Regreso a San Miguel: La traición de Mariana
—¿Por qué volviste, Valeria? —La voz de mi madre retumbó en la cocina, mientras el café hervía y el olor a pan recién hecho intentaba suavizar la tensión.
No supe qué responderle. Habían pasado seis años desde que salí huyendo de San Miguel, ese pueblo polvoriento en el norte de México donde todos se conocen y los secretos pesan más que el calor del mediodía. Volví porque no podía seguir huyendo de mí misma, ni de la traición que me arrancó la inocencia y la confianza.
Recuerdo el día en que todo cambió. Era la fiesta patronal, las luces colgaban entre los árboles y la música de banda llenaba la plaza. Yo bailaba con Alejandro, mi novio desde la prepa, y Mariana, mi mejor amiga desde los cinco años, reía a mi lado. Éramos inseparables, hermanas elegidas por la vida. Pero esa noche, entre risas y promesas, vi algo que nunca debí ver: Mariana y Alejandro besándose detrás del kiosco, creyendo que nadie los miraba.
El mundo se me vino abajo. No grité, no lloré. Solo caminé hasta mi casa, sintiendo que cada paso era una puñalada. Al día siguiente, empaqué mis cosas y me fui a Monterrey con una tía lejana. No volví a mirar atrás… hasta ahora.
Mi padre murió hace dos semanas. El cáncer lo consumió en silencio, como los secretos que nunca se dicen en voz alta. Mi madre me llamó llorando: “Valeria, tu papá te necesita”. No pude negarme. Así que aquí estoy, sentada en la cocina de mi infancia, con las paredes llenas de fotos antiguas y el eco de lo que fui.
La noticia de mi regreso corrió como pólvora. En menos de un día, ya todos sabían que Valeria había vuelto. Salí a la tienda por tortillas y sentí las miradas clavadas en mi espalda. Las vecinas cuchicheaban detrás de las cortinas: “¿Será cierto lo que dicen? ¿Que Mariana y Alejandro se casaron?”
No tardó mucho en llegar el mensaje. Mariana me buscó en Facebook: “Necesito verte. Por favor”. Dudé horas antes de responderle. Al final, acepté encontrarme con ella en el parque donde jugábamos de niñas.
La vi sentada en la banca azul, con el cabello recogido y los ojos hinchados. Cuando me acerqué, se levantó de golpe.
—Valeria… —su voz temblaba—. No sabes cuánto lo siento.
Me quedé callada. El silencio era más cruel que cualquier palabra.
—No fue planeado —continuó—. Alejandro y yo… pasó una vez, después de una pelea tuya con él. Yo estaba mal, él también… No tengo excusas.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté al fin, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con la tristeza—. ¿Por qué dejarme ir así?
Mariana bajó la cabeza.
—Me dio miedo perderte para siempre. Y al final te perdí igual.
Las palabras se quedaron flotando entre nosotras. Vi sus manos temblar y supe que no era la única rota por lo que pasó.
—¿Y Alejandro? —pregunté sin querer saber la respuesta.
—Nos casamos hace tres años —dijo ella—. Tenemos una hija… pero nunca he sido feliz del todo. Siempre sentí que te debía algo más que una disculpa.
La herida seguía abierta, pero algo dentro de mí empezó a cambiar. Tal vez era el cansancio de cargar tanto odio o el dolor de ver a mi amiga destruida por sus propias decisiones.
Esa noche, al volver a casa, encontré a mi madre llorando en silencio frente al altar familiar.
—¿Por qué lloras? —le pregunté suavemente.
—Porque tu papá se fue sin verte reconciliada con Mariana —susurró—. Él siempre decía que la amistad verdadera es más fuerte que cualquier error.
Me encerré en mi cuarto y lloré como no lo hacía desde niña. Recordé los juegos en el río, las tardes de tarea compartida, los secretos susurrados bajo las sábanas. ¿Era posible perdonar? ¿O era solo una ilusión para no sentirme tan sola?
Los días pasaron lentos. Ayudé a mi madre con los trámites del funeral, recibí pésames sinceros y otros llenos de morbo. Mariana me escribió varias veces; ignoré sus mensajes hasta que un día apareció en mi puerta con su hija de la mano.
—Solo quiero que conozcas a Camila —dijo con voz baja—. Ella pregunta por su tía Valeria cada vez que ve tus fotos.
La niña me miró con ojos grandes y curiosos.
—¿Eres la amiga de mi mamá? —preguntó inocente.
Sentí un nudo en la garganta. Me agaché para estar a su altura.
—Sí, Camila… fui su mejor amiga mucho tiempo.
Camila sonrió y me abrazó sin miedo ni rencor. En ese instante entendí que el odio solo engendra más dolor y que tal vez era hora de soltarlo.
Esa tarde hablamos largo rato. Mariana lloró, yo también. Nos dijimos todo lo que nunca nos atrevimos a decir: los celos, las inseguridades, el miedo a estar solas en un pueblo donde ser mujer significa cargar con culpas ajenas.
—No te pido que me perdones hoy —dijo Mariana antes de irse—. Solo quiero que sepas que siempre te voy a querer como a una hermana.
El funeral de mi padre fue sencillo pero lleno de amor. Mariana estuvo ahí, al fondo de la iglesia, con Camila dormida en sus brazos. Al salir, se acercó y me tomó la mano por primera vez en años.
—Gracias por venir —le susurré—. Mi papá estaría feliz de verte aquí.
Esa noche soñé con él. Me sonreía desde el porche y me decía: “La vida es muy corta para vivirla llena de rencores”.
Hoy sigo en San Miguel, ayudando a mi madre a reconstruir nuestra casa vieja y aprendiendo a vivir con las cicatrices del pasado. Mariana y yo hablamos poco a poco; no somos las mismas niñas de antes, pero estamos intentando construir algo nuevo sobre las ruinas del dolor.
A veces me pregunto si realmente se puede perdonar una traición tan grande o si solo aprendemos a vivir con ella como quien aprende a caminar cojeando después de una herida profunda.
¿Ustedes qué harían? ¿Perdonarían a quien les rompió el corazón o preferirían seguir adelante solos? La vida no es tan simple como parece…