Entre la Duda y la Esperanza: Mi Fe en Medio de una Prueba Familiar

—¡No puede ser, Mariana! ¿Cómo me haces esto? —La voz de Ernesto retumbó en las paredes de la casa, tan fuerte que sentí que el techo se venía abajo. Mi hija Lucía, apenas de seis años, se aferraba a mi pierna, sus ojitos grandes llenos de miedo.

Yo no podía hablar. Tenía un nudo en la garganta que no me dejaba respirar. Afuera, el sol del mediodía caía sobre las calles polvorientas de nuestro barrio en San Miguel de Tucumán, pero dentro de casa todo era frío. Ernesto sostenía en la mano un sobre blanco, arrugado por la rabia. El resultado del examen de paternidad.

—¿Por qué tuviste que hacerlo? —me preguntó, con los ojos llenos de lágrimas y furia.

No supe qué decir. ¿Cómo explicarle que yo misma había pedido esa prueba porque las dudas lo estaban consumiendo? Porque ya no soportaba verlo alejarse cada día un poco más de nosotras, ni escuchar los susurros venenosos de su madre, doña Rosa, que nunca me aceptó como nuera.

—¡Esa niña no se parece a nadie de esta familia! —decía doña Rosa cada vez que podía, mientras le daba a Lucía una mirada fría y distante.

Esa noche, después de que Ernesto se fue dando un portazo, me arrodillé junto a la cama de Lucía. Ella dormía abrazada a su osito viejo, ajena al huracán que nos arrasaba. Cerré los ojos y recé como nunca antes. No pedí milagros ni castigos, solo fuerza para soportar el dolor y sabiduría para no odiar.

Los días siguientes fueron un infierno. Ernesto no volvió a casa. Doña Rosa venía cada tarde a «ayudarme», pero solo traía palabras llenas de veneno:

—¿Ves lo que lograste? Siempre supe que eras una cualquiera. Ahora mi hijo está destrozado por tu culpa.

Yo aguantaba en silencio. No tenía fuerzas para pelear. Solo quería proteger a Lucía, que preguntaba cada noche por su papá.

—¿Mami, papá ya no me quiere?

—Claro que sí, mi amor —le respondía, aunque mi voz temblaba.

En esos días oscuros, la única luz era la iglesia del barrio. Me escapaba cuando podía y me sentaba en la última banca. A veces no decía nada; solo lloraba en silencio mientras el padre Julián barría el altar o acomodaba las flores.

Una tarde, él se sentó a mi lado sin decir palabra. Después de un rato, me preguntó:

—¿Por qué lloras tanto, hija?

Le conté todo. La prueba, las dudas, el dolor de Lucía. Él me miró con ternura y me dijo:

—La fe no es solo para los milagros. Es para los días en que todo parece perdido y aun así decides levantarte.

Esa noche recé con más fuerza. Pedí por Ernesto, por doña Rosa y por mí misma. Pedí poder perdonar y no dejarme consumir por el rencor.

Una semana después, Ernesto volvió. Tenía la barba crecida y los ojos rojos. Se arrodilló frente a Lucía y la abrazó tan fuerte que pensé que se romperían los dos.

—Perdóname, hija —le susurró—. Perdóname por dudar.

Luego me miró a mí:

—Mariana… yo… no sé cómo reparar esto.

Le mostré el sobre arrugado con el resultado: «Ernesto Ramírez es el padre biológico de Lucía Ramírez».

Él rompió a llorar. Yo también. Nos abrazamos los tres en medio del llanto y el alivio.

Pero la herida seguía ahí. Los vecinos ya murmuraban; en el almacén sentía las miradas clavadas en mi espalda. Doña Rosa no volvió a casa por semanas. La vergüenza era demasiado grande para ella.

En esos días aprendí que el perdón es un camino largo. Ernesto intentaba compensar su ausencia con regalos para Lucía y gestos torpes conmigo. Yo seguía rezando cada noche, pidiendo paciencia para reconstruir lo que se había roto.

Un día, Lucía me preguntó:

—¿Por qué papá estaba tan triste?

Me arrodillé frente a ella y le dije:

—A veces los adultos tenemos miedo y cometemos errores. Pero lo importante es que nos queremos mucho y siempre vamos a estar juntos.

La vida siguió su curso. Poco a poco, Ernesto volvió a ser el hombre cariñoso que conocí. Doña Rosa regresó un día con una bolsa de pan casero y lágrimas en los ojos.

—Perdón, Mariana —me dijo bajito—. Fui injusta contigo y con mi nieta.

La abracé sin palabras. Sentí que una parte del peso se desvanecía.

Hoy miro atrás y sé que sin mi fe no habría resistido. La oración fue mi refugio cuando todo parecía perdido; fue el puente entre el dolor y la esperanza.

A veces me pregunto si alguna vez podré olvidar todo lo que pasó o si siempre quedará una cicatriz invisible en nuestra familia. Pero también sé que somos más fuertes ahora; aprendimos a perdonar y a amarnos con nuestras heridas.

¿Ustedes creen que es posible reconstruir una familia después de tanta desconfianza? ¿O hay heridas que nunca sanan del todo?