Lo que pensaron nuestros vecinos: Una historia de amor, prejuicios y muros
—¿De verdad vas a invitarlo a la cena, Lucía? —me preguntó mi madre con esa voz baja que usaba cuando quería que sólo yo la escuchara, pero que igual se filtraba por las paredes finas de nuestra casa en Villa Crespo.
Yo ya había sentido las miradas de los vecinos desde la primera vez que Diego cruzó la esquina con su moto vieja y su sonrisa desarmante. No era del barrio, ni siquiera era porteño: venía de Salta, con ese acento dulce y una historia familiar marcada por la pobreza y la lucha. Pero para mí, Diego era el futuro, la promesa de una vida distinta a la que mi familia había planeado para mí.
—Sí, mamá. Diego viene esta noche —respondí, tratando de sonar firme, aunque por dentro temblaba. Sabía que no sólo mi madre lo juzgaba. Doña Marta, la vecina de al lado, ya había hecho comentarios sobre «los forasteros» y cómo traían problemas. Mi papá, silencioso pero severo, apenas lo saludaba cuando lo veía.
Esa noche, mientras preparaba la mesa, escuché los cuchicheos en la vereda. El barrio era como una gran familia extendida: todos sabían todo de todos. Y yo, la hija menor de los Fernández, estaba a punto de romper una regla no escrita: no mezclar sangre con extraños.
Diego llegó puntual, con una camisa planchada y flores robadas del parque. Mi madre lo miró de arriba abajo y le ofreció un mate sin azúcar, como si quisiera ponerlo a prueba desde el primer sorbo. Mi padre apenas levantó la vista del diario.
—¿Y vos qué hacés en Buenos Aires? —preguntó mi padre sin rodeos.
—Trabajo en una carpintería —respondió Diego—. Y estudio por las noches para terminar el secundario.
Sentí el orgullo en su voz, pero también la vergüenza que le provocaba tener que justificarse ante mi familia. Yo apreté su mano debajo de la mesa. Quería gritarles que lo amaba, que no me importaba su origen ni su pasado. Pero el miedo me ataba la lengua.
Después de la cena, salimos a caminar por el barrio. Los vecinos nos miraban desde las ventanas entreabiertas. Algunos saludaban con cortesía forzada; otros simplemente nos ignoraban. Sentí el peso de cada mirada como una piedra en el pecho.
—¿Te molesta lo que dicen? —me preguntó Diego mientras caminábamos bajo las luces amarillas de la calle Corrientes.
—Me duele —admití—. Pero más me dolería perderte.
Él me abrazó fuerte y me prometió que juntos podríamos con todo. Pero yo sabía que no era tan fácil. En mi casa, los secretos familiares eran como fantasmas: siempre presentes, siempre al acecho.
Un domingo, mientras ayudaba a mi madre a limpiar el altillo, encontré una caja vieja llena de cartas amarillentas. Eran de mi abuela a un hombre cuyo nombre nunca había escuchado: Ernesto Gutiérrez. Las cartas hablaban de un amor prohibido, de promesas rotas y de un hijo perdido. Mi abuela había amado a un hombre que no era mi abuelo, y toda la familia lo había ocultado durante décadas.
Esa noche, enfrenté a mi madre:
—¿Quién era Ernesto Gutiérrez?
Ella palideció y se sentó en silencio antes de responder:
—Fue el gran amor de tu abuela. Pero nunca lo aceptaron porque era hijo de inmigrantes bolivianos. La familia prefirió el escándalo antes que la vergüenza.
Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Era posible que la historia se repitiera? ¿Que yo estuviera condenada a renunciar a Diego por los mismos prejuicios que habían destrozado a mi abuela?
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre me vigilaba cada paso; mi padre dejó de hablarme; los vecinos murmuraban cada vez más fuerte. Una tarde encontré a Diego esperándome en la esquina, con los ojos rojos de tanto llorar.
—No quiero ser la causa de tus problemas —me dijo—. Si querés que me vaya, lo hago.
Lo abracé con todas mis fuerzas. No podía dejarlo ir. Pero tampoco podía soportar la presión del barrio y mi familia.
Una noche, después de una discusión feroz con mis padres, salí corriendo a la calle. Llovía fuerte y las luces del barrio parecían más tristes que nunca. Me refugié bajo el toldo del almacén de Don Ricardo y lloré como nunca antes.
Don Ricardo salió y se sentó a mi lado en silencio. Después de un rato, me dijo:
—Mirá, nena… La gente siempre va a hablar. Pero al final del día, sos vos la que tiene que vivir con tus decisiones. No repitas los errores de los grandes.
Sus palabras me dieron fuerzas. Al día siguiente enfrenté a mis padres:
—Yo amo a Diego y no voy a dejarlo por lo que digan los demás. Si ustedes no pueden aceptarlo, entonces tendré que irme.
Mi madre lloró; mi padre se encerró en su cuarto. Pero algo cambió esa noche: por primera vez sentí que era dueña de mi vida.
Diego y yo seguimos juntos. Alquilamos un pequeño departamento en Almagro y empezamos desde cero. Los vecinos seguían hablando, pero ya no me importaba tanto.
A veces me pregunto si algún día el barrio dejará de construir muros invisibles entre nosotros. ¿Cuántas historias como la mía se habrán perdido por miedo al qué dirán? ¿Vale la pena sacrificar el amor por las expectativas ajenas?