“Todo el día no haces nada”: La verdad sobre la maternidad que nadie quiere escuchar

—¿Otra vez acostada, Mariana? —La voz de Julián retumba en el pasillo, mezclada con el llanto suave de Lucía, nuestra hija de tres meses. Me incorporo en la cama, con los ojos hinchados de cansancio y el cuerpo temblando por la falta de sueño. Él entra al cuarto, deja caer su mochila en el suelo y me mira con ese gesto que ya se me ha vuelto familiar: decepción mezclada con fastidio.

—¿Qué querés que haga? —le respondo en voz baja, intentando no despertar a Lucía—. No dormí nada anoche, Julián. No sabés lo que es estar sola todo el día con ella.

Él suspira, se pasa la mano por el pelo y me lanza esa frase que me atraviesa como un cuchillo:

—Pero si el bebé solo duerme y come. Todo el día acá encerrada, ¿y decís que estás cansada?

Me quedo callada. Siento cómo se me llenan los ojos de lágrimas, pero me las trago porque ya aprendí que llorar no sirve de nada. En mi cabeza resuena su reproche mientras repaso el día: cambiar pañales, dar pecho cada dos horas, lavar ropa manchada de leche y vómito, intentar dormir a Lucía mientras afuera los autos pasan y los perros ladran. No tengo tiempo ni para bañarme tranquila. Pero para Julián, eso no cuenta como trabajo.

En las redes sociales veo a otras mamás sonrientes, casas limpias, bebés vestidos como de revista. Yo apenas logro ponerme una camiseta limpia. Mi mamá me llama desde Mendoza y me dice:

—Ay, hija, así es la maternidad. Todas pasamos por eso. No te quejes tanto.

Pero yo siento que me ahogo. Que nadie entiende lo sola que estoy. Mis amigas dejaron de llamarme porque siempre les digo que no puedo salir. Mi suegra viene a veces, pero solo para criticar cómo cuido a Lucía:

—En mis tiempos no andábamos tan cansadas. Vos tenés todo: pañales descartables, lavadora…

A veces pienso que estoy fallando como madre. Que algo está mal en mí porque no disfruto cada segundo como dicen que debería. Me siento culpable por querer un rato para mí, por soñar con dormir ocho horas seguidas o tomar un café caliente sin apuro.

Una tarde, mientras Lucía duerme sobre mi pecho y yo miro el techo descascarado del departamento en Córdoba, escucho a Julián hablando por teléfono en la cocina:

—No sé qué le pasa, che. Todo el día en casa y vive cansada. Yo llego del trabajo y encima tengo que escuchar sus quejas…

Me dan ganas de gritarle que esto también es trabajo. Que criar a una hija sin ayuda es agotador. Que extraño mi vida antes de ser mamá, cuando podía decidir sobre mi tiempo y mi cuerpo.

Esa noche intento hablar con él:

—Julián, necesito que me ayudes más. No puedo sola.

Él me mira sin entender:

—¿Ayudarte en qué? Si yo trabajo todo el día para que no te falte nada.

Siento rabia e impotencia. ¿Por qué nadie ve lo invisible? ¿Por qué cuidar a un bebé no es considerado trabajo? ¿Por qué las mujeres tenemos que agradecer por tener casa y comida, como si eso fuera suficiente?

Los días pasan y la soledad se hace más pesada. A veces pienso en dejarlo todo e irme a casa de mi mamá, pero sé que allá tampoco encontraría comprensión. En este país nadie habla de la salud mental de las madres. Nadie pregunta cómo estamos realmente.

Una tarde Lucía tiene fiebre y corro al hospital público. Hay otras madres como yo: ojerosas, despeinadas, con bebés en brazos y miedo en los ojos. Nos miramos y sé que compartimos el mismo cansancio, la misma culpa. En la sala de espera una señora mayor murmura:

—Antes las mujeres éramos más fuertes…

¿Más fuertes o más calladas? Me pregunto mientras abrazo a Lucía.

Esa noche Julián llega tarde y encuentra la casa hecha un desastre. Yo estoy llorando en el baño con Lucía en brazos. Él se acerca por primera vez en semanas y me pregunta:

—¿Estás bien?

No sé qué responderle. Quiero decirle todo lo que siento: el miedo a equivocarme, la tristeza de sentirme invisible, el deseo de volver a ser yo misma y no solo «la mamá de Lucía».

Pero solo le digo:

—Estoy cansada, Julián. Muy cansada.

Él me abraza torpemente y siento que por fin algo se rompe en ese muro entre nosotros.

No sé si mañana será distinto. No sé si alguna vez dejaré de sentirme sola en esto. Pero hoy quiero decirlo aunque nadie quiera escucharlo: ser madre es hermoso y también es durísimo. No somos máquinas ni heroínas; somos mujeres reales con límites y necesidades.

¿En qué momento dejamos de cuidarnos entre nosotros? ¿Cuándo empezamos a creer que pedir ayuda es debilidad? Ojalá alguien escuche este grito silencioso antes de que sea demasiado tarde.