —me dijo con sarcasmo.
No respondí. Solo subí y sentí las miradas de todos clavadas en mí: algunas de reproche, otras de incomodidad. Nadie dijo nada.
Llegué tarde a clase. Mi profesora, la doctora Ramírez, me regañó frente a todos.
—¿Otra vez tarde, Emiliano? ¿Cuál es tu excusa hoy?
No quise dar detalles; solo murmuré que había ayudado a alguien en el camión.
—Eso no te da derecho a interrumpir la clase —sentenció ella—. Si quieres ayudar al mundo, hazlo en tu tiempo libre.
Me senté al fondo del salón, sintiéndome invisible y furioso a la vez. ¿En qué momento nos volvimos tan insensibles? ¿Por qué ayudar a alguien es motivo de burla o molestia?
Esa noche, al llegar a casa, mi mamá me esperaba con una taza de café caliente.
—¿Por qué tan callado, hijo?
Le conté todo entre sorbos y lágrimas contenidas. Ella me abrazó fuerte.
—Hiciste lo correcto —me dijo—. No importa lo que digan los demás.
Pero yo no podía dejar de pensar en las miradas vacías del camión, en la indiferencia de todos ante un hombre que pudo haber muerto ahí mismo.
Días después recibí una llamada inesperada. Era la hija del hombre al que ayudé. Había conseguido mi número porque lo anoté en la farmacia para emergencias.
—Gracias por salvarle la vida a mi papá —me dijo entre sollozos—. Nadie más quiso ayudarlo… Si no hubieras estado ahí…
Colgué sintiendo una mezcla extraña de alivio y tristeza. ¿Cuántas veces más pasará esto en nuestra ciudad? ¿Cuántas personas quedarán tiradas en el frío porque nadie se atreve a mirar?
Esa experiencia me marcó para siempre. Ahora cada vez que subo al camión o camino por las calles de Ciudad de México veo las cosas distinto: busco los ojos de los demás, esperando encontrar algo de humanidad detrás del cansancio o la prisa.
A veces me pregunto: ¿qué nos pasó? ¿En qué momento dejamos de ser comunidad para convertirnos en extraños compartiendo el mismo espacio? ¿Y tú? ¿Te atreverías a ayudar o mirarías hacia otro lado?