El banco de limonada y el secreto de la calle Toledo
—¡Lucía! ¿Puedes ayudarme con los vasos? —me gritó Samuel desde la acera, su voz temblorosa pero decidida, mientras yo miraba desde la ventana del salón.
Era pleno agosto y el calor apretaba en Toledo como si el sol quisiera derretir las piedras centenarias. Samuel, con su gorra amarilla cubriéndole la cabeza calva y sus manos huesudas, llevaba tres horas sentado tras su pequeño banco plegable. El cartel pintado a mano decía: “Limonada fresca — 1 euro”. Nadie se había acercado. Ni una sola moneda tintineó en la hucha de lata que habíamos encontrado en el trastero.
Desde que los médicos dijeron que el cáncer de Samuel era incurable, el barrio cambió. Los vecinos, antes tan amables, ahora cruzaban la acera al vernos. Las madres apartaban a sus hijos y los saludos se convirtieron en silencios incómodos. Mi madre lloraba por las noches y mi padre se refugiaba en el taller, martilleando hasta bien entrada la madrugada.
—¿Crees que hoy vendrá alguien? —me preguntó Samuel mientras le ayudaba a colocar los vasos de plástico.
—Claro que sí —mentí, sonriendo—. ¿Quién podría resistirse a tu limonada?
Pero yo también sentía ese nudo en el estómago, esa rabia sorda contra la indiferencia de los demás. ¿Por qué nos daban la espalda? ¿Por qué parecía que la enfermedad de Samuel era una vergüenza?
A media tarde, cuando el sol caía a plomo y el sudor nos empapaba la frente, vi pasar a doña Carmen, la vecina del tercero. Caminaba deprisa, con la bolsa del pan apretada contra el pecho. Al vernos, bajó la mirada y aceleró el paso.
—¡Doña Carmen! ¿Quiere limonada? Está muy fresquita —dijo Samuel con una sonrisa tan grande que me partió el alma.
Ella ni siquiera contestó. Solo apretó más el paso.
Samuel bajó la cabeza y empezó a jugar con los cubitos de hielo derretidos. Yo sentí una rabia tan intensa que tuve ganas de gritarle al mundo entero.
—¿Sabes qué? —le dije—. Vamos a hacer un cartel nuevo.
Cogí un trozo de cartón y un rotulador rojo. Escribí: “Limonada gratis para quien me regale una sonrisa”. Samuel me miró sorprendido y luego sonrió de verdad, esa sonrisa suya que iluminaba cualquier habitación.
Colocamos el cartel y esperamos. Pasaron quince minutos eternos hasta que apareció don Manuel, el cartero. Se detuvo, leyó el cartel y nos miró con una mezcla de vergüenza y ternura.
—¿Puedo probar esa limonada? —preguntó, forzando una sonrisa tímida.
Samuel le sirvió un vaso con manos temblorosas. Don Manuel bebió despacio y luego sacó una moneda del bolsillo.
—No hace falta pagar —dijo Samuel—. Solo tiene que sonreír.
Don Manuel sonrió de verdad, una sonrisa amplia y sincera que le arrugó toda la cara. Luego nos guiñó un ojo y siguió su camino.
A partir de ese momento, algo cambió. Poco a poco, los vecinos empezaron a acercarse. Primero fue Marta, la hija adolescente de los del primero, luego los gemelos de doña Pilar, después incluso don Gregorio, el hombre más serio del barrio.
Cada uno se llevaba un vaso de limonada y dejaba una sonrisa. Algunos dejaban monedas en la hucha sin que Samuel se diera cuenta; otros simplemente se quedaban un rato charlando con él sobre fútbol o sobre las cigüeñas que anidaban en la iglesia.
Esa tarde, por primera vez en semanas, sentí que no estábamos solos.
Pero no todo era tan fácil. Cuando llegó mi madre del trabajo y vio a Samuel rodeado de gente, primero se enfadó.
—¡Samuel! ¿No te he dicho mil veces que tienes que descansar? —le regañó, con la voz rota por el miedo.
—Mamá, solo estoy vendiendo limonada…
—No quiero que te canses. No quiero que te pongas peor —insistió ella, con lágrimas en los ojos.
Samuel bajó la cabeza y yo sentí cómo la tensión volvía a apoderarse del ambiente. Los vecinos se dispersaron poco a poco, incómodos ante la escena familiar.
Esa noche cenamos en silencio. Mi padre no levantó la vista del plato y mi madre apenas probó bocado. Yo quería gritarles que Samuel necesitaba sentirse útil, sentirse vivo, aunque solo fuera vendiendo limonada en la acera.
Al día siguiente, Samuel volvió a montar su puesto. Esta vez yo me senté a su lado desde el principio. Los vecinos volvieron a acercarse poco a poco; algunos traían pasteles caseros o dibujos hechos por sus hijos para Samuel.
Una tarde apareció Raúl, mi mejor amigo desde primaria. Hacía semanas que no venía a casa; su madre le había prohibido juntarse con nosotros «por si acaso».
—¿Puedo sentarme contigo? —me preguntó Raúl en voz baja.
Asentí sin decir nada. Nos quedamos los tres en silencio hasta que Samuel rompió el hielo:
—¿Quieres limonada?
Raúl asintió y bebió un sorbo largo. Luego me miró y susurró:
—Mi madre dice que tu hermano está muy enfermo…
—Sí —contesté simplemente—. Pero sigue siendo mi hermano.
Raúl bajó la cabeza avergonzado. Después sacó una bolsa de canicas del bolsillo y se las dio a Samuel.
—Para ti —dijo—. Son las mejores que tengo.
Samuel sonrió y yo sentí que algo se rompía dentro de mí: una mezcla de tristeza y gratitud imposible de explicar.
Los días pasaron y el puesto de limonada se convirtió en un pequeño milagro cotidiano. Los vecinos ya no evitaban a Samuel; algunos incluso venían solo para verle sonreír o contarle alguna anécdota graciosa.
Pero la enfermedad seguía avanzando. Cada día Samuel estaba más cansado; algunos días ni siquiera podía salir a la acera. Entonces yo montaba el puesto sola y repartía limonada en su nombre.
Una tarde de septiembre, cuando las hojas empezaban a caer y el aire olía a otoño, Samuel me pidió que me sentara junto a él en su cama.
—Lucía… ¿crees que la gente me recordará cuando ya no esté?
Me quedé callada un momento antes de contestar:
—Claro que sí. Has hecho algo muy bonito por todos nosotros.
Samuel sonrió débilmente y cerró los ojos. Esa fue la última vez que hablamos del puesto de limonada.
Samuel murió dos semanas después. El día del entierro, toda la calle Toledo salió a despedirle. Había flores amarillas por todas partes y alguien dejó una jarra de limonada junto a su tumba.
Ahora, cada vez que paso por esa acera vacía, me acuerdo de su sonrisa y del cartel: “Limonada gratis para quien me regale una sonrisa”.
A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto mirar de frente al dolor ajeno? ¿Por qué preferimos apartarnos antes que tender una mano? ¿Y si todos fuéramos capaces de regalar una sonrisa aunque solo fuera por un instante?