Setenta años y transparente: El grito silencioso de una madre
—¿Otra vez has dejado la taza en la mesa, mamá? —La voz de Lucía me atraviesa como un cuchillo, seca, impaciente, mientras recoge la taza de café que acabo de usar. Me quedo quieta, con las manos temblorosas, mirando el suelo de la cocina. No sé en qué momento empecé a molestarle tanto. Antes, cuando era niña, me buscaba para todo: para curarle las rodillas raspadas, para contarle historias antes de dormir, para abrazarla cuando tenía miedo de las tormentas. Ahora, parece que mi mera presencia le incomoda.
Hoy es martes, y como cada martes desde que me jubilé, intento preparar la comida antes de que Lucía vuelva del trabajo. Me esfuerzo en hacer su plato favorito, cocido madrileño, aunque sé que últimamente apenas lo prueba. Cuando llega, ni siquiera me saluda. Se encierra en su habitación, con el móvil pegado a la oreja, hablando con su novio, con sus amigas, con cualquiera menos conmigo. Yo me siento en el sofá, frente a la televisión apagada, escuchando el eco de mi propia respiración.
A veces, me pregunto si he hecho algo mal. ¿En qué momento pasé de ser su refugio a convertirme en una carga? Recuerdo cuando murió su padre, hace ya quince años. Lucía y yo nos abrazamos durante horas, llorando juntas. Pensé que ese dolor nos uniría para siempre, pero con el tiempo, la distancia creció entre nosotras. Ella se fue a estudiar a Salamanca, luego a Madrid, y yo me quedé sola en el piso de siempre, en Vallecas, rodeada de recuerdos y de fotos enmarcadas que ya nadie mira.
Hace un año, Lucía me pidió que me viniera a vivir con ella. «Así no estarás sola, mamá», me dijo. Pero ahora sospecho que lo hizo más por obligación que por cariño. Su piso es pequeño, y cada vez que tropiezo con algo, cada vez que olvido apagar la luz del baño, me lo recuerda con una mezcla de fastidio y resignación. «Mamá, tienes que acordarte de estas cosas. No puedo estar pendiente de ti todo el día», repite, como si yo fuera una niña torpe.
El otro día, mientras fregaba los platos, escuché a Lucía hablando por teléfono en el salón. No sabía que yo podía oírla. «No sé qué hacer con ella, de verdad. Es como tener una sombra en casa. No habla, no sale, solo está ahí, mirándome. Me siento culpable, pero no puedo más.» Sentí un nudo en la garganta. Me encerré en el baño y lloré en silencio, para que no me oyera. ¿De verdad soy tan insoportable?
Intento salir a la calle, pasear por el barrio, ir al mercado como hacía antes. Pero todo ha cambiado. Las tiendas de siempre han cerrado, los vecinos de toda la vida se han ido. En la panadería, la chica joven apenas me mira cuando le pido una barra de pan. En el parque, las madres con sus hijos me esquivan, como si la vejez fuera contagiosa. Me siento invisible, transparente, como si ya no existiera para nadie.
Una tarde, decidí ir a la parroquia del barrio. Allí, al menos, la gente me saluda. Me siento en los bancos de madera, escucho las voces de otras mujeres mayores, compartiendo sus penas y sus recuerdos. «Mi hijo nunca me llama», dice Pilar, con los ojos húmedos. «Mi nieta ni siquiera sabe mi nombre», suspira Rosario. Me doy cuenta de que no estoy sola en mi soledad. Somos muchas, demasiadas, las que nos hemos vuelto invisibles para nuestras propias familias.
A veces, intento hablar con Lucía. Le pregunto por su trabajo, por sus amigos, por sus sueños. Ella responde con monosílabos, sin mirarme a los ojos. Una noche, me armé de valor y le dije: «Lucía, ¿te molesta que viva contigo? Si quieres, puedo buscar una residencia.» Ella se quedó callada unos segundos, luego suspiró y dijo: «No digas tonterías, mamá. Solo… solo necesito mi espacio, ¿vale?»
Pero yo sé que no es solo eso. Sé que, en el fondo, le pesa tenerme aquí. Lo noto en sus gestos, en sus silencios, en la forma en que evita sentarse conmigo en el sofá. A veces, me sorprendo deseando desaparecer, hacerme tan pequeña que no ocupe lugar, que no moleste. Pero luego recuerdo a la Carmen que fui: fuerte, alegre, capaz de sacar adelante a una familia en tiempos difíciles. ¿Dónde quedó esa mujer?
Una noche, mientras cenábamos en silencio, Lucía de repente dejó el tenedor y me miró fijamente. «Mamá, ¿por qué no sales más? ¿Por qué no te apuntas a algún curso, o vas al centro de mayores? No puedes pasarte el día en casa.» Sentí una mezcla de rabia y tristeza. «¿Y para qué? Nadie me espera en ningún sitio. Aquí tampoco.»
Lucía se levantó bruscamente y se encerró en su habitación. Escuché cómo lloraba, y por un momento quise ir a abrazarla, como cuando era pequeña. Pero no me atreví. Me quedé sentada, mirando mi plato frío, preguntándome en qué momento dejamos de entendernos.
Los días pasan lentos, iguales, como si el tiempo se hubiera detenido. A veces, me asomo a la ventana y veo a los niños jugando en la plaza, a las parejas paseando de la mano, a los jóvenes riendo en las terrazas. Me pregunto si alguna vez volveré a sentirme parte de algo, si alguien volverá a mirarme con cariño, a escucharme sin prisa.
Un domingo, Lucía me propuso ir a comer a casa de su tía Mercedes. Al principio, no quería ir. No me apetecía enfrentarme a las miradas de lástima, a los comentarios sobre lo mayor que estoy, sobre lo bien que me vendría una residencia. Pero fui, por Lucía. Durante la comida, todos hablaban a la vez, riendo, discutiendo, recordando anécdotas de cuando éramos jóvenes. Por un momento, sentí que volvía a pertenecer a una familia. Pero luego, Mercedes me miró y dijo: «Carmen, deberías pensar en ti. Lucía tiene su vida, no puedes depender de ella para todo.» Sentí que me ahogaba. ¿Acaso no he pensado siempre en los demás? ¿No he sacrificado todo por mi hija?
Esa noche, al volver a casa, Lucía me abrazó por primera vez en meses. «Perdóname, mamá. Sé que no te lo pongo fácil. Es que… a veces siento que no sé cómo ayudarte.» Lloramos juntas, como hacía años que no hacíamos. Le conté mis miedos, mi soledad, mi sensación de ser invisible. Ella me escuchó, por fin, sin interrumpirme, sin juzgarme.
Desde entonces, las cosas no han cambiado mucho, pero al menos hablamos más. Lucía intenta pasar más tiempo conmigo, me anima a salir, a buscar nuevas amistades. Yo hago un esfuerzo por no encerrarme en mi tristeza, por recordar que aún tengo cosas que ofrecer, que mi vida no ha terminado.
A veces, me sigo sintiendo invisible, pero ahora sé que no estoy sola. Hay muchas como yo, madres, abuelas, mujeres que dieron todo por sus familias y que ahora luchan por no desaparecer. ¿Cuándo aprenderemos a mirar a los que tenemos cerca, a escuchar sus silencios, a valorar su presencia? ¿Cuántas madres más tendrán que gritar en silencio para ser vistas?
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que te vuelves invisible para los que más quieres? ¿Qué harías tú en mi lugar?