Cuando el Silencio se Vuelve Ruido: La Historia de Marta
—¿Y ahora qué, mamá? —la voz de mi hija, Lucía, retumbó en la cocina mientras yo intentaba preparar café con manos temblorosas—. ¿Vas a quedarte todo el día viendo la ventana?
No supe qué responderle. El vapor del café empañó mis lentes y, por un instante, agradecí no tener que mirarla a los ojos. Había pasado apenas una semana desde mi jubilación y ya sentía que el mundo giraba sin mí. Cuarenta y dos años entre libros, niños inquietos y adolescentes que buscaban respuestas en las páginas amarillas de la biblioteca municipal de San Miguel del Alto. Ahora, el silencio de mi casa era tan denso que dolía.
—No es tan fácil, Lucía —susurré, pero ella ya había salido, dejando tras de sí el eco de su impaciencia.
Me senté en la mesa, donde aún quedaban migajas del pan dulce que solía compartir con mis compañeras bibliotecarias. Recordé a doña Rosa, siempre con su rebozo y sus historias de la Revolución; a Juanito, el niño que aprendió a leer conmigo y ahora era médico en Guadalajara. ¿De qué servían esos recuerdos si nadie me preguntaba por ellos?
El teléfono sonó. Era mi hermana, Teresa.
—¿Cómo vas, Martita? —su voz era cálida, pero sentí el peso de la lástima.
—Bien, Tere. Aquí, acomodando cosas…
Mentira. No había tocado ni un libro desde que me jubilé. Los tenía apilados en cajas, como si guardarlos fuera una forma de negar que esa etapa había terminado.
—Deberías venirte unos días a Tepatitlán. Acá hay talleres para adultos mayores, hasta clases de baile dan.
—No sé…
—¡Ándale! No puedes quedarte encerrada. Mira que luego uno se apaga y ni cuenta se da.
Colgué con una promesa vacía. No quería ser una carga para nadie. Ni para Lucía, ni para Teresa, ni para mis nietos que apenas me saludaban cuando venían de visita.
Esa noche, mientras cenábamos en silencio, Lucía soltó:
—Mamá, ¿por qué no cuidas a los niños mientras trabajo? Así no tienes tanto tiempo libre.
Sentí el golpe en el pecho. ¿Eso era ahora? ¿Una niñera gratuita? ¿Eso valían mis años de trabajo?
—Claro —respondí sin mirarla—. Lo que necesites.
Pero por dentro me rompía. No era el cuidado lo que me dolía, sino la sensación de ser útil solo por obligación familiar. ¿Dónde quedaba Marta la bibliotecaria? ¿La mujer que organizaba ferias del libro y debates sobre poesía?
Los días pasaron entre meriendas y dibujos infantiles. Mis nietos me querían, sí, pero yo sentía que me desvanecía entre juegos y caricaturas. Una tarde, mientras recogía juguetes del suelo, escuché a Lucía hablando por teléfono:
—Mi mamá está rara… Desde que se jubiló anda como perdida. Ni siquiera sale al mercado.
Me encerré en el baño y lloré en silencio. No era tristeza; era rabia. Rabia de sentirme invisible.
Esa noche soñé con la biblioteca: los estantes llenos, el murmullo de los lectores, el olor a papel viejo. Desperté con una idea temblorosa pero firme.
Al día siguiente fui al centro comunitario del pueblo. Me recibió don Ernesto, el director.
—¿En qué puedo ayudarte, Marta?
—Quiero organizar un club de lectura para adultos mayores —dije sin titubear—. Hay muchos como yo que sienten que ya no sirven para nada.
Don Ernesto sonrió con esa mezcla de sorpresa y alivio que tienen los funcionarios cuando alguien les resuelve un problema sin pedir nada a cambio.
—¡Claro! Usa el salón cuando quieras.
La primera sesión fue un desastre: solo llegaron dos señoras y un señor sordo que se quedó dormido a la mitad del cuento. Pero no me rendí. Fui casa por casa invitando a los vecinos: doña Lupita, viuda desde hace años; don Manuel, que perdió a su esposa en la pandemia; hasta a la señora Ramírez, famosa por sus chismes.
Poco a poco el grupo creció. Leíamos cuentos de Elena Poniatowska, poemas de Jaime Sabines, hasta novelas cortas de Juan Rulfo. Compartíamos café y pan dulce mientras discutíamos sobre la vida y la muerte, sobre el amor y el olvido.
Una tarde, después de leer “Pedro Páramo”, doña Lupita me tomó la mano:
—Gracias, Marta. Pensé que ya no tenía nada qué decirle al mundo.
Sentí un nudo en la garganta. Yo también había pensado lo mismo.
Lucía empezó a notar el cambio. Llegaba del trabajo y me encontraba escribiendo notas para el club o leyendo en voz alta frente al espejo.
—Mamá… te ves diferente —me dijo una noche mientras cenábamos juntas—. Hasta te ríes más.
—Es que volví a encontrar mi lugar —le respondí—. No soy solo tu mamá o la abuela de tus hijos. Sigo siendo Marta.
No todo fue fácil. Hubo días en que las fuerzas me fallaban o las dudas regresaban como sombras largas al atardecer. A veces sentía culpa por dedicarme tiempo a mí misma en vez de ayudar más en casa. Pero aprendí a poner límites y a decir “no” sin miedo.
Un domingo cualquiera, mientras organizaba una pequeña feria del libro en la plaza del pueblo, vi llegar a Juanito —ahora Juan Dr. Hernández— con su bata blanca y una sonrisa enorme.
—Maestra Marta —me abrazó fuerte—, gracias por enseñarme a amar los libros cuando era niño.
Lloré sin vergüenza frente a todos. Porque entendí que mi vida seguía teniendo sentido más allá del trabajo formal o las etiquetas familiares.
Hoy sé que no es la edad lo que nos hace necesarios o innecesarios; es nuestra capacidad de reinventarnos y buscar nuevos caminos cuando parece que todo termina.
¿Y ustedes? ¿Alguna vez han sentido que ya no tienen nada qué ofrecer? ¿Qué harían para volver a sentirse vivos cuando todo parece perdido?