El peso del pasado: La vergüenza que no se borra

—¿Otra vez con eso, mamá? —La voz de Camila me sacude como un balde de agua fría. Estoy sentada en la sala, el trapo en la mano, mirando la foto donde aparezco con mi bata blanca, rodeada de colegas en el hospital San Juan de Dios, allá en Medellín. Mi sonrisa era amplia, ingenua. Creía que salvaría al mundo.

—No es asunto tuyo —le respondo, aunque sé que miento. Todo lo que soy, lo que no fui, la afecta a ella más de lo que imagina.

Camila suspira y se apoya en el marco de la puerta. Tiene diecisiete años y esa mezcla de rebeldía y ternura que me recuerda a mí misma. —¿Por qué no puedes dejarlo ir? ¿Por qué siempre vuelves a esa época?

No respondo. ¿Cómo explicarle que hay errores que se pegan a la piel como el sudor en las noches calurosas? ¿Cómo decirle que la culpa no se borra con los años?

El teléfono suena. Es mi hermana Lucía, desde Bucaramanga. —María Fernanda, ¿cómo estás? —su voz suena cansada—. Mamá está peor. El doctor dice que deberías venir.

Cuelgo y siento el peso del mundo sobre mis hombros. Mamá nunca me perdonó lo que pasó aquella noche en el hospital. Nadie lo hizo, ni siquiera yo.

Camila me mira con esos ojos grandes, llenos de preguntas. —¿Vas a ir?

—Tengo que hacerlo —respondo, aunque por dentro tiemblo.

***

El viaje en bus es largo y polvoriento. Miro por la ventana los cerros verdes y las casas humildes, recordando mi infancia. Recuerdo a papá vendiendo frutas en la plaza, a mamá cosiendo hasta tarde para pagarme la universidad. Yo era su orgullo, la primera doctora de la familia.

Pero todo cambió una noche lluviosa hace quince años. Era mi primer turno sola en urgencias. Un niño llegó con fiebre alta y convulsiones. Su madre lloraba, suplicando ayuda. Yo estaba nerviosa, insegura. Tomé una decisión apresurada: le administré un medicamento sin consultar al pediatra de guardia. El niño empeoró y murió antes del amanecer.

El hospital encubrió el error para protegerme; era joven, inexperta, hija de una familia humilde. Pero el rumor corrió por el barrio. La madre del niño me maldijo en público. Mi familia recibió amenazas. Mamá dejó de hablarme durante meses.

***

Al llegar a Bucaramanga, Lucía me espera en la terminal.

—¿Por qué viniste sola? —me pregunta mientras caminamos hacia el taxi.

—Camila tenía exámenes —miento otra vez.

En casa, mamá está postrada en la cama, los ojos hundidos pero aún llenos de reproche.

—¿Vienes a pedir perdón o solo porque sabes que me voy a morir? —su voz es un susurro áspero.

Me arrodillo junto a su cama y tomo su mano huesuda.

—Siempre he querido pedirte perdón, mamá. Pero no sé cómo hacerlo.

Ella aparta la mirada. —No eres la única que sufre. Esa madre perdió a su hijo por tu culpa.

Las palabras me atraviesan como cuchillos. Sé que tiene razón.

***

Esa noche no puedo dormir. Escucho los grillos afuera y el murmullo lejano de la televisión en la sala. Me levanto y encuentro a Lucía fumando en el patio.

—Nunca te juzgué —me dice sin mirarme—. Todos cometemos errores.

—Pero no todos matan a alguien por un error —respondo con voz quebrada.

Lucía apaga el cigarrillo y me abraza. Lloramos juntas bajo el cielo estrellado.

***

Al día siguiente decido buscar a doña Rosa, la madre del niño. Vive en una casa humilde al borde del barrio. Cuando abro la puerta, me mira con sorpresa y rabia contenida.

—¿Qué quieres? ¿No has hecho suficiente?

—Solo quiero pedirle perdón —le digo, temblando—. No hay día que no piense en su hijo.

Ella me mira largo rato antes de hablar.

—El perdón no me va a devolver a mi niño —dice con voz rota—. Pero si quieres hacer algo útil, ayuda a otros niños para que no pase lo mismo.

Salgo de su casa sintiendo un poco menos de peso sobre mis hombros.

***

Regreso a Medellín con una decisión tomada: volveré al hospital como voluntaria en las campañas de salud para niños de barrios pobres. Camila me observa mientras preparo mi bolso con batas y medicamentos donados.

—¿Por qué haces esto ahora? —pregunta con curiosidad genuina.

La abrazo fuerte.

—Porque no quiero que nadie más pase por lo que pasamos nosotras.

***

Hoy, mientras limpio el polvo de esa vieja foto, ya no siento solo vergüenza; siento también esperanza. Sé que nunca podré borrar mi error, pero puedo intentar sanar un poco el daño hecho.

A veces me pregunto: ¿Es posible redimirse realmente después de un error tan grande? ¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?