El sol para otras vidas: La historia de la pequeña Emilia y el último adiós
—¡No, por favor, no me la quiten todavía! —grité, aferrando la manito tibia de Emilia mientras las lágrimas me nublaban la vista. El monitor marcaba una línea recta, y el silencio en la sala era tan denso que podía escuchar mi propio corazón romperse. La enfermera, Lucía, se acercó despacio y me susurró al oído: —Mariana, ya no siente dolor. Ahora solo queda amor.
Ese amor era lo único que me sostenía en pie. Emilia tenía apenas dos años y una risa capaz de iluminar hasta los días más grises en nuestro departamento de Almagro. Su papá, Julián, y yo habíamos soñado con verla crecer, pero una meningitis fulminante nos arrancó ese futuro en cuestión de horas. Todo sucedió tan rápido que todavía me cuesta creerlo: una fiebre alta, convulsiones, ambulancia, hospital… y después, la noticia que ningún padre debería escuchar jamás.
—Mariana, ¿podemos hablar un momento? —dijo el doctor Ramírez, con esa voz cansada de quien ha visto demasiados finales tristes.
Me llevó a un pasillo frío y largo. Julián estaba sentado en una silla plástica, con la cabeza entre las manos. El doctor habló despacio:
—Emilia ya no tiene actividad cerebral. Lo siento mucho. Pero… hay algo que pueden hacer. Hay otros niños esperando un milagro. Si ustedes lo desean, podemos donar los órganos de Emilia.
Sentí que el mundo se detenía. ¿Cómo podía pensar en otros niños cuando la mía se iba? Pero entonces recordé la sonrisa de Emilia, su manía de compartir todo —hasta su último trozo de pan dulce en Navidad— y supe que ella habría querido dar vida a otros.
Julián levantó la mirada, los ojos rojos e hinchados:
—¿Estás segura, Mari?
No respondí enseguida. Miré por la ventana del pasillo: afuera llovía con furia sobre Buenos Aires, como si el cielo llorara conmigo. Finalmente asentí:
—Sí. Que Emilia sea sol para otras vidas.
La noticia corrió rápido entre la familia. Mi mamá llegó desde Rosario esa misma noche, trayendo empanadas frías y un abrazo apretado. Mi hermana Florencia lloraba sin consuelo, repitiendo una y otra vez:
—No es justo, Mariana. No es justo…
Pero la vida nunca lo es. Esa noche, mientras velaba a Emilia en la sala de terapia intensiva, Lucía se sentó a mi lado y me contó su propia historia:
—Mi hijo recibió un riñón cuando tenía cinco años —me dijo—. Si no fuera por una mamá como vos, hoy no estaría vivo.
Me aferré a esas palabras como a un salvavidas. Pensé en las otras madres, esperando en hospitales de Salta, Córdoba o Mendoza, rezando por una llamada que les devolviera la esperanza.
La mañana siguiente fue un torbellino de médicos y papeles. Firmé documentos con manos temblorosas. Julián no dejaba de mirar el suelo. Cuando llegó el momento del último adiós, pedí quedarme sola con Emilia unos minutos más.
—Mi sol —le susurré—. Vas a vivir en otros niños. Vas a correr por plazas y reírte bajo el cielo celeste…
Sentí una paz extraña al dejarla ir. No era resignación; era amor transformado en coraje.
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Volvimos a casa con los brazos vacíos y el alma hecha trizas. La cuna seguía ahí, con su osito favorito y la manta tejida por la abuela. Cada rincón gritaba su ausencia.
La familia intentaba ayudar: mi papá cocinaba guisos enormes que nadie comía; Florencia llenaba la casa de flores; Julián se encerraba en el cuarto de Emilia y ponía sus canciones favoritas a todo volumen.
Una tarde recibí una carta del hospital. Era anónima, pero supe enseguida que venía de una madre como yo:
“Gracias por tu generosidad. Hoy mi hijo respira porque tu sol le dio vida.”
Lloré como nunca antes. Por primera vez sentí que el dolor podía transformarse en algo más grande: esperanza.
Pero no todos lo entendieron así. Mi suegra me enfrentó en la cocina:
—¿Cómo pudiste dejar que le sacaran los órganos? ¡Era tu hija!
Me temblaron las piernas, pero respondí con firmeza:
—Era mi hija… y ahora vive en otros niños.
El duelo fue largo y lleno de altibajos. En el barrio algunos murmuraban a mis espaldas; otros me abrazaban fuerte en la verdulería o me dejaban mensajes en el portero eléctrico: “Fuerza, Mari”.
Un día, mientras caminaba por Parque Centenario, vi a una nena jugando con su papá. Tenía el pelo oscuro y los ojos grandes como los de Emilia. Me acerqué sin pensarlo y le sonreí. El papá me devolvió la sonrisa y sentí una punzada en el pecho: tal vez uno de los órganos de mi hija latía ahí mismo, dándole otra oportunidad a esa familia.
Con el tiempo aprendí a convivir con la ausencia. Julián y yo nos acercamos más; hablamos mucho sobre Emilia y sobre cómo honrar su memoria ayudando a otras familias en situaciones similares. Empezamos a participar en campañas de donación de órganos y a contar nuestra historia en hospitales y escuelas.
No fue fácil reconstruirnos después de perder a Emilia. Hubo noches interminables de llanto y días en los que no quería salir de la cama. Pero cada vez que recibo una carta o un mensaje agradeciendo el regalo de vida que dimos, siento que Emilia sigue brillando en este mundo.
Hoy miro al cielo y le hablo:
—Gracias por enseñarme lo que es el amor verdadero, hija mía.
Y me pregunto: ¿Cuántos soles más podrían brillar si todos nos animáramos a dar ese paso? ¿Cuántas vidas pueden cambiarse con un acto de amor?
¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?