La niña de los rieles: secretos bajo el viento

—¡Esperá, Lucía! —grité, pero el viento me robó la voz. Corría tras mi hija, la única persona que me quedaba en el mundo, mientras la noche se tragaba el último tren y la luna apenas iluminaba los rieles oxidados. El silbido del viento era tan fuerte que casi no escuché aquel llanto, tan débil y persistente como el eco de un recuerdo doloroso.

Me detuve en seco. El corazón me latía con fuerza, no solo por la carrera, sino por ese sonido que me heló la sangre. Miré hacia la vieja caseta del guardabarreras, abandonada desde hacía años, y allí, entre cartones y mantas sucias, vi un bulto moverse. Me acerqué temblando, más por miedo que por frío. Cuando aparté la manta, encontré a una bebé de apenas meses, con los ojos grandes y negros como la noche pampeana.

—¿Quién te dejó acá, mi amor? —susurré, sintiendo cómo mi voz se quebraba.

No había nadie cerca. Solo el silbido del viento y el rumor lejano de la ciudad de Junín. La tomé en brazos y sentí que algo en mi vida acababa de cambiar para siempre.

Esa noche no dormí. Me senté junto a la ventana de mi casa humilde, mirando cómo la luna se deslizaba sobre los campos. Pensé en llamar a la policía, pero algo dentro mío me lo impidió. Yo, Marta González, viuda desde hacía cinco años y sin hijos propios, sentí que ese milagro era un regalo o una prueba. Decidí criarla como mía.

Le puse Lucía porque siempre quise una hija con ese nombre. Nadie en el pueblo preguntó mucho; todos sabían que la soledad me había vuelto huraña y que no tenía familia. Criar a Lucía fue mi salvación y mi condena. Trabajé limpiando casas y vendiendo empanadas en la estación para darle lo mejor que podía. Ella creció fuerte y alegre, con esa curiosidad insaciable que solo tienen los niños que han conocido el abandono sin saberlo.

Pero los secretos pesan. Cada vez que Lucía preguntaba por su papá o por qué no tenía abuelos, yo inventaba historias: que su papá era un viajero que se perdió en el norte, que sus abuelos murieron en un accidente. Mentiras piadosas, me decía a mí misma, para protegerla del dolor.

Los años pasaron rápido. Lucía terminó la secundaria con honores y consiguió una beca para estudiar enfermería en Buenos Aires. Yo lloré de orgullo y miedo cuando se fue; sentí que el mundo era demasiado grande y peligroso para alguien tan bueno como ella.

Veinticinco años después de aquella noche helada, una tarde cualquiera mientras preparaba mate en la cocina, escuché golpes en la puerta. Eran fuertes, insistentes, como si alguien quisiera derribar los años de silencio y secretos.

—¿Quién es? —pregunté con voz temblorosa.

—¿La señora Marta González? —dijo un hombre alto, con acento porteño y traje oscuro.

—Sí… ¿qué necesita?

—Vengo por Lucía. Soy su hermano.

Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Lucía estaba sentada a la mesa, leyendo un libro. Levantó la vista y sus ojos se llenaron de preguntas.

—¿Mi hermano? Mamá… ¿de qué habla este hombre?

No pude responderle. El hombre sacó una carpeta con papeles amarillentos: partidas de nacimiento, fotos viejas, cartas rotas.

—Hace veinticinco años mi hermana desapareció cerca de estas vías —dijo él—. Mi mamá nunca dejó de buscarla. Ahora está muy enferma y quiere verla antes de morir.

Lucía me miró con lágrimas en los ojos.

—¿Es cierto? ¿No sos mi mamá?

Sentí que todo lo construido durante años se desmoronaba en un instante. Quise abrazarla, explicarle que el amor no depende de la sangre ni del apellido. Pero ella se apartó.

—¿Por qué nunca me dijiste nada? ¿Por qué me mentiste toda la vida?

No supe qué decirle. El miedo a perderla era más grande que cualquier verdad. El hombre insistió:

—Mi mamá está en Junín, internada. Solo quiere despedirse de su hija.

Lucía salió corriendo sin mirar atrás. Yo quedé sola en esa cocina fría, con el mate derramado sobre la mesa y el corazón hecho trizas.

Esa noche no dormí. Pensé en todas las veces que le mentí para protegerla y me pregunté si hice lo correcto. Al amanecer, Lucía volvió a casa con los ojos hinchados de tanto llorar.

—Voy a conocer a mi otra familia —me dijo—. Pero vos siempre vas a ser mi mamá.

La abracé como nunca antes. Sentí alivio y culpa al mismo tiempo.

Hoy Lucía tiene dos familias: una de sangre y otra de corazón. Yo sigo preguntándome si debí contarle la verdad antes o si el amor puede realmente borrar las heridas del pasado.

¿Ustedes qué harían? ¿El amor justifica ocultar la verdad? ¿O es mejor enfrentar el dolor desde el principio?