Entre el amor de madre y el amor de pareja: La historia de Rosa y su hijo Julián

—¿Así que otra vez vas a defenderla a ella? —le grité a Julián, mi único hijo, mientras la tarde caía sobre la colonia y el olor a café recién hecho se mezclaba con el de la tierra mojada. Mi voz temblaba, no sé si de rabia o de tristeza. Camila, su esposa, me miraba desde la cocina con esa expresión fría que nunca supe descifrar.

Julián bajó la mirada, como si le pesara el mundo sobre los hombros. —Mamá, no es cuestión de defender a nadie. Solo quiero que haya paz en la casa.

Pero yo sentía que la paz se me escapaba entre los dedos desde que Camila llegó a nuestras vidas. Antes, Julián y yo éramos inseparables. Desde que su papá nos dejó, él era mi compañero, mi confidente, mi razón para levantarme cada mañana en nuestra casa de Iztapalapa. Pero ahora… ahora todo era diferente.

Recuerdo cuando me lo presentó. “Mamá, ella es Camila”, dijo con una sonrisa nerviosa. Yo intenté sonreír también, pero sentí un nudo en el estómago. Camila era bonita y educada, pero había algo en su mirada que me hacía sentir invisible. Desde ese día, mi relación con Julián empezó a cambiar.

Las primeras discusiones fueron pequeñas: si la salsa estaba muy picante, si el arroz tenía demasiada sal. Pero pronto se volvieron más profundas. Camila quería mudarse a un departamento propio, lejos de mí. “Necesitamos nuestro espacio”, le decía a Julián. Y él… él solo asentía.

—¿No te das cuenta de que ella quiere alejarte de mí? —le reclamé una noche, cuando volvió tarde del trabajo y Camila no estaba.

—Mamá, por favor… —suspiró—. Ya no soy un niño. Tengo que hacer mi vida.

Sentí cómo se me partía el corazón. ¿En qué momento mi hijo dejó de ser mío? ¿En qué momento otra mujer ocupó el lugar que yo tenía?

Las cosas empeoraron cuando nació Emiliano, mi nieto. Yo quería ayudar, estar presente, enseñarles cómo cuidar al bebé. Pero Camila siempre encontraba una excusa para mantenerme al margen.

—Gracias, Rosa, pero ya tenemos todo bajo control —me decía con una sonrisa forzada.

Una tarde, llegué sin avisar para ver a Emiliano. Escuché a Camila hablando por teléfono:

—Tu mamá no entiende límites… siempre quiere meterse en todo.

Sentí una punzada en el pecho. Me fui sin decir nada, tragándome las lágrimas.

Esa noche enfrenté a Julián:

—¿Eso piensan de mí? ¿Que soy una entrometida?

Él me abrazó, pero su abrazo era frío, distante.

—Mamá… solo queremos aprender a ser papás a nuestra manera.

Me sentí sola como nunca antes. Empecé a evitar ir a su casa. Los domingos ya no eran lo mismo; la mesa estaba llena de silencios incómodos y miradas esquivas.

Mi hermana Lucía me decía:

—Rosa, tienes que soltarlo. Los hijos crecen…

Pero ¿cómo se suelta a un hijo? ¿Cómo se aprende a vivir sin él?

Un día recibí una llamada de Julián:

—Mamá, ¿puedes venir? Camila está en el hospital…

Corrí sin pensarlo. Al llegar vi a Julián hecho un mar de lágrimas. Me abrazó fuerte, como cuando era niño.

—Perdón por todo, mamá… te necesito.

En ese momento entendí que el amor de madre nunca desaparece, pero sí cambia. Ayudé a cuidar a Emiliano mientras Camila se recuperaba. Poco a poco, las cosas empezaron a sanar entre nosotras. Aprendí a respetar su espacio y ella aprendió a confiar en mí.

Hoy veo a Julián y Camila criar a Emiliano y me siento orgullosa. Pero aún duele recordar los días en que sentí que lo perdía todo.

A veces me pregunto: ¿cuántas madres en México y Latinoamérica sienten lo mismo? ¿Cuántas veces el amor se convierte en celos y los celos en distancia? ¿Será posible encontrar un equilibrio entre ser madre y dejar ir?

¿Ustedes qué piensan? ¿Hasta dónde debe llegar una madre por su hijo? ¿Y cuándo es momento de soltarlo?