Mi madre me tuvo a los 66: El peso de los prejuicios y la búsqueda de mi lugar

—¿Por qué no puedo ir al parque solo como los demás niños? —le pregunté a mi mamá una tarde, mientras el sol caía sobre las tejas rojas de nuestra casa en San Juan del Río.

Ella me miró con esos ojos cansados pero llenos de ternura, y me acarició el cabello. —Porque el mundo allá afuera no siempre es bueno, hijo. Y porque yo… —su voz se quebró un poco— yo ya no tengo la fuerza para correr detrás de ti si algo pasa.

Tenía siete años y ya sentía el peso de ser diferente. Mi madre, Carmen, me tuvo cuando tenía 66 años. Nadie en el pueblo lo podía creer. Algunos decían que era un milagro; otros, que era una locura. Yo solo sabía que mi mamá era más vieja que las abuelas de mis amigos, y que eso nos hacía invisibles y demasiado visibles al mismo tiempo.

Recuerdo la primera vez que escuché a Doña Lupita, la vecina, decirle a su hija: —No te juntes tanto con ese niño, su mamá está muy rara. ¿Qué tal si tiene algo malo?

Me dolió. Corrí a casa y le pregunté a mi mamá si era cierto que éramos raros. Ella me abrazó fuerte y me dijo: —Raros son los que no saben amar, hijo. Nosotros solo somos distintos.

Pero ser distinto en un pueblo pequeño es como llevar una marca en la frente. En la escuela, los niños me preguntaban si mi mamá era mi bisabuela. Los maestros me miraban con lástima y a veces con miedo. Nadie entendía cómo una mujer tan mayor podía criar sola a un niño.

Mi papá nunca estuvo presente. Según mi madre, él era un hombre bueno pero cobarde, que no pudo soportar la presión de los chismes y se fue antes de que yo naciera. Mi abuela materna había muerto hacía décadas, y mis tíos vivían en la Ciudad de México, demasiado ocupados para preocuparse por nosotros.

Así que crecí solo con ella, entre medicinas, visitas al doctor y tardes interminables escuchando sus historias de cuando era joven. Me contaba cómo bailaba danzón en la plaza, cómo luchó por estudiar cuando las mujeres apenas podían ir a la escuela, cómo sobrevivió al terremoto del 85.

Pero también crecí con miedo. Miedo a perderla. Miedo a quedarme solo. Cada vez que tosía fuerte o se mareaba, sentía que el mundo se me venía abajo.

—¿Qué va a ser de mí si tú te mueres? —le pregunté una noche, llorando bajo las sábanas.

Ella me besó la frente y me dijo: —Tú eres fuerte, Santiago. Más fuerte de lo que crees. Y siempre habrá alguien que te quiera ayudar.

Pero yo no le creía. Porque en el pueblo nadie quería ayudarnos. Al contrario: nos miraban como si fuéramos una advertencia.

Cuando cumplí diez años, mi mamá empezó a olvidar cosas. Al principio eran detalles pequeños: dónde había dejado las llaves, qué día era. Pero luego empezó a confundirse con mi nombre, a llamarme «Javier», como su hermano muerto hacía mucho tiempo.

Fui yo quien tuvo que aprender a cocinar arroz y calentar tortillas en el comal. Fui yo quien la llevaba al centro de salud y le recordaba tomar sus pastillas. Fui yo quien escuchaba los susurros de las vecinas: —Pobre niño, tan chiquito y ya cuidando a su madre.

A veces sentía rabia. ¿Por qué no podía tener una vida normal? ¿Por qué Dios me había puesto en esta familia?

Una tarde, después de una pelea con un compañero que me llamó «huérfano adelantado», llegué a casa gritando:

—¡Ojalá hubieras sido joven cuando me tuviste! ¡Ojalá tuviera una mamá como las demás!

Vi cómo se le llenaron los ojos de lágrimas. No dijo nada. Solo se sentó en su sillón favorito y miró por la ventana durante horas.

Esa noche no pude dormir. Me sentí el peor hijo del mundo. Al día siguiente le pedí perdón y ella solo me abrazó más fuerte que nunca.

Con los años aprendí a vivir con nuestra diferencia. Empecé a leer libros sobre familias diversas, sobre niños que crecieron con abuelos o tíos o incluso solos. Descubrí que no estaba tan solo como pensaba.

Pero el pueblo seguía igual. Cuando cumplí trece años, mi mamá ya casi no salía de casa. Yo hacía las compras, pagaba la luz y hasta ayudaba a algunos vecinos con sus mandados para ganar unas monedas.

Un día llegó mi tía Rosa desde la ciudad. Entró a la casa como un huracán:

—¡Esto no puede seguir así! Santiago necesita una vida normal, Carmen. No puedes seguir aferrándote a él.

Mi mamá le contestó con voz firme:

—Santiago es mi hijo y es mi vida. Nadie me lo va a quitar.

Discutieron durante horas mientras yo escuchaba desde mi cuarto, temblando de miedo ante la posibilidad de que me separaran de ella.

Al final, mi tía se fue furiosa y prometió volver con abogados si era necesario.

Esa noche mi mamá me tomó la mano y me dijo:

—Quizá algún día tengas que irte con tu tía o vivir solo. Pero quiero que sepas que siempre te amé más allá del juicio de los demás.

Lloré en silencio porque sabía que ese día se acercaba.

Hace dos meses mi mamá fue hospitalizada por una neumonía. Los doctores dijeron que era cuestión de tiempo. Me dejaron quedarme con ella en el hospital porque no había nadie más.

La última noche me pidió que le cantara la canción que siempre le gustaba: «Cielito lindo». Su voz apenas era un susurro:

—No tengas miedo, Santi… tú eres mi milagro.

Murió al amanecer, mientras yo le sostenía la mano.

Ahora vivo con mi tía Rosa en la ciudad. Extraño cada rincón de nuestra casa vieja, cada historia al atardecer, cada abrazo cálido aunque tembloroso.

A veces me pregunto si algún día podré perdonar al pueblo por su crueldad o si podré perdonarme por haber deseado otra vida.

¿De verdad tenemos derecho a juzgar cómo y cuándo una mujer decide ser madre? ¿O acaso el amor no debería ser suficiente para romper cualquier prejuicio?

¿Ustedes qué piensan? ¿El amor basta para desafiar lo imposible?