Mentiras en la Gran Vía: La doble vida de un impostor

—¿Por qué no contestas al teléfono, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, mientras yo, sentada en el suelo del baño, intentaba contener las lágrimas. El móvil vibraba sin parar. Mensajes de amigas, llamadas perdidas de mi hermana, y un WhatsApp de él: “Lo siento, tengo una guardia inesperada”.

Guardia. Siempre la misma excusa. Cuando conocí a Álvaro en una cafetería de la Gran Vía, pensé que era el hombre que había estado esperando toda mi vida. Alto, elegante, con una sonrisa tímida y una conversación que me hacía sentir especial. Decía ser médico en el Hospital Clínico San Carlos, y su agenda caótica parecía confirmarlo. Yo, periodista en una revista digital, acostumbrada a historias de otros, jamás pensé que acabaría protagonizando la mía propia.

—Mamá, estoy bien —mentí, limpiándome la cara—. Solo necesito descansar.

Pero no estaba bien. Llevaba semanas sintiendo que algo no encajaba. Álvaro siempre tenía una razón para desaparecer: una operación urgente, un congreso en Valencia, una madre enferma en Salamanca. Al principio lo entendía; después, empecé a dudar.

Una tarde de domingo, mientras revisaba su Instagram —privado, por supuesto—, vi una foto en la que aparecía con una mujer rubia y dos niños pequeños. “Mi familia”, decía el pie de foto. El corazón me dio un vuelco. ¿Familia? ¿No era hijo único? ¿No vivía solo?

Decidí llamar a Marta, mi mejor amiga.

—Lucía, tienes que averiguar la verdad —me dijo con firmeza—. No puedes seguir así.

Así que lo hice. Empecé a buscar su nombre en Google. Nada relevante. Pero cuando busqué su número de colegiado médico, no aparecía en ningún registro oficial. Llamé al hospital fingiendo ser una paciente. Nadie conocía a ningún doctor Álvaro Romero.

El miedo se mezcló con la rabia. ¿Quién era realmente ese hombre con el que llevaba casi un año? ¿Por qué me mentía?

Una noche, decidí seguirle tras una de sus supuestas guardias. Lo vi entrar en un portal del barrio de Chamberí. Esperé fuera durante horas hasta que las luces del piso tercero se apagaron. Al día siguiente, volví y pregunté a la portera.

—¿El doctor Romero? —me miró extrañada—. Aquí vive con su mujer y sus hijos desde hace años.

El mundo se me vino abajo. No era solo yo; había otra mujer, otra familia… ¿Cuántas más?

Volví a casa destrozada. No dormí en toda la noche. Al amanecer, tomé una decisión: tenía que hablar con ella.

Busqué su nombre en el buzón: “Marina López”. La encontré en Facebook y le escribí un mensaje temblorosa: “Hola Marina, siento mucho molestarte. Creo que necesitamos hablar sobre Álvaro”.

Tardó dos días en responder. Quedamos en una cafetería discreta cerca del Retiro. Cuando la vi llegar, supe que también estaba rota por dentro.

—¿Tú también? —me preguntó antes siquiera de sentarnos.

Asentí. Nos abrazamos como si fuéramos viejas amigas compartiendo el mismo dolor.

—No eres la primera —me confesó—. Hace años descubrí que tenía otra familia en Valencia. Lo perdoné porque pensé que cambiaría… pero nunca lo hizo.

No podía creerlo. Álvaro llevaba años viviendo una doble vida, o quizás triple. Marina me enseñó mensajes de otras mujeres: Ana en Zaragoza, Carmen en Sevilla… Todas con la misma historia: un hombre encantador, atento, siempre ocupado por su trabajo como médico.

—¿Por qué nadie ha hecho nada? —pregunté indignada.

—Por vergüenza —respondió Marina—. Por miedo al qué dirán. Porque nadie quiere ser la mujer engañada en los grupos de WhatsApp del colegio o en las cenas familiares.

Sentí rabia e impotencia. ¿Cuántas mujeres más estarían sufriendo lo mismo? ¿Cuántas callarían por miedo al escándalo?

Decidimos reunirnos todas. Éramos seis al principio; luego fuimos nueve. Cada una tenía su propia historia de amor y traición con Álvaro. Algunas habían perdido dinero; otras, solo ilusiones y tiempo.

—Tenemos que denunciarle —dije una tarde mientras tomábamos café en casa de Ana.

Pero no era tan fácil. Álvaro era un maestro del engaño: contratos falsos de alquiler, cuentas bancarias a nombre de terceros, perfiles diferentes en cada red social… Había construido una vida paralela para cada una de nosotras.

Una noche recibí un mensaje suyo: “Sé lo que estás haciendo. Deja de investigar o te arrepentirás”.

El miedo me paralizó durante días. Pero ya no podía callar más.

Fui a la policía con Marina y Ana. Contamos todo: las mentiras, las pruebas, los mensajes amenazantes. Nos miraron con escepticismo al principio; luego, cuando vieron los documentos falsificados y los testimonios coincidentes, empezaron a investigar.

La noticia salió en los medios: “Impostor sentimental engaña a varias mujeres en Madrid y Valencia”. Mi teléfono no paraba de sonar; periodistas querían mi versión, familiares preguntaban si era cierto…

Mi madre lloró cuando se enteró.

—¿Por qué no me lo contaste antes? —me reprochó entre sollozos.

—Por vergüenza —admití—. Porque no quería que pensaras que era tonta.

Pero no era tonta; solo había confiado demasiado.

El proceso judicial fue largo y doloroso. Álvaro negó todo hasta el final; intentó manipularnos incluso ante el juez. Pero las pruebas eran irrefutables: contratos falsos, transferencias bancarias sospechosas, testimonios cruzados…

El día del juicio final sentí miedo y alivio a partes iguales. Cuando el juez dictó sentencia —dos años de prisión por estafa y falsedad documental— sentí que por fin podía respirar.

Pero nada volvió a ser igual. La confianza rota no se recupera fácilmente; las heridas tardan en cerrar.

A veces me pregunto si volveré a confiar en alguien como antes; si podré mirar a los ojos a un desconocido sin pensar que puede estar mintiéndome.

Pero también aprendí algo importante: no estamos solas. Hay muchas mujeres como yo, como Marina, como Ana… Mujeres valientes que deciden romper el silencio y luchar por la verdad.

Ahora escribo mi historia para que otras no caigan en la misma trampa; para que sepan que no hay vergüenza en ser víctima de un impostor, sino valentía en denunciarlo.

¿Hasta cuándo vamos a permitir que el miedo y la vergüenza nos silencien? ¿Cuántas historias como la mía seguirán ocultas por miedo al qué dirán?