Si tienes un poco de conciencia, al menos lava los platos: Historia de una madre de Medellín

—Si tienes un poco de conciencia, al menos lava los platos —le dije a Laura, la nueva mujer de Julián, mientras recogía los juguetes de Samuel del piso de la sala. Ella me miró con esa sonrisa falsa que me erizaba la piel, como si yo fuera invisible en mi propia casa.

No sé en qué momento mi vida se volvió esto: una batalla diaria por mantener la dignidad, por no romperme frente a mi hijo, por no dejar que el resentimiento me devore. Me llamo Amira y hace dos años, Julián, mi esposo, decidió que ya no quería esta vida conmigo. Se fue una mañana cualquiera, llevándose solo una maleta y dejando atrás promesas rotas y un hijo de tres años que preguntaba por qué papá ya no venía a casa.

Al principio pensé que era una pesadilla pasajera. Que Julián volvería, que se daría cuenta del error. Pero no volvió. En cambio, llegó Laura. Joven, bonita, con uñas perfectas y ese aire de superioridad que solo tienen quienes nunca han tenido que pelear por nada. Julián la presentó como “una amiga”, pero Samuel no tardó en llamarla “la señora que grita”.

—Mamá, ¿por qué la señora no me deja ver mis dibujos? —me preguntó Samuel una tarde, con los ojos llenos de lágrimas.
—Porque a veces las personas grandes no entienden lo importante que es para los niños tener su espacio —le respondí, tragándome el llanto.

La casa que construimos juntos ahora era territorio hostil. Cada vez que iba a dejar o recoger a Samuel, sentía que invadía un lugar ajeno. Laura me miraba como si yo fuera una molestia, y Julián apenas me dirigía la palabra. Todo lo que alguna vez fue nuestro se había convertido en una colección de recuerdos dolorosos: la mesa donde celebramos el primer cumpleaños de Samuel, el sofá donde veíamos películas los domingos, la cocina donde cocinábamos juntos arepas.

Pero lo peor no era la soledad. Era la culpa. La culpa de no haber visto venir el final, de no haber sido suficiente para Julián, de no poder darle a Samuel la familia que merecía. Y también la culpa de odiar a Laura, aunque sabía que ella no era la única responsable.

Mi mamá me decía: “Amira, tú eres fuerte. Las mujeres en esta familia siempre hemos salido adelante”. Pero había noches en las que me sentía tan pequeña como Samuel, deseando que alguien viniera a rescatarme de este dolor.

Un día, después de una discusión especialmente amarga con Laura —ella diciendo que yo malcriaba a Samuel, yo diciéndole que no tenía derecho a hablar así— Julián me llamó aparte.

—Amira, tienes que entender que las cosas cambiaron. Laura es parte de mi vida ahora y tienes que respetarla.
—¿Respetarla? ¿Así como ella me respeta a mí? ¿Como respeta a tu hijo?

Julián bajó la mirada. Por un momento vi al hombre del que me enamoré: inseguro, perdido. Pero luego volvió a ser el extraño que se fue sin mirar atrás.

La situación empeoró cuando Samuel empezó a tener pesadillas. Se despertaba gritando mi nombre cada vez que le tocaba quedarse en casa de su papá. Fui al colegio a hablar con su profesora y ella me dijo:

—Amira, Samuel está retraído. No juega con los otros niños como antes.

Sentí una rabia sorda contra Julián y Laura, pero también contra mí misma. ¿Qué estaba haciendo mal? ¿Cómo podía proteger a mi hijo sin perderme yo en el intento?

Intenté hablar con Julián sobre cambiar el acuerdo de visitas, pero él se negó rotundamente.

—No puedes alejarme de mi hijo —me gritó—. No tienes derecho.

¿Y yo? ¿Tenía derecho a algo? ¿A mi paz? ¿A mi dignidad?

Las semanas pasaron entre peleas silenciosas y lágrimas escondidas en el baño. Empecé a trabajar más horas en la panadería para distraerme y para poder pagar el arriendo del pequeño apartamento donde vivíamos Samuel y yo. A veces llegaba tan cansada que solo quería dormir, pero Samuel necesitaba cuentos antes de dormir y abrazos largos para espantar sus miedos.

Un domingo cualquiera, mientras lavaba los platos después del almuerzo —la única comida decente que podía ofrecerle ese día— Samuel se acercó y me abrazó por la cintura.

—Mamá, ¿tú también tienes miedo?

Me quedé helada. No supe qué decirle. Porque sí, tenía miedo. Miedo de fallarle, miedo de nunca volver a ser feliz, miedo de convertirme en una sombra.

Esa noche escribí una carta para mí misma:

“Amira,
No eres menos madre porque tu familia se rompió. No eres menos mujer porque te dejaron. Eres suficiente para Samuel y para ti misma. No permitas que nadie te haga sentir lo contrario.”

Guardé la carta en mi cartera y desde entonces la leo cada vez que siento que voy a derrumbarme.

Hoy Samuel tiene cinco años. Ya no pregunta tanto por su papá ni por Laura. Hemos construido nuestra propia rutina: desayunos con chocolate caliente, tardes de parque cuando puedo salir temprano del trabajo, noches de cuentos inventados bajo las sábanas.

A veces todavía tengo que ver a Laura cuando recojo a Samuel. Ella sigue con su sonrisa falsa y sus uñas perfectas. Pero ya no le pido que lave los platos ni le exijo respeto. Aprendí que mi dignidad no depende de ella ni de Julián.

A veces me pregunto: ¿Hasta dónde llega el deber de una madre? ¿Cuándo empieza nuestro derecho al propio descanso? ¿Cuándo dejamos de cargar culpas ajenas y empezamos a vivir para nosotras mismas?

¿Y ustedes? ¿Han sentido alguna vez que su deber como madres o padres les roba el derecho a ser felices? ¿Dónde trazan esa línea?