Entre el café y el silencio: El fin de semana que rompió mi familia
—¡Levántate y prepárame un café, Lucía!— La voz de Ernesto retumbó en la cocina como una orden militar. Yo estaba sentada, con la taza aún caliente entre las manos, tratando de disfrutar los últimos minutos de paz antes de que todos despertaran. Pero desde que mi cuñado llegó hace dos semanas, la casa ya no era mía.
Miré a mi esposo, Daniel, esperando que dijera algo. Pero él solo bajó la mirada y se encogió de hombros, como si no hubiera escuchado nada. Sentí una punzada en el pecho: no era la primera vez que Ernesto me trataba así, pero sí la primera vez que Daniel no hacía nada para defenderme.
—Ernesto, ¿por qué no te lo preparas tú?— intenté decirlo con voz firme, aunque las palabras me temblaban en la garganta.
Él soltó una carcajada seca y se acomodó en la silla. —¿Y para qué están las mujeres en esta casa, si no es para atendernos?—
La vergüenza me subió a las mejillas. Mi hija, Camila, de apenas ocho años, estaba en la puerta del comedor, mirándonos con los ojos muy abiertos. Sentí que le fallaba a ella también.
La historia de cómo Ernesto terminó viviendo con nosotros es tan común en México como el olor a café por las mañanas. Se peleó con su esposa —otra víctima silenciosa de su carácter— y Daniel, como buen hermano mayor, le ofreció quedarse «unos días». Pero los días se volvieron semanas y cada día era más difícil respirar en mi propia casa.
Las primeras noches traté de ser comprensiva. «Es familia», me repetía Daniel. «Está pasando por un mal momento». Pero pronto Ernesto empezó a adueñarse del espacio: dejaba sus cosas tiradas, exigía que le lavara la ropa, criticaba mi comida y hasta cambió el canal cuando yo veía mi novela favorita.
Una tarde, mientras lavaba los platos, escuché a Ernesto hablar por teléfono en voz alta:
—No, aquí todo bien. Lucía es buena para la casa… aunque le falta mano dura. Daniel es muy blando con ella.—
Sentí rabia y tristeza mezcladas. ¿Eso pensaban de mí? ¿Que necesitaba mano dura? ¿Que mi esposo era blando por respetarme?
Esa noche, después de acostar a Camila, enfrenté a Daniel en nuestra recámara:
—No puedo más, Dani. Tu hermano me está volviendo loca. No es justo que yo tenga que aguantarlo solo porque es tu familia.—
Él suspiró y se sentó en la cama. —Es solo por un tiempo, Lucía. No quiero problemas con él… Tú sabes cómo es.—
—¿Y yo? ¿No te importa cómo estoy yo?—
Me miró con cansancio. —No exageres. Solo ignóralo.—
Ignorarlo… Como si fuera tan fácil ignorar a alguien que te hace sentir invisible en tu propia casa.
Los días siguientes fueron peores. Ernesto empezó a hacer comentarios delante de Camila:
—Las mujeres deben aprender a obedecer.—
O cuando yo salía a trabajar:
—¿Y quién va a cuidar la casa? Por eso luego los hombres buscan otra.—
Una tarde, Camila se acercó y me preguntó en voz baja:
—Mamá, ¿es cierto que las mujeres solo sirven para cocinar y limpiar?—
Sentí que el corazón se me rompía en mil pedazos. Me arrodillé frente a ella y le tomé las manos.
—No, mi amor. Las mujeres podemos ser lo que queramos. No tienes que hacer caso a lo que diga tu tío.—
Pero por dentro me sentía una hipócrita. ¿Cómo podía enseñarle eso si yo misma permitía que me trataran así?
El colmo llegó un domingo por la mañana. Ernesto entró a la cocina mientras yo preparaba el desayuno y, sin mirarme siquiera, dijo:
—Hoy quiero huevos rancheros y café bien cargado. Y apúrate, que tengo hambre.—
Me quedé paralizada unos segundos. Luego sentí una fuerza extraña crecer dentro de mí.
—Hazlo tú.—
Ernesto se volteó sorprendido. —¿Qué dijiste?—
—Que lo hagas tú. No soy tu sirvienta.—
Daniel entró justo en ese momento y vio la escena congelada: Ernesto rojo de furia y yo temblando pero firme.
—¿Qué pasa aquí?— preguntó Daniel.
—Tu esposa ya no quiere hacer nada en esta casa,— gruñó Ernesto.
Daniel me miró como si esperara que yo pidiera disculpas. Pero no lo hice.
Esa tarde salí a caminar sola por el parque del barrio. Lloré como no lo hacía desde niña. Me sentí sola, traicionada por el hombre que juró protegerme y amarme. Pensé en todas las veces que callé para evitar problemas, en todas las veces que puse la paz familiar antes que mi propia dignidad.
Esa noche dormí en el cuarto de Camila. Daniel intentó hablar conmigo pero le dije que necesitaba tiempo.
Al día siguiente, Ernesto se fue sin despedirse. Daniel trató de hacer como si nada hubiera pasado, pero algo se había roto entre nosotros.
Ahora escribo esto sentada en la misma cocina donde todo empezó. El café humea frente a mí, pero ya no sabe igual.
Me pregunto: ¿Cuántas mujeres más callan para no romper la familia? ¿Dónde está el límite entre ser buena esposa y perderse a una misma?
¿Ustedes qué harían en mi lugar?