Mi madre se niega a cuidar a mis hijos: La lucha de una madre soltera en Ciudad de México
—¡No, Mariana! Ya te lo dije mil veces, yo no puedo cuidar a tus hijos. —La voz de mi madre retumbó en la cocina, seca y definitiva, mientras yo apretaba los dientes para no llorar delante de ella. Mi hija menor, Camila, tiraba de mi blusa con sus manitas pegajosas, pidiendo atención. Mis otros dos hijos, Diego y Sofía, jugaban en el patio, ajenos a la tensión que llenaba el aire.
Era martes por la mañana en Iztapalapa y el sol ya caía fuerte sobre el concreto. Yo tenía que salir corriendo al trabajo, pero no tenía con quién dejar a los niños. Desde que Javier murió hace un año en ese accidente absurdo en la obra, todo se volvió cuesta arriba. Mi mamá, que antes venía a vernos cada semana, ahora apenas me contestaba el teléfono. Decía que estaba cansada, que ya había criado a sus propios hijos y que ahora le tocaba descansar.
—¿Y qué hago entonces, mamá? ¿Dejo a los niños solos? —le pregunté con la voz quebrada.
Ella me miró con dureza, como si yo fuera una carga más pesada que el costal de maíz que llevaba en la espalda cuando era joven.
—No sé, Mariana. Pero yo ya no puedo. —Y se fue a su cuarto, cerrando la puerta tras de sí.
Me quedé ahí parada, sintiendo cómo la desesperación me subía por la garganta. No podía perder el trabajo en la fonda; era lo único que nos mantenía a flote. Pero tampoco podía dejar a mis hijos solos. ¿Qué clase de madre sería si los abandonaba?
Esa mañana, como tantas otras, llevé a los niños conmigo. Los senté en una mesa al fondo de la fonda y les di hojas para dibujar. Camila se quedó dormida sobre mi falda mientras yo lavaba platos y servía comida. Los clientes murmuraban cosas: “Pobrecita”, “¿Por qué no los deja con alguien?”, “Así no va a durar mucho aquí”.
A veces sentía que todos me juzgaban. Otras veces pensaba que tenían razón.
Por las noches, cuando por fin lograba acostar a los niños y quedarme sola en la oscuridad del cuarto que rentamos, me invadía una tristeza tan grande que apenas podía respirar. Recordaba cuando Javier llegaba cansado pero sonriente, cuando mi mamá venía con bolsas de fruta y pan dulce para los niños. Todo eso parecía de otra vida.
Un día, después de una jornada especialmente dura —me habían descontado parte del sueldo porque Camila rompió un vaso—, me senté en la banqueta frente a la casa y lloré sin poder detenerme. Sentí una mano en mi hombro: era doña Lupita, la vecina.
—No llores, hija. Yo sé lo que es estar sola —me dijo con voz suave—. Si quieres, puedo cuidar a los niños unas horas mientras trabajas.
La miré sorprendida y agradecida. No era familia, pero era más madre conmigo que mi propia madre últimamente.
Así empezó una nueva rutina: dejaba a los niños con doña Lupita por las mañanas y ella los llevaba al parque o les daba de comer arroz con leche. A cambio, yo le ayudaba los fines de semana con la limpieza o le compraba medicinas cuando podía.
Pero el alivio duró poco. Un día, Diego llegó llorando porque un niño del parque le había dicho que su papá estaba muerto porque él se portaba mal. Sofía empezó a tener pesadillas y Camila se enfermó del estómago por comer algo en mal estado.
Sentí que todo se desmoronaba otra vez. Fui a buscar a mi mamá. Toqué su puerta con fuerza hasta que salió.
—¿Qué quieres ahora? —me preguntó sin mirarme a los ojos.
—Necesito ayuda, mamá. No puedo sola. Los niños te extrañan… yo también te extraño —le dije entre lágrimas.
Ella suspiró largo y hondo. Por un momento pensé que iba a abrazarme como cuando era niña y tenía miedo de las tormentas. Pero solo me miró con cansancio.
—Mariana, yo ya no tengo fuerzas para criar más niños. Tú tienes que aprender a salir adelante sola —dijo finalmente.
Me fui caminando despacio, sintiendo una mezcla de rabia y resignación. ¿Por qué las madres latinoamericanas creen que deben cargar solas con todo? ¿Por qué nos enseñan que pedir ayuda es debilidad?
Esa noche hablé con mis hijos. Les expliqué que su abuela no podía ayudarnos por ahora, pero que juntos íbamos a salir adelante. Les prometí que haría todo lo posible para darles una vida mejor.
Empecé a buscar otros trabajos: limpié casas por las tardes, vendí gelatinas en la esquina y hasta cuidé niños ajenos mientras doña Lupita cuidaba a los míos. Había días en que no tenía ni para el pasaje del metro y otros en los que lograba juntar unas monedas para comprarles un helado.
Un domingo cualquiera, mientras lavaba ropa en el patio comunal, escuché risas: mis hijos jugaban con otros niños del edificio. Por primera vez en mucho tiempo sentí un poco de paz.
Pero la vida seguía lanzando pruebas: Sofía se enfermó de fiebre alta y tuve que llevarla al hospital público. Pasamos horas esperando atención; vi madres solas como yo, con la misma mirada cansada y los mismos sueños rotos.
En una sala llena de llantos y olor a desinfectante, conocí a Ana Laura, otra madre soltera que vendía tamales para sobrevivir. Nos hicimos amigas y empezamos a apoyarnos: ella cuidaba a mis hijos cuando yo tenía doble turno y yo le ayudaba con las ventas los sábados.
Poco a poco fui armando una red de mujeres fuertes como yo: vecinas, amigas del mercado, madres de la escuela. Juntas compartíamos consejos, comida y hasta lágrimas cuando alguna no podía más.
Un día recibí una llamada inesperada: era mi mamá. Me dijo que quería ver a los niños. Dudé antes de contestar; parte de mí seguía herida por su rechazo. Pero acepté.
Cuando llegó, traía una bolsa con pan dulce y juguetes viejos de mi infancia. Se sentó en silencio mientras los niños jugaban alrededor suyo.
—Perdóname, Mariana —me dijo bajito—. No supe cómo ayudarte… Me dio miedo volver a sentirme responsable de alguien más.
Lloramos juntas por primera vez en años. No resolvimos todo esa tarde, pero fue un comienzo.
Hoy sigo luchando cada día: trabajo donde puedo, cuido a mis hijos como puedo y acepto ayuda cuando llega. Aprendí que ser madre soltera no es sinónimo de debilidad; es ser valiente todos los días aunque nadie lo vea.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres como yo están luchando solas porque creen que no tienen derecho a pedir ayuda? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar nuestras propias limitaciones?
¿Ustedes también han sentido esa soledad? ¿Qué harían si su propia familia les diera la espalda?