Bajo el Volcán: Traición, Familia y Renacer en Puebla

—¿Por qué llegas tan tarde otra vez, Alejandro? —pregunté, la voz temblorosa, mientras el reloj marcaba las once y media y el aroma del mole poblano ya se había disipado en la cocina.

Él ni siquiera me miró. Se quitó la chaqueta y murmuró algo sobre una junta que se alargó. Pero yo ya lo sabía. Lo sentía en los huesos, en el silencio incómodo, en los mensajes que llegaban a su celular y que él respondía con una sonrisa que nunca era para mí.

Esa noche, mientras fingía dormir, escuché su celular vibrar. No pude resistir. Lo tomé con manos temblorosas y vi el nombre: Valeria. Mi mejor amiga desde la secundaria. La que me había acompañado cuando nació Emiliano, la que lloró conmigo cuando murió mi abuela. Leí los mensajes y sentí que el mundo se partía en dos: “Te extraño”, “No puedo esperar a verte mañana”.

No recuerdo cómo llegué al baño. Solo sé que vomité hasta quedarme vacía. El dolor era físico, un puñal en el estómago. Me miré al espejo y no reconocí a la mujer de ojos hinchados y cabello desordenado. ¿En qué momento perdí el control de mi vida?

Al día siguiente, enfrenté a Alejandro. No gritamos. No hubo drama de telenovela. Solo un silencio denso y una confesión fría:

—Sí, Mariana. Estoy con Valeria. No sé cómo pasó. No quería hacerte daño.

Me reí, amarga. —¿No querías? Pues lo lograste.

Él se fue esa misma noche. Emiliano dormía, ajeno a todo. Yo me quedé sola en la casa que habíamos construido juntos, rodeada de fotos familiares y promesas rotas.

Pensé que lo peor había pasado, pero no fue así. Mi mamá llegó al día siguiente con su rosario en la mano y su juicio en los ojos:

—¿Qué hiciste para que Alejandro buscara a otra? Las mujeres decentes cuidan a su esposo.

No podía creerlo. Mi propio hermano, Javier, me llamó para decirme que debía pensar en Emiliano, que no podía destruirle la familia por un “desliz”. Nadie preguntó cómo me sentía yo. Nadie vio mis lágrimas ni escuchó mis noches de insomnio.

En Puebla, los chismes vuelan más rápido que el humo del volcán Popocatépetl. Pronto, las vecinas murmuraban cuando iba al mercado:

—Pobre Mariana…
—Dicen que ella lo descuidó…

Me sentí invisible y juzgada. Hasta Valeria tuvo el descaro de buscarme:

—Mariana, perdóname… No fue planeado…

La miré con rabia y tristeza. —Tú eras mi hermana… ¿Por qué?

Ella lloró, pero sus lágrimas no me devolvieron nada. Me encerré días enteros, sin comer, sin hablar con nadie más que con Emiliano, quien solo tenía cinco años y preguntaba cada noche:

—¿Mami, cuándo vuelve papá?

No tenía respuestas. Solo abrazos apretados y cuentos inventados para tapar el vacío.

Un día, mientras lavaba ropa en el patio, escuché a Emiliano jugar con su pelota y reírse solo. Esa risa me sacudió. ¿Qué ejemplo le estaba dando? ¿Una madre rota? ¿Una mujer vencida?

Decidí buscar trabajo. No fue fácil. Tenía años sin ejercer como contadora y nadie quería contratar a una madre soltera de treinta y dos años con “problemas personales”. Pero insistí. Toqué puertas hasta que don Rogelio, dueño de una pequeña papelería en el centro, me dio una oportunidad.

—Aquí no juzgamos a nadie —me dijo—. Solo trabaja duro.

Empecé desde abajo: organizando facturas, atendiendo clientes malhumorados, aprendiendo a sonreír otra vez. Poco a poco recuperé algo de dignidad y confianza.

Pero la familia seguía siendo un campo minado. Mi mamá dejó de hablarme por semanas; solo me mandaba mensajes pasivo-agresivos por WhatsApp:

—Recuerda rezar por tu matrimonio…

Javier venía a ver a Emiliano pero evitaba mirarme a los ojos.

Un domingo cualquiera, Alejandro apareció en la puerta:

—Quiero ver a mi hijo.

Lo dejé pasar. Emiliano corrió a abrazarlo y yo sentí una mezcla de alivio y celos. Cuando se fue, Alejandro se quedó un momento en la puerta:

—Mariana… Lo siento de verdad.

No respondí. Ya no tenía fuerzas para odiar ni para perdonar.

La vida siguió su curso: trabajo, escuela, cuentas por pagar, cumpleaños sin pastel grande ni fiesta multitudinaria. Pero también hubo pequeñas victorias: la primera vez que Emiliano me dijo “gracias por cuidarme”, la tarde en que don Rogelio me aumentó el sueldo porque “eres la más responsable”, la noche en que dormí sin llorar.

Un año después del desastre, Valeria volvió a buscarme. Esta vez no lloró; solo me miró con ojos cansados:

—Alejandro me dejó… Estoy sola…

Sentí lástima pero también alivio. No le deseaba mal, pero tampoco podía cargar con su culpa.

Mi mamá enfermó y tuve que cuidarla semanas enteras. En ese tiempo hablamos mucho; lloramos juntas por lo perdido y lo imposible de recuperar.

—Perdóname hija… Fui dura contigo —me dijo una noche mientras le preparaba té de manzanilla.

La abracé fuerte. Entendí que todos somos víctimas de nuestras heridas y prejuicios.

Hoy sigo siendo madre soltera en Puebla; sigo luchando cada día por darle lo mejor a Emiliano y por reconstruir mi vida sin rencores ni miedo al qué dirán.

A veces me pregunto si algún día podré confiar otra vez; si podré amar sin miedo o si siempre llevaré esta cicatriz invisible bajo la piel.

¿Ustedes creen que uno puede volver a empezar después de tanta traición? ¿O hay heridas que nunca sanan del todo?