El día que elegí a mi madre sobre el amor: una boda, una traición y una lección para siempre
—¡Mira, Lucía! ¿Esa es tu madre? ¿O la has contratado para limpiar la iglesia? —La voz de Carmen, la tía de mi prometida, retumbó en la nave central, justo cuando el órgano callaba y los invitados se acomodaban en sus bancos. Mi madre, con su vestido sencillo y sus manos temblorosas, bajó la mirada. Yo sentí cómo se me encogía el corazón.
No era la primera vez que la familia de Lucía hacía comentarios sobre el origen humilde de mi madre. Pero nunca imaginé que tendrían la desvergüenza de hacerlo delante de 230 invitados, en nuestra boda, en pleno centro de Madrid. Mi madre había trabajado toda su vida limpiando casas en Chamberí para sacarme adelante. Yo era el primer universitario de la familia. Y ese día, ella estaba más nerviosa que nunca, con su peinado hecho por mi prima Ana y unos zapatos prestados.
—¡Por favor! —intenté interrumpir, pero Carmen ya había soltado la frase que me atravesó como un cuchillo:
—Esa no es una madre… es la muchacha.
Las risas se propagaron como un incendio. Vi a Lucía, mi prometida, tapándose la boca para disimular su carcajada. Su padre, don Ramón, asintió con una sonrisa cómplice. Mi madre se quedó petrificada. Yo sentí rabia, vergüenza y un dolor insoportable.
Me acerqué a Lucía. Le susurré:
—¿Te parece gracioso?
Ella me miró con esa superioridad que tantas veces había visto en su familia:
—Ay, cariño… no te lo tomes así. Es solo una broma. Además, tu madre está acostumbrada a estas cosas.
En ese instante, lo vi todo claro. No podía casarme con alguien que despreciaba a la mujer que me dio la vida. No podía permitir que nadie humillara a mi madre, menos aún en el día más importante de mi vida.
Me giré hacia los invitados. Sentí cientos de ojos clavados en mí. El cura me miraba perplejo. El fotógrafo bajó la cámara.
—Señoras y señores —dije con voz temblorosa pero firme—: Esta boda se cancela aquí y ahora.
Un murmullo recorrió la iglesia como una ola. Lucía palideció.
—¿Estás loco? —me gritó su madre desde la primera fila.
—No pienso casarme con alguien que se ríe de mi madre ni con una familia que la humilla por ser pobre. Mi madre es más digna que todos ustedes juntos.
Cogí a mi madre del brazo y salimos caminando entre los bancos, mientras algunos invitados nos miraban con compasión y otros cuchicheaban escandalizados. Afuera, el sol brillaba como si nada hubiera pasado. Mi madre lloraba en silencio.
—Hijo… ¿qué has hecho? —me preguntó entre sollozos.
—Lo correcto, mamá. Lo único que podía hacer.
Esa noche no dormí. Repasé cada momento de los últimos meses: las indirectas de Lucía sobre mi familia, las bromas crueles en las cenas, las miradas por encima del hombro cuando hablaba de mi barrio o de mis amigos de toda la vida. Había ignorado demasiadas señales por amor… o por miedo a perderla.
Al día siguiente, Madrid amaneció cubierto por una fina lluvia. Me levanté decidido. Fui a casa de Lucía. Su familia estaba reunida en el salón, discutiendo acaloradamente sobre el escándalo del día anterior.
—¿Qué haces aquí? —me espetó don Ramón.
—Vengo a recoger mis cosas y a decirles algo —respondí sin titubear—. Ayer me di cuenta de que nunca fui bienvenido en esta familia. Pero lo peor es que ustedes no tienen ni idea de lo que significa el respeto ni el amor verdadero.
Lucía intentó acercarse:
—Podemos hablarlo… Fue solo un malentendido.
—No fue un malentendido —la interrumpí—. Fue una humillación pública a mi madre y tú te reíste con ellos.
Saqué del bolsillo el anillo de compromiso y lo dejé sobre la mesa.
—Prefiero quedarme solo antes que formar parte de una familia que desprecia a los demás por su origen o su dinero.
Salí de esa casa sintiéndome más libre que nunca. Llamé a mi jefe y le pedí unos días libres. Llevé a mi madre a Toledo, donde nunca había estado. Caminamos por las calles empedradas, comimos mazapán y hablamos durante horas. Por primera vez en mucho tiempo, vi a mi madre sonreír sin miedo.
Mientras tanto, el escándalo se propagó por todo nuestro círculo social. Algunos amigos me llamaron para felicitarme por mi valentía; otros me tacharon de loco por dejar escapar una boda tan «ventajosa». Pero yo sabía que había hecho lo correcto.
Lucía intentó llamarme varias veces. Me envió mensajes pidiéndome perdón, diciendo que todo había sido un error y que me amaba. Pero yo ya no podía confiar en ella ni en su mundo superficial.
Una tarde, mientras paseábamos por el Mirador del Valle, mi madre me tomó la mano:
—Hijo… ¿no te arrepientes?
La miré a los ojos y le respondí:
—Me arrepiento de no haber defendido antes tu dignidad. Me arrepiento de haber permitido que te miraran por encima del hombro tantas veces. Pero hoy sé quién soy y de dónde vengo… y estoy orgulloso de ello.
Al regresar a Madrid, volví al trabajo con la cabeza alta. Algunos compañeros me miraban con admiración; otros cuchicheaban a mis espaldas. Pero yo ya no necesitaba su aprobación.
Con el tiempo, conocí a Marta en una librería del barrio de Malasaña. Era diferente: sencilla, honesta y con una historia parecida a la mía. Nos enamoramos sin prisas ni apariencias. Cuando le presenté a mi madre, se abrazaron como si se conocieran de toda la vida.
Hoy miro atrás y sé que aquel día en la iglesia fue el más duro y el más valiente de mi vida. Aprendí que el amor propio y el respeto por los nuestros valen más que cualquier boda lujosa o apellido importante.
A veces me pregunto: ¿Cuántos habrían tenido el valor de cancelar su boda delante de todos por defender a su madre? ¿Cuántos seguirían adelante solo por miedo al qué dirán?
¿Y tú? ¿Qué habrías hecho si estuvieras en mi lugar?