Si su mamá es tan rica, que pague la pensión: La historia de una madre soltera en Ciudad de México
—¿Ya viste el vestido que trae Camila? —me susurró mi amiga Paola mientras esperábamos en la fila del supermercado, con mi hijo Emiliano aferrado a mi mano.
Levanté la vista y ahí estaba Camila, la exsuegra de mi vida, con su bolso de diseñador y un carrito lleno de productos importados. Ni siquiera miraba las etiquetas de precio. Compraba como quien respira: sin esfuerzo, sin pensar en el mañana. Yo, en cambio, contaba los billetes arrugados en mi monedero, calculando si me alcanzaría para el pollo y la leche.
—Debe ser fácil vivir así —murmuré, sintiendo una punzada de rabia mezclada con vergüenza.
Paola me miró con esa mezcla de compasión y enojo que sólo una amiga verdadera puede mostrar.
—Mariana, si su mamá es tan rica, que pague la pensión. No es justo que tú sola cargues con todo. ¿Por qué no le exiges a Daniel lo que le corresponde a Emiliano?
Me quedé callada. La palabra «pensión» siempre me había parecido una bomba a punto de estallar. Daniel, el padre de mi hijo, nunca había querido formalizar nada. Su mamá siempre lo rescataba: le pagaba el departamento en la Condesa, el coche último modelo, hasta las vacaciones en Cancún. Pero para Emiliano, ni un par de zapatos.
Esa noche, mientras Emiliano dormía abrazado a su peluche remendado, me senté en la mesa de la cocina y lloré en silencio. Recordé cuando Daniel y yo éramos novios en la universidad. Él era divertido, carismático, el alma de todas las fiestas. Yo venía de Iztapalapa; él, de Polanco. Al principio creí que el amor podía con todo, pero cuando quedé embarazada, su familia me miró como si fuera una ladrona que venía a robarles algo.
—No puedes tener ese hijo —me dijo Camila la primera vez que se enteró—. Daniel tiene un futuro brillante. No puedes arruinarle la vida.
Pero yo decidí seguir adelante. Daniel se fue alejando poco a poco, hasta que un día simplemente dejó de contestar mis mensajes. Supe por Facebook que tenía una nueva novia y que viajaba por Europa.
Durante años me negué a pedirle ayuda. No quería deberles nada. Pero ahora Emiliano crecía y preguntaba por qué no tenía los mismos juguetes que sus primos o por qué no íbamos al cine los domingos.
Al día siguiente, fui al juzgado familiar. El edificio era gris y frío; las filas interminables. Vi a otras mujeres como yo: cansadas, con niños pequeños aferrados a sus faldas. Una señora me contó que llevaba tres años esperando que el padre de sus hijos pagara algo.
—No te rindas —me dijo—. Es por ellos.
Presenté mi demanda. Daniel me llamó furioso esa misma noche.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué haces esto? Mi mamá está furiosa —gritó al teléfono—. ¿No te da vergüenza andar pidiendo dinero?
Sentí cómo se me rompía algo por dentro.
—No es para mí —le respondí con voz temblorosa—. Es para Emiliano. Es tu hijo también.
Colgó sin decir adiós.
Las semanas siguientes fueron un infierno. Camila mandó a su abogado a intimidarme; recibí mensajes anónimos diciéndome vividora y oportunista. Mi propia madre me preguntó si no era mejor dejar las cosas así para evitar problemas.
Pero cada vez que veía a Emiliano dormir, recordaba por qué lo hacía.
Un día, Paola vino a visitarme con una bolsa llena de ropa usada para Emiliano.
—No estás sola —me dijo—. Muchas hemos pasado por esto. No te avergüences.
Me sentí menos sola por primera vez en meses.
Finalmente llegó el día de la audiencia. Daniel llegó vestido con ropa cara; Camila lo acompañaba, altiva como siempre. El juez escuchó mi historia y miró los papeles: recibos médicos, boletas escolares, fotos del cumpleaños sencillo que le hice a Emiliano con pastel comprado en la panadería del barrio.
—El niño tiene derecho a una vida digna —dijo el juez—. Y ambos padres deben hacerse responsables.
Salí del juzgado temblando pero aliviada. No era mucho dinero lo que ordenaron pagar, pero era un reconocimiento: Emiliano tenía derecho a ser visto y cuidado por ambos padres.
Esa noche preparé arroz con huevo para cenar y le conté a Emiliano que pronto podría ir al cine conmigo.
—¿Y papá también va a venir? —preguntó él con sus ojos grandes e inocentes.
No supe qué responderle. Sólo lo abracé fuerte.
A veces me pregunto si algún día Daniel entenderá lo que significa ser padre más allá del dinero o los lujos heredados. ¿Cuántas mujeres más tendrán que pelear solas para que sus hijos tengan lo mínimo? ¿Por qué la justicia parece tan lejana para quienes no nacimos entre algodones?
¿Ustedes qué harían en mi lugar? ¿Vale la pena pelear aunque todo el mundo te diga que te rindas?