El día que mi suegra me llamó ‘hija’: una historia de aceptación y familia en México

—¿Y tú qué sabes de hacer mole, Mariana? —La voz de Doña Lupita retumbó en la cocina, cortando el aire como un cuchillo. Yo sostenía la cuchara de madera con manos temblorosas, sintiendo el sudor frío recorrerme la espalda. Era mi primer Día de Muertos en casa de los padres de Daniel, mi esposo, y todo el pueblo de Tlalpujahua parecía haberse reunido en esa pequeña cocina para juzgarme.

—Puedo intentarlo, señora —respondí, bajando la mirada al comal donde los chiles chisporroteaban.

—Intentar no es suficiente —replicó ella, sin mirarme—. Aquí las cosas se hacen bien o no se hacen.

Así comenzó mi batalla por ser aceptada. Daniel y yo nos habíamos casado hace seis meses, contra la voluntad de su madre. Ella quería para su hijo a una muchacha del pueblo, no a una forastera de la ciudad de México como yo. «Las capitalinas no saben de familia ni de tradiciones», le escuché decir más de una vez cuando pensaba que yo no la oía.

Los primeros meses fueron un desfile de pequeñas humillaciones: comentarios sobre mi manera de vestir, sobre cómo cortaba las verduras, sobre mi acento chilango. Daniel intentaba mediar, pero su voz se perdía entre los rezos y los chismes de la familia. Su hermana, Paola, me miraba con desconfianza y sus sobrinos apenas me dirigían la palabra.

Una tarde, mientras ayudaba a limpiar el altar familiar, escuché a Doña Lupita hablar con su comadre:

—No sé qué le vio mi hijo a esa muchacha. No tiene raíces aquí. ¿Cómo va a criar a mis nietos?

Sentí un nudo en la garganta. Quise gritarle que yo también tenía corazón, que amaba a Daniel y que haría todo por encajar. Pero me tragué las palabras y seguí limpiando las veladoras.

La tensión llegó a su punto máximo el día que Daniel perdió su trabajo en la fábrica. La noticia cayó como balde de agua fría en la mesa del desayuno.

—¿Y ahora qué van a hacer? —preguntó Doña Lupita, mirándome fijamente—. ¿Vas a mantener tú a mi hijo?

Daniel apretó mi mano bajo la mesa. Yo sentí el peso de todas las miradas sobre mí.

—Vamos a salir adelante juntos —dije con voz firme—. No se preocupe, señora.

Pero ella solo resopló y se levantó de la mesa.

Esa noche lloré en silencio. Daniel me abrazó fuerte.

—No te rindas, Mariana —me susurró—. Mi mamá es dura, pero tiene buen corazón.

Pasaron semanas difíciles. Daniel buscaba trabajo sin éxito y yo empecé a vender pasteles en el mercado para ayudar con los gastos. Cada día era una prueba: soportar las miradas de lástima, los comentarios mordaces de las vecinas y la indiferencia de mi suegra.

Un domingo por la tarde, mientras preparaba tamales para vender al día siguiente, Doña Lupita entró a la cocina. Se quedó mirando cómo amasaba la masa y, para mi sorpresa, se sentó frente a mí.

—¿Quién te enseñó a hacer tamales? —preguntó con voz menos áspera.

—Mi abuela materna —respondí—. Era de Puebla.

Por primera vez vi un destello de interés en sus ojos.

—A ver, déjame probar uno —dijo extendiendo la mano.

Le di un tamal recién hecho. Lo mordió despacio y asintió con la cabeza.

—No están mal… para ser chilanga —dijo con una media sonrisa.

Ese fue el primer puente entre nosotras. Poco a poco empezó a invitarme a ayudarla con las recetas familiares. Me enseñó a preparar atole y pan de muerto, aunque siempre encontraba algún detalle que corregir.

Un día, mientras cocinábamos juntas para una fiesta patronal, Paola entró llorando: su esposo la había dejado por otra mujer. Doña Lupita corrió a abrazarla y yo me quedé parada, sin saber qué hacer. De pronto sentí una mano sobre mi hombro.

—Ven, hija —me dijo Doña Lupita—. Ayúdame con tu cuñada.

La palabra «hija» retumbó en mi pecho como un trueno. Sentí las lágrimas brotar sin poder contenerlas. Paola me abrazó también y lloramos juntas las tres en medio de la cocina.

Desde ese día algo cambió entre nosotras. Doña Lupita empezó a defenderme ante las vecinas y hasta presumía mis pasteles en el mercado. Daniel encontró trabajo poco después y nuestra situación mejoró poco a poco.

Ahora, cada vez que preparo mole para la familia, recuerdo aquel primer Día de Muertos y sonrío al pensar en todo lo que hemos superado juntas. La aceptación no llegó de un día para otro; fue una batalla diaria hecha de pequeños gestos y mucha paciencia.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo luchan cada día por ser aceptadas en una familia que no es la suya? ¿Vale la pena tanto esfuerzo por amor? Yo creo que sí… pero quisiera saber qué piensan ustedes.