Sola en la Ciudad de México: La petición que rompió mi familia
—¿De verdad, mamá? ¿Quieres venirte a vivir con nosotros?— preguntó Mariana, mi hija mayor, con una voz que intentaba sonar comprensiva, pero que no podía ocultar la incomodidad.
Sentí un nudo en la garganta. Había ensayado este momento durante semanas, imaginando que me abrazarían y me dirían: “Claro, mamá, tu casa es nuestra casa”. Pero la realidad fue otra.
—Sí, hija… —respondí bajito, casi avergonzada—. Desde que tu papá se fue, este departamento se siente enorme y vacío. Me hace falta compañía, aunque sea escuchar voces en el pasillo.
Mariana guardó silencio. Al otro lado del teléfono, escuché a mis nietos peleando por el control remoto y a su esposo, Ernesto, hablando fuerte sobre el tráfico.
—Mamá, es que… aquí ya no cabemos. Apenas tenemos espacio para nosotros. Además, tú sabes cómo es Ernesto con sus cosas…
No supe qué decir. Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Colgué el teléfono y me quedé mirando la foto de mi esposo, Tomás, que aún sonríe desde el portarretratos en la sala. “¿Por qué te fuiste tan pronto?”, le susurré entre lágrimas.
Esa noche no dormí. Pensé en mi hijo menor, Daniel, que vive en Iztapalapa con su esposa y sus dos hijos pequeños. Al día siguiente lo llamé, con la esperanza de que él sí me abriría las puertas de su hogar.
—Mamá… —me interrumpió antes de dejarme terminar—. Aquí apenas y cabemos nosotros. Además, sabes que Lucía y tú nunca se han llevado bien. No quiero problemas en la casa.
Sentí una punzada en el pecho. ¿En qué momento mis hijos dejaron de verme como su madre para verme como una carga?
Los días siguientes fueron un desfile de silencios y mensajes cortos por WhatsApp: “¿Cómo sigues?”, “¿Ya comiste?”, “Te mando un abrazo”. Pero nadie preguntaba si necesitaba algo más que palabras vacías.
La soledad se convirtió en mi sombra. Salía al parque a alimentar a las palomas sólo para escuchar el bullicio de los niños jugando fútbol y las risas de las señoras sentadas en las bancas. A veces me sentaba cerca de un grupo de mujeres mayores que jugaban lotería bajo un árbol. Me daban ganas de acercarme, pero algo dentro de mí me detenía: el miedo al rechazo.
Una tarde, mientras preparaba café, escuché un golpe fuerte en el departamento de al lado. Salí corriendo y encontré a Don Manuel tirado en el piso. Lo ayudé a levantarse y lo llevé a su sala.
—Gracias, Doña Rosa —me dijo con una sonrisa cansada—. A veces siento que si me pasa algo aquí nadie se entera.
Nos reímos juntos, pero sus palabras me calaron hondo. ¿Eso era lo que nos esperaba a todos los viejos en esta ciudad? ¿Ser invisibles hasta para nuestros propios hijos?
Esa noche, Mariana me llamó.
—Mamá, ¿por qué no buscas un club de adultos mayores? Dicen que hay talleres muy bonitos cerca del parque.
—¿Y tú crees que eso va a llenar este vacío? —le respondí sin poder evitar el tono amargo.
—Mamá… no digas eso. Sabes que te queremos mucho.
—¿Entonces por qué me siento tan sola?
Silencio otra vez. Al final sólo dijo: “Te llamo mañana”.
Empecé a ir al club del parque. Había talleres de pintura y clases de baile. Conocí a Doña Lupita, una mujer risueña que perdió a su esposo hace años y vive con su hija… pero dice que se siente igual de sola porque su hija siempre está trabajando o pegada al celular.
Un día, mientras pintábamos juntas, Lupita me dijo:
—¿Sabes qué es lo peor? Que uno cría a los hijos para que sean independientes… pero nunca nos preparamos para cuando ya no nos necesiten.
Sentí ganas de llorar otra vez. ¿Eso era? ¿Había hecho tan bien mi trabajo como madre que ahora mis hijos podían vivir sin mí?
Las semanas pasaron y aprendí a llenar mis días con pequeñas rutinas: el café por la mañana viendo las jacarandas desde mi ventana; las charlas con Don Manuel sobre política; las tardes de lotería con Lupita y otras señoras del club.
Pero cada noche, al apagar la luz, volvía ese silencio espeso que me recordaba lo sola que estaba.
Un domingo cualquiera, Mariana vino a verme con sus hijos. Trajeron pan dulce y jugo de naranja. Los niños corrieron por todo el departamento mientras Mariana limpiaba la cocina y Ernesto revisaba su celular sin levantar la vista.
Cuando se fueron, Mariana me abrazó fuerte:
—Perdóname, mamá —me susurró al oído—. No sé cómo ayudarte más…
La vi irse con lágrimas en los ojos. Me quedé parada en la puerta mucho tiempo después de que el elevador cerró sus puertas.
Esa noche escribí una carta para Tomás:
“Querido Tomás,
Hoy entendí que la soledad no es sólo estar sin compañía; es sentir que ya no tienes un lugar en el mundo de quienes más amas…”
A veces pienso en mudarme a una casa para adultos mayores, pero algo dentro de mí se resiste. Sigo esperando una llamada diferente, una invitación sincera a compartir la vida cotidiana con mis hijos y nietos.
Me pregunto si algún día entenderán lo difícil que es envejecer sola en una ciudad tan grande como esta… ¿Cuántos más estarán pasando por lo mismo? ¿Será que algún día nuestros hijos aprenderán a vernos no como una carga sino como parte esencial de su vida?
¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar? ¿Creen que pedir compañía es demasiado?