Rosas rotas: El drama de Ana y Simón

—¡Ana! ¿Qué pasó? —La voz de mi mamá retumbó en la cocina, cortando el silencio como un cuchillo. Sus pasos resonaron en el piso de cerámica, y yo apenas podía respirar. Tenía la cara hundida entre las manos, los hombros sacudidos por un llanto que no podía controlar. Afuera, la lluvia golpeaba la ventana como si quisiera entrar y arrastrar todo lo que quedaba de mí.

No respondí. ¿Cómo decirle a mi madre que Simón, el hombre por el que había apostado mi vida entera, me había traicionado? ¿Cómo explicarle que la confianza que creí inquebrantable se había hecho trizas en una sola noche?

—Ana, hija… —se acercó y me abrazó fuerte, como cuando era niña y tenía miedo de las tormentas—. ¿Te hizo algo ese muchacho?

Sentí el calor de su abrazo, pero también la rabia. No era solo Simón. Era todo: la presión de mi familia, las expectativas, el miedo a repetir la historia de abandono de mi papá. Mi mamá siempre me decía que los hombres se van, que no hay que confiar demasiado. Pero yo quise creer que con Simón sería diferente.

—Mamá… —mi voz salió ahogada—. Simón… él…

No pude terminar. Las palabras se atoraron en mi garganta. Mi mamá suspiró y me acarició el cabello, pero su mirada se endureció.

—Te dije que no confiaras tanto. Los hombres siempre tienen secretos.

Me dolió escucharla. No quería ser como ella: desconfiada, amargada por los años y las heridas que nunca cerraron. Pero ahora sentía que su profecía se cumplía.

La noche anterior había encontrado los mensajes en el celular de Simón. Mensajes con Lucía, mi mejor amiga desde la secundaria. Palabras dulces, promesas, confesiones que nunca me hizo a mí. El mundo se me vino abajo.

Recordé cómo empezó todo con Simón: en una fiesta de la universidad en Medellín, entre risas y música vallenata. Él era diferente, o eso creí. Trabajador social, soñador, con ganas de cambiar el mundo. Yo estudiaba psicología y soñaba con ayudar a otros a sanar lo que yo misma no podía.

Nos enamoramos rápido, como si el tiempo nos persiguiera. Al principio todo era perfecto: paseos por el parque Arví, café en Laureles, promesas bajo la lluvia. Pero pronto llegaron los problemas: su trabajo mal pagado, mi mamá criticando cada decisión, la presión de sus padres para que él fuera «más hombre» y ganara más dinero.

—¿Por qué no buscas algo mejor? —le decía su papá cada vez que íbamos a visitarlos a Envigado—. No puedes vivir de sueños.

Simón callaba, pero yo veía cómo esas palabras lo herían. Empezó a llegar tarde a casa, a encerrarse en sí mismo. Yo trataba de apoyarlo, pero también me sentía sola. Lucía era mi confidente… o eso pensé.

El día que encontré los mensajes fue como si me arrancaran el corazón. No solo perdía a Simón; perdía a mi amiga, a mi refugio.

—¿Por qué? —le pregunté esa noche cuando llegó a casa empapado por la lluvia—. ¿Por qué con ella?

Simón me miró con los ojos llenos de culpa.

—Ana… no sé qué decirte. Me sentía solo… tú estabas distante…

—¡¿Distante?! —grité—. ¡Estaba tratando de sostenernos! ¡De salvar lo poco que quedaba!

Él bajó la cabeza y no dijo nada más. Salió al balcón y se quedó mirando la ciudad iluminada por los relámpagos.

Ahora, con mi mamá abrazándome en la cocina, sentí que todo se repetía: la traición, el abandono, la soledad heredada de generación en generación.

—Tienes que ser fuerte —me dijo mi mamá—. No eres la primera ni la última mujer a la que le rompen el corazón.

Me solté de su abrazo y la miré con rabia.

—¿Eso es todo? ¿Aguantar y seguir como si nada?

Ella suspiró y miró por la ventana.

—A veces sí. Pero también puedes elegir no repetir lo mismo. Puedes sanar.

No dormí esa noche. Pensé en todo: en mi papá desaparecido hace años en Venezuela buscando trabajo; en mi mamá criando sola a tres hijos en un barrio donde las oportunidades eran pocas y los peligros muchos; en mí misma, tratando de romper un ciclo sin saber cómo.

Por la mañana, Simón volvió para recoger sus cosas. Lo vi entrar al cuarto y sentí una mezcla de amor y odio.

—Ana… —empezó él—. Lo siento mucho. No quise lastimarte.

—Pero lo hiciste —le respondí fría—. Y no solo a mí.

Él asintió y recogió su mochila vieja. Antes de irse, me miró con lágrimas en los ojos.

—Ojalá puedas perdonarme algún día.

No respondí. Cerré la puerta tras él y sentí un vacío enorme.

Pasaron los días y las noches igual: llorando, recordando, preguntándome en qué fallé. Lucía intentó llamarme mil veces, pero no contesté. No podía enfrentarla todavía.

Un domingo cualquiera, mi mamá llegó con arepas y chocolate caliente.

—Vamos al parque —me dijo—. Necesitas aire.

Caminamos entre los árboles mientras los niños jugaban fútbol y las parejas reían en las bancas. Vi a una mujer abrazando a su hija pequeña y sentí una punzada en el pecho.

—Mamá… ¿por qué siempre terminamos solas?

Ella me miró con ternura y tristeza.

—No estamos solas si nos tenemos la una a la otra.

Esa tarde decidí buscar ayuda profesional. Empecé terapia para entender mis heridas y aprender a poner límites. Poco a poco fui recuperando mi fuerza.

Un día recibí una carta de Lucía:

«Ana: Sé que te fallé y no espero tu perdón ahora ni nunca. Solo quiero que sepas que lo nuestro fue un error nacido de la soledad y el miedo. Te extraño todos los días como amiga y hermana del alma».

Lloré mucho al leerla, pero también sentí alivio. No era solo yo; todos cargamos heridas invisibles.

Hoy escribo esto desde un pequeño apartamento nuevo en Laureles. Trabajo como psicóloga en una fundación para mujeres víctimas de violencia y abandono. A veces veo a Simón por la calle; nos saludamos con una sonrisa triste pero sincera.

Mi mamá sigue viniendo cada domingo con arepas y consejos duros pero llenos de amor. Aprendí que sanar es un proceso lento, pero posible.

¿Será que algún día podré confiar otra vez? ¿O estamos condenadas a repetir las historias de nuestras madres? ¿Ustedes qué piensan?