Cada vez que mi yerno llega a casa, tengo que desaparecer: el relato de una abuela mexicana
—¡Carmen, por favor, apúrate!— me susurró mi hija Mariana, mientras recogía a toda prisa los juguetes de Valeria del piso. Yo ya tenía la bolsa lista, la chaqueta en la mano y el corazón encogido. Afuera, el motor del coche de Daniel rugía como una amenaza. Cada tarde era igual: apenas escuchábamos el portón, yo debía desaparecer, como si fuera un fantasma en mi propia familia.
No sé en qué momento mi presencia se volvió incómoda. Cuando Mariana se casó con Daniel, pensé que todo sería distinto. Él era amable, educado, pero con el tiempo se volvió rígido, controlador. «La casa es para la familia nuclear», decía. «Las visitas deben ser breves y avisadas». Pero yo no era una visita. Yo era la madre de Mariana, la abuela de Valeria. ¿Por qué tenía que esconderme?
Valeria tenía apenas tres años y me buscaba con sus manitas gorditas: «¿Abue, te vas otra vez?». Yo le sonreía, tragándome las lágrimas. «Sí, mi amor, pero mañana vengo a jugar contigo». Mariana me abrazaba fuerte antes de abrirme la puerta trasera para que saliera sin que Daniel me viera. A veces me sentía como una ladrona.
En el barrio todos sabían que yo ayudaba a Mariana porque ella trabajaba doble turno en la farmacia y Daniel tenía un empleo exigente en la constructora. Pero nadie sabía lo que pasaba puertas adentro. Nadie veía cómo yo me escondía en el baño o salía por la puerta del patio cuando Daniel llegaba antes de lo previsto.
Una tarde lluviosa, mientras leía cuentos a Valeria, escuché el portón antes de lo habitual. Mariana corrió hacia mí con los ojos llenos de pánico: —¡Mamá, por favor! Daniel tuvo un mal día…
Me metí al cuarto de servicio y cerré la puerta. Escuché sus voces apagadas:
—¿Otra vez estuvo tu mamá aquí?
—Solo vino a dejar unas cosas…
—Te pedí que no la trajeras sin avisar.
Sentí un nudo en el estómago. ¿En qué momento me convertí en un estorbo? Recordé cuando Mariana era niña y yo trabajaba jornadas dobles para darle lo mejor. Ahora ella necesitaba ayuda y yo solo podía estar en las sombras.
Esa noche caminé bajo la lluvia hasta mi casa, con los zapatos empapados y el alma hecha trizas. Mi vecina Lupita me vio llegar y me preguntó:
—¿Otra vez te corrieron?
No supe qué responderle. Me limité a sonreír y decir: —Es que Daniel es muy especial.
Los días pasaban y yo seguía ayudando a Mariana en lo que podía: cocinaba, lavaba ropa, cuidaba a Valeria cuando estaba enferma. Pero siempre con miedo de ser descubierta por Daniel. Una tarde, mientras preparaba sopa de fideo para Valeria, escuché su voz detrás de mí:
—¿Por qué insiste en venir todos los días?—me preguntó Daniel sin mirarme a los ojos.
Me quedé helada. Mariana no estaba; solo estábamos él y yo.
—Solo quiero ayudar a mi hija…
—Usted no entiende que aquí necesitamos privacidad. No quiero problemas con Mariana, pero esto no puede seguir así.
Me mordí los labios para no llorar. Quise decirle tantas cosas: que yo crié sola a Mariana, que nunca tuve ayuda de nadie, que ahora solo quería estar cerca de mi nieta… Pero no dije nada. Solo recogí mis cosas y salí en silencio.
Esa noche Mariana me llamó llorando:
—Mamá, perdóname… No sé qué hacer. Daniel dice que si sigues viniendo así va a explotar todo.
—No te preocupes, hija. Yo entiendo…
Pero no entendía nada. ¿Por qué una madre tiene que pedir permiso para ver a su hija? ¿Por qué una abuela debe esconderse para abrazar a su nieta?
Empecé a ir menos seguido. Valeria me llamaba por videollamada: «Abue, ¿cuándo vienes?» Yo le inventaba excusas: «Pronto, mi amor».
Un día Mariana llegó a mi casa con Valeria en brazos y los ojos hinchados:
—Mamá, ya no aguanto más… Daniel controla todo: lo que como, lo que gasto, hasta cuándo puedo verte…
La abracé fuerte. Sentí su dolor como propio.
Esa noche hablamos largo rato:
—¿Por qué permites esto?—le pregunté.
—Porque tengo miedo… miedo de quedarme sola, miedo de que Valeria crezca sin su papá…
Me quedé pensando en todas las mujeres del barrio que vivían situaciones parecidas: esposos controladores, suegras invisibles, madres solas luchando por no perder el vínculo con sus hijos y nietos.
Pasaron semanas hasta que Mariana tomó una decisión. Un día llegó a mi casa con dos maletas y Valeria dormida:
—Mamá… me voy a quedar contigo un tiempo.
Lloramos juntas. Por primera vez en mucho tiempo sentí alivio y miedo al mismo tiempo. Sabía que no sería fácil: Daniel haría todo por recuperarlas o por hacernos la vida imposible.
Pero también sabía que ya no quería ser invisible ni prescindible en la vida de mi hija y mi nieta.
Ahora las tres vivimos juntas en mi pequeño departamento. No tenemos lujos ni espacio suficiente, pero tenemos paz. Valeria corre por el pasillo gritando: «¡Abue! ¡Mira mi dibujo!» Y Mariana sonríe más seguido.
A veces pienso en todas las abuelas como yo, obligadas a esconderse o callar para no incomodar a sus yernos o nueras. ¿Hasta cuándo vamos a aceptar ser fantasmas en nuestras propias familias? ¿No merecemos también un lugar digno junto a nuestros seres queridos?