Si tuviera conciencia, al menos lavaría los platos: La historia de una madre y su hijo en el corazón de México
—Si tuvieras conciencia, al menos lavarías los platos una vez —le dije a Mariana, la esposa de mi hijo Emiliano, mientras apilaba los trastes sucios en el fregadero. Mi voz temblaba, no de rabia, sino de cansancio. El sol caía a plomo sobre la colonia Doctores y el calor se colaba por la ventana abierta, mezclándose con el olor a frijoles recalentados y el sudor de una casa donde todo parecía pesar más de lo normal.
Mariana ni siquiera me miró. Siguió revisando su celular, sentada en la mesa como si yo fuera invisible. Emiliano, mi hijo, entró justo en ese momento. Lo vi fruncir el ceño, ese gesto que heredó de su padre, y supe que la tormenta estaba por empezar.
—¿Otra vez con lo mismo, mamá? —me dijo, cruzándose de brazos—. ¿Por qué tienes que meterte en todo? ¿No ves que Mariana está cansada?
Sentí cómo se me apretaba el pecho. ¿Cansada? ¿De qué? Yo había criado sola a Emiliano desde que tenía tres años. Su padre, Julián, se largó una tarde cualquiera, llevándose solo su maleta y dejando atrás las cuentas sin pagar y un niño que preguntaba por él cada noche.
—Emiliano, sólo pido un poco de ayuda —intenté decirle, pero él ya no me escuchaba.
—Estás intentando arruinar mi familia —me soltó. Sus palabras fueron como un balde de agua fría. Mariana levantó la vista y sonrió apenas, satisfecha.
Me quedé sola en la cocina, con las manos mojadas y el corazón hecho trizas. Recordé aquellos años en que Emiliano era mi mundo entero. Trabajaba limpiando casas ajenas en la Roma Sur para poder pagarle la escuela y que nunca le faltara un plato de comida caliente. A veces llegaba tan cansada que apenas podía sostenerlo en brazos, pero nunca dejé de hacerlo.
Cuando Emiliano cumplió quince años y me pidió permiso para irse a vivir con su papá —que había reaparecido con promesas vacías y una camioneta nueva— sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Pero regresó al poco tiempo, decepcionado por el hombre que nunca supo ser padre.
Ahora, años después, parecía que la historia se repetía. Mariana no trabajaba ni estudiaba; decía que cuidar a la pequeña Camila era suficiente. Pero yo veía cómo pasaba horas viendo novelas o subiendo fotos a Instagram mientras yo cocinaba, limpiaba y cuidaba a mi nieta para que ellos pudieran salir los viernes por la noche.
Esa noche, después del incidente en la cocina, me encerré en mi cuarto. Escuché cómo Emiliano y Mariana discutían en voz baja. Me pregunté si alguna vez entenderían todo lo que hice por ellos. Me pregunté si alguna vez dejaría de sentirme tan sola.
Al día siguiente, Mariana no me dirigió la palabra. Emiliano salió temprano al trabajo sin despedirse. Solo Camila vino a buscarme para que le hiciera sus hotcakes favoritos.
—¿Por qué lloras, abuelita? —me preguntó mientras le untaba cajeta al pan.
—No es nada, mi amor —le respondí, forzando una sonrisa—. Solo me entró una basurita en el ojo.
Pero no era una basurita. Era el peso de los años, de los sacrificios invisibles, de las palabras no dichas y del amor que parece no ser suficiente cuando los hijos crecen y forman sus propias familias.
Esa tarde decidí hablar con Emiliano. Lo esperé sentada en la sala, con las manos entrelazadas y el corazón latiendo fuerte.
—Hijo —le dije apenas entró—, necesito hablar contigo.
Él suspiró y se dejó caer en el sillón frente a mí.
—Mamá, ya sé lo que vas a decir…
—No lo sabes —lo interrumpí—. Solo quiero que me escuches. Yo no quiero arruinar tu familia. Solo quiero sentirme parte de ella. No quiero ser la sirvienta ni la intrusa. Quiero ser tu mamá y la abuela de Camila.
Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas contenidas. Por un momento volvió a ser ese niño asustado que buscaba refugio en mis brazos cuando tenía pesadillas.
—Es difícil para mí también —me dijo al fin—. Mariana dice que te metes demasiado… pero yo sé todo lo que has hecho por mí.
—Entonces dímelo —le pedí—. Dímelo aunque sea una vez.
Se acercó y me abrazó fuerte. Sentí su calor y su olor a colonia barata mezclada con sudor. Lloramos juntos un rato largo.
Pero nada cambió realmente después de esa noche. Mariana siguió ignorándome; Emiliano siguió atrapado entre nosotras dos. Yo seguí lavando los platos y cuidando a Camila porque no sabía hacer otra cosa más que amar a mi familia aunque me doliera.
Un domingo cualquiera, mientras preparaba mole para todos, escuché a Mariana hablando por teléfono en el patio:
—Ya estoy harta de vivir con su mamá —decía—. Si no se va pronto, yo me largo con Camila…
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Sería capaz? ¿Me quitarían también a mi nieta?
Esa noche le conté todo a mi hermana Lupita por teléfono.
—No puedes seguir así, Alejandra —me dijo—. Tienes derecho a tu paz. Haz tu vida…
Pero ¿cómo hacer mi vida si toda mi vida han sido ellos?
Pasaron las semanas y la tensión creció como nube negra sobre la casa. Un día Emiliano llegó temprano del trabajo y me encontró sentada en el comedor con las maletas hechas.
—¿A dónde vas? —preguntó alarmado.
—A casa de Lupita —le respondí—. Necesito descansar…
Vi el miedo en sus ojos; vi también alivio en los de Mariana cuando bajó las escaleras.
Camila corrió hacia mí llorando:
—¡No te vayas, abuelita!
La abracé fuerte y le prometí que volvería pronto.
En casa de Lupita encontré un poco de paz y mucho silencio. Por primera vez en años dormí sin sobresaltos ni llanto contenido bajo la almohada.
Emiliano me llamó varias veces; al principio para pedirme que volviera porque Mariana no podía sola con Camila ni con la casa; después solo para decirme que me extrañaba.
Pasaron meses antes de que pudiera regresar siquiera de visita. Cuando lo hice, Camila me recibió con dibujos pegados en la puerta: «Te amo abuelita» escrito con crayones torcidos.
Mariana apenas me saludó; Emiliano me abrazó largo rato sin decir palabra.
Hoy sigo viviendo con Lupita; veo a Camila los fines de semana y cocino mole solo para nosotras dos. A veces extraño el bullicio de la casa llena; otras veces agradezco el silencio y la libertad recién descubierta.
Me pregunto si alguna vez los hijos entienden realmente todo lo que hacemos por ellos… ¿Vale la pena sacrificarlo todo por amor? ¿O llega un momento en que debemos aprender a amarnos primero a nosotras mismas?