Entre Dos Padres: Mi Elección en el Día Más Importante de Mi Vida

—¿Por qué tienes que complicarlo todo, Lucía? —La voz de mi madre retumba en el pasillo, mientras cierro la puerta de mi habitación con manos temblorosas. El vestido de novia cuelga del armario, blanco e inmaculado, ajeno al torbellino que me consume por dentro.

Mañana me caso. Y no sé quién me llevará al altar.

Me siento en la cama y aprieto el móvil entre los dedos. Dos mensajes sin leer: uno de Ignacio, mi padre biológico, y otro de Fernando, el hombre que me enseñó a montar en bici, a reírme de mis propios errores y a no tener miedo del futuro. Dos padres. Dos historias. Una sola hija hecha pedazos.

—Lucía, cariño, ¿puedo pasar? —La voz de Fernando es suave, casi un susurro. Abro la puerta y lo veo ahí, con su camisa arrugada y los ojos rojos de no dormir.

—¿Has decidido ya? —pregunta, sin atreverse a mirarme directamente.

—No lo sé —respondo, y siento cómo se me quiebra la voz.

Fernando se sienta a mi lado. Me toma la mano. Recuerdo cuando tenía ocho años y él apareció en mi vida como un milagro discreto: después del divorcio de mis padres, cuando Ignacio se marchó a Valencia con su nueva pareja y mi madre se quedó sola conmigo en Madrid. Fernando llegó con su paciencia infinita y su risa fácil. Nunca intentó ocupar el lugar de nadie; simplemente estuvo ahí.

—No tienes que elegirme a mí —dice Fernando—. Haz lo que te haga feliz.

Pero ¿qué me hace feliz? ¿Qué significa ser hija? ¿A quién le debo ese momento único?

Mi madre irrumpe en la habitación sin llamar. Su cara es una mezcla de rabia y angustia.

—Lucía, por favor, no le hagas esto a Fernando. Él ha estado contigo siempre. Ignacio solo aparece cuando le conviene.

—Mamá, no es tan sencillo…

—¿No es sencillo? —me corta—. ¿Sabes cuántas noches lloró Fernando porque tú le llamabas «papá» a Ignacio por teléfono? ¿Sabes lo que ha hecho por ti?

Me tapo los oídos. No quiero escuchar más reproches. No quiero ser el campo de batalla de sus viejas guerras.

Esa noche no duermo. Me levanto y salgo al balcón. Madrid brilla bajo las farolas, indiferente a mi dolor. Miro el móvil otra vez. El mensaje de Ignacio es breve: “Hija, mañana será el día más feliz de tu vida. Estoy orgulloso de ti. Si quieres que te lleve al altar, estaré ahí”.

Recuerdo su olor a colonia barata, sus promesas incumplidas y las visitas fugaces cada verano en la playa de Benidorm. Recuerdo también cómo me abrazaba fuerte cuando tenía miedo a la oscuridad y cómo me enseñó a nadar entre las olas.

Al amanecer, decido llamarle.

—Papá…

—Lucía, mi niña…

—¿Por qué te fuiste? —La pregunta sale sola, como un grito ahogado.

Silencio al otro lado.

—No era feliz con tu madre —dice al fin—. Pero siempre te he querido. Solo… no supe cómo estar presente.

Cuelgo sin saber si me siento mejor o peor.

A las nueve llega mi abuela Pilar con churros y chocolate. Se sienta conmigo en la cocina mientras todos duermen.

—Hija, la familia es complicada —dice—. Pero tú tienes derecho a querer a los dos. No tienes que elegir entre uno u otro para demostrar nada.

Lloro en silencio mientras ella acaricia mi pelo como cuando era niña.

Las horas pasan como un suspiro. El salón se llena de flores blancas y primos nerviosos. Mi madre discute con la tía Carmen sobre el menú del banquete; Fernando plancha su traje en silencio; Ignacio llega desde Valencia con una corbata azul celeste y una sonrisa nerviosa.

A las cinco de la tarde, estoy lista. El vestido me aprieta el pecho; siento que no puedo respirar.

Llaman a la puerta. Es Ignacio.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

Asiento y salimos al jardín.

—Sé que he cometido muchos errores —dice Ignacio—. Pero eres mi hija y te quiero con toda mi alma. Si decides que sea Fernando quien te lleve al altar, lo entenderé. Solo quiero verte feliz.

Le abrazo fuerte. Por primera vez en años siento que puedo perdonarle un poco.

Vuelvo dentro y busco a Fernando. Está sentado solo en el sofá, mirando una foto mía de pequeña.

—Fernando…

Me mira con esos ojos llenos de ternura y miedo.

—No quiero hacerte daño —le digo—. Pero tampoco quiero renunciar a Ignacio.

Él sonríe tristemente.

—No tienes que elegir —dice—. Podemos llevarte los dos si quieres.

Le miro sorprendida. ¿Es posible?

En la iglesia, todos murmuran cuando aparezco del brazo de mis dos padres: uno a cada lado, sosteniéndome como cuando aprendí a caminar. Mi madre llora; mi abuela sonríe orgullosa; mis amigos se miran emocionados.

Mientras avanzo hacia el altar, siento que por fin soy yo misma: hija de dos hombres imperfectos pero llenos de amor a su manera.

Después del «sí, quiero», bailo primero con Fernando y luego con Ignacio. No hay reproches ni cuentas pendientes; solo abrazos sinceros y lágrimas compartidas.

Esa noche, ya sola en mi habitación de hotel, escribo en mi diario:

«¿Por qué nos obligan siempre a elegir entre las personas que amamos? ¿No es posible querer a todos, aunque sea de formas distintas? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?»