La última batalla de Emilia: amor, esperanza y una promesa bajo la lluvia

—¿Por qué a mí? —me pregunté mientras la enfermera introducía la aguja en mi brazo por enésima vez. El olor a desinfectante me revolvía el estómago, y el frío de la sala de oncología del hospital San Martín en Rosario me calaba hasta los huesos. Afuera llovía con furia, como si el cielo llorara conmigo. Cerré los ojos y apreté la mano de Julián, mi esposo, que nunca faltó a ninguna sesión. Sentí su pulgar acariciando el dorso de mi mano, tembloroso pero firme.

—Emi, ya casi termina —susurró él, con esa voz que siempre logra calmarme. Pero yo sabía que no era cierto. El cáncer no termina nunca; se esconde, se transforma, te roba pedazos de vida y de dignidad. Desde enero de 2016, mi vida se había reducido a hospitales, cirugías —cuatro en total— y una rutina de miedo y esperanza.

Mi madre, doña Rosa, siempre decía que las mujeres de nuestra familia nacimos para luchar. Pero yo ya estaba cansada. Había perdido el cabello dos veces, la piel se me había vuelto ceniza y mis hijos, Camila y Lautaro, aprendieron demasiado pronto a distinguir entre una buena y una mala noticia médica. Julián era mi roca, aunque a veces lo veía llorar en silencio en la cocina, creyendo que yo dormía.

El día de mi última quimioterapia comenzó como cualquier otro: náuseas, insomnio y esa sensación de estar atrapada en un cuerpo que ya no reconocía. Pero algo era diferente. Julián estaba inquieto, revisando su celular cada cinco minutos y murmurando cosas con mi cuñada Mariana. Yo no tenía fuerzas para preguntar.

Cuando terminó la sesión, la enfermera me felicitó con una sonrisa cansada. —¡Fuerza, Emilia! Ya pasó lo peor —me dijo. Pero yo no podía creerlo. ¿Y si volvía? ¿Y si todo este dolor no servía para nada?

Al salir del hospital, Julián me cubrió con su campera y me llevó directo al auto. —Cerrá los ojos —me pidió. Obedecí, aunque sentí miedo. ¿Qué más podía pasarme?

El auto se detuvo tras unos minutos. Escuché voces, risas y el golpeteo de la lluvia sobre el techo. Cuando abrí los ojos, vi algo que nunca olvidaré: decenas de personas bajo paraguas de colores, sosteniendo carteles que decían «Fuerza Emilia», «No estás sola» y «La vida es hoy». Había vecinos del barrio Tablada, compañeros de trabajo de Julián, amigas mías del colegio secundario y hasta desconocidos.

Me temblaron las piernas. Julián me ayudó a bajar y me abrazó fuerte.

—Emi, quería que supieras cuánto te queremos todos. Organicé una campaña para recaudar fondos para otros pacientes como vos. Tu historia ya inspiró a mucha gente —me dijo con los ojos llenos de lágrimas.

No pude evitar llorar. Sentí una mezcla de vergüenza y gratitud tan intensa que apenas podía respirar. Mariana se acercó con Camila y Lautaro, quienes me entregaron un ramo de girasoles —mis flores favoritas— y una carta escrita con letra temblorosa: «Mamá, sos nuestra heroína».

La gente empezó a aplaudir y a cantar una canción que solíamos escuchar en casa: «Color esperanza» de Diego Torres. Por un momento olvidé el dolor, el miedo y la incertidumbre. Solo sentí amor.

Esa tarde fue un torbellino de emociones. Hubo mate cocido caliente, tortas fritas hechas por las vecinas y abrazos sinceros. Una señora que no conocía me tomó las manos: —Mi hija también pasó por esto. No baje los brazos, doña Emilia —me dijo con una ternura que me desarmó.

Julián tomó el micrófono improvisado (un parlante viejo del club) y habló con voz quebrada:

—Hoy celebramos la última quimio de Emilia, pero también la fuerza de todas las mujeres que luchan contra el cáncer en nuestro país. Gracias por acompañarnos. Sigamos ayudando a quienes más lo necesitan.

La campaña recaudó más de lo esperado; incluso el intendente mandó un mensaje de apoyo. Pero lo más valioso fue sentirme parte de algo más grande que mi enfermedad: una red invisible de solidaridad que solo existe en nuestra gente.

Esa noche, ya en casa, Julián me abrazó fuerte mientras escuchábamos la lluvia golpear el techo de chapa.

—¿Y ahora qué? —le pregunté con miedo.

—Ahora vivimos —me respondió—. Un día a la vez.

No dormí mucho esa noche. Pensé en todas las veces que quise rendirme, en las palabras de mi madre, en los ojos asustados de mis hijos y en la fortaleza inesperada que encontré en los brazos de Julián y en el corazón generoso de mi barrio.

A veces me pregunto si alguna vez volveré a ser la misma Emilia de antes del cáncer. Pero quizás no tenga que serlo; quizás esta nueva Emilia —más frágil pero también más valiente— sea suficiente.

¿Ustedes creen que uno puede volver a confiar en la vida después de tanto dolor? ¿O será que la esperanza es simplemente aprender a caminar bajo la lluvia?