Le dije a doña María que ya no podía ser su mensajera: La verdad que oculté demasiado tiempo
—No puedo más, doña María, de verdad no puedo —le dije, con la voz temblorosa y la mirada clavada en el suelo de baldosas frías de su cocina. Ella, sentada en su silla de siempre, con el cabello recogido y la bata de flores, me miró como si no entendiera el idioma que hablaba. Afuera, la lluvia golpeaba el techo de lámina y el olor a café quemado llenaba el aire, pero dentro de mí, todo era un torbellino.
Me llamo Rosa Elena y llevo casi diez años trabajando en la casa de doña María, en un barrio viejo de Guadalajara. Llegué aquí cuando mi hijo, Emiliano, apenas tenía cinco años y yo buscaba cualquier trabajo que me permitiera llevar comida a la mesa. Al principio, sólo limpiaba y cocinaba, pero poco a poco, doña María empezó a pedirme más: que le fuera a pagar la luz, que recogiera las medicinas de la farmacia, que le llevara recados a su hermana en la colonia vecina. Me convertí en su mensajera, su confidente, su sombra. Y aunque a veces sentía que me ahogaba, seguía diciendo que sí, porque necesitaba el dinero y, en el fondo, me daba pena dejarla sola.
Pero la verdad es que nunca estuve sola en esa casa. Lucía, su hija, venía de vez en cuando, siempre apurada, siempre con el celular pegado a la oreja. Traía bolsas de supermercado y se iba rápido, como si la casa de su madre fuera una estación de paso. Yo era la que escuchaba los lamentos de doña María por las noches, la que recogía sus lágrimas y sus quejas: “Mi hija no me quiere, Rosa, sólo tú me entiendes”. Y yo, tragándome mi propia soledad, le respondía: “Aquí estoy, doña María, no se preocupe”.
Esa noche, mientras lavaba los platos, sentí que algo dentro de mí se rompía. Emiliano me había llamado por la tarde, llorando porque no podía hacer la tarea solo. “Mamá, ¿cuándo vas a venir?”, me preguntó, y yo no supe qué decirle. Me sentí una extraña en mi propia vida, cuidando a una familia que no era la mía, mientras mi hijo crecía solo, al otro lado de la ciudad. Fue entonces cuando decidí que tenía que poner un alto, aunque me doliera.
—¿Cómo que no puedes más, Rosa? —me preguntó doña María, con la voz herida—. ¿Acaso te he tratado mal? ¿No te pago a tiempo? ¿No te he dado de comer?
—No es eso, doña María —le respondí, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos—. Es que… yo también tengo una familia. Mi hijo me necesita. No puedo seguir siendo la que resuelve todo aquí, mientras en mi casa nadie me espera.
Ella guardó silencio. Por un momento, pensé que iba a gritarme o a echarme de la casa. Pero sólo suspiró y se quedó mirando la ventana, como si buscara una respuesta en la oscuridad de la noche. Yo también guardé silencio, porque sabía que no había palabras suficientes para explicar el cansancio que sentía, la culpa que me carcomía por dentro.
Al día siguiente, Lucía llegó temprano, algo inusual en ella. Me miró con desconfianza, como si supiera que algo había cambiado. Doña María le contó lo que había pasado y Lucía, sin mirarme, dijo:
—¿Y ahora quién va a hacer todo lo que tú haces, Rosa? ¿No ves que mi mamá no puede sola?
Sentí una rabia sorda, una indignación que nunca antes me había permitido sentir. ¿Por qué era mi responsabilidad cargar con los problemas de una familia que no era la mía? ¿Por qué Lucía, con todo su dinero y su tiempo, no podía hacerse cargo de su propia madre?
—No lo sé, señora Lucía —le respondí, con la voz firme por primera vez—. Pero yo ya no puedo. Mi hijo me necesita más que nadie.
Lucía bufó y salió de la cocina, murmurando algo sobre lo difícil que era encontrar gente de confianza. Doña María me miró con tristeza, pero también con una especie de respeto nuevo. Como si, por fin, entendiera que yo no era sólo una sombra en su casa, sino una mujer con vida propia, con sueños y heridas.
Esa tarde, mientras recogía mis cosas, doña María se acercó y me tomó la mano. Sus dedos temblaban.
—Perdóname, Rosa. Nunca quise que te sintieras así. Es sólo que… me daba miedo quedarme sola.
La abracé, sintiendo que ambas llorábamos por cosas distintas. Yo lloraba por los años perdidos, por las veces que antepuse las necesidades de otros a las mías. Ella lloraba por la soledad, por una hija ausente, por el miedo a envejecer sin compañía.
Salí de esa casa con el corazón apretado, pero también con una extraña sensación de libertad. Caminé bajo la lluvia, sintiendo el agua fría en la cara, y pensé en Emiliano, en su sonrisa, en las noches que me esperó despierto. Pensé en todas las mujeres que, como yo, cargan con el peso de familias ajenas, que se olvidan de sí mismas por miedo, por necesidad, por costumbre.
Esa noche, al llegar a mi casa, Emiliano corrió a abrazarme. Sentí que, por primera vez en mucho tiempo, estaba donde debía estar. Le preparé su cena favorita y, mientras lo veía comer, me pregunté si algún día dejaríamos de ser las mujeres invisibles, las que sostienen el mundo en silencio.
¿Hasta cuándo vamos a seguir cargando con lo que no nos corresponde? ¿Cuándo aprenderemos a decir que no, aunque nos duela? ¿Y tú, alguna vez has sentido que tu vida no te pertenece?