Traición entre cercas: Mi vida en el pueblo de San Jacinto
—¡No me mientas, Lucía! ¡Vi con mis propios ojos cómo salías de mi patio esa noche!—grité, con la voz quebrada y el corazón palpitando tan fuerte que sentía que iba a salirse del pecho.
Lucía, mi vecina de toda la vida, la mujer que me enseñó a hacer tamales y cuidó a mis hijos cuando yo trabajaba en la tienda, me miró con los ojos llenos de lágrimas. Pero no dijo nada. Solo bajó la cabeza y apretó los labios, como si las palabras le dolieran más que cualquier golpe.
Hasta ese momento, yo era una mujer sencilla de San Jacinto, un pueblito perdido entre los cerros de Jalisco, donde todos nos conocemos y los chismes vuelan más rápido que el viento. Mi esposo, Julián, trabajaba en el campo y yo atendía la tiendita del barrio. Nuestra vida era modesta pero feliz, rodeada de vecinos que se sentían como familia. O eso creía yo.
Todo empezó con cosas pequeñas: un gallo desaparecido, unas gallinas menos en el corral, la cerca trasera rota. Pensé que eran travesuras de los niños o algún animal hambriento. Pero cuando encontré mi medallita de la Virgen en el patio de Lucía, supe que algo no estaba bien.
Esa noche no pude dormir. Julián roncaba a mi lado, ajeno a mis pensamientos. Me levanté y fui al patio, guiada por una corazonada. Y ahí estaba Lucía, agachada junto a la cerca, hurgando entre las plantas de chile. Cuando me vio, se quedó paralizada. No dijo nada. Solo salió corriendo hacia su casa.
Al día siguiente, intenté hablar con ella. Quería creer que había una explicación lógica, que todo era un malentendido. Pero Lucía evitaba mi mirada y sus hijos ya no venían a jugar con los míos. El pueblo empezó a murmurar. «Dicen que Lucía le robó a Mariana», escuché a Doña Rosa en la tienda. «Pero si eran como hermanas…»
La tensión creció como una tormenta en el horizonte. Julián me decía que lo dejara pasar, que no valía la pena pelearse con los vecinos por unas gallinas o una medallita. Pero para mí era más que eso: era la confianza, el cariño de años compartidos, las risas y los secretos al calor del fogón.
Una tarde, mientras barría la entrada de la tienda, vi a Lucía hablando con Don Ernesto, el presidente del comité vecinal. Sus gestos eran nerviosos y miraban hacia mi casa. Sentí un nudo en el estómago. Decidí enfrentarla.
—Lucía, ¿por qué lo hiciste?—le pregunté sin rodeos.
Ella tembló y finalmente habló:
—Mariana… yo no quería hacerte daño. Mi esposo perdió el trabajo y no teníamos para comer. Me dio vergüenza pedirte ayuda… Pensé que si tomaba un poco de comida nadie lo notaría.
Me quedé muda. No sabía si sentir rabia o compasión. Recordé las veces que compartimos pan y café, las noches en que nos reíamos hasta llorar. ¿Cómo podía haberme ocultado algo así?
El pueblo se dividió. Algunos decían que debía perdonarla; otros murmuraban que una traición así no se olvida. Mis hijos preguntaban por sus amigos y yo no sabía qué responderles.
Julián intentó mediar:
—Mariana, todos cometemos errores. Si Lucía te hubiera pedido ayuda, ¿no se la habrías dado?
Claro que sí. Pero la herida era profunda. No era solo lo material; era la mentira, el silencio, la desconfianza sembrada entre nuestras casas.
Pasaron semanas sin hablarnos. El pueblo ya tenía otro chisme y nuestras vidas siguieron su curso, pero nada volvió a ser igual. La cerca entre nuestras casas se volvió más alta, invisible pero infranqueable.
Un día encontré a Lucía llorando detrás de la iglesia del pueblo. Me acerqué y ella me abrazó sin decir palabra. Lloramos juntas por todo lo perdido: la amistad, la inocencia, la confianza.
Hoy sigo viviendo en San Jacinto. La vida continúa: los niños crecen, las cosechas van y vienen, pero hay cicatrices que nunca sanan del todo. A veces veo a Lucía desde mi ventana y me pregunto si algún día podremos volver a ser amigas como antes.
¿Es posible reconstruir la confianza después de una traición? ¿O hay heridas que simplemente nos enseñan a ser más cautelosos con quienes dejamos entrar en nuestro corazón?