Una llamada en la madrugada – La historia de Mariana y el eco de su pasado
—¿Mariana? —La voz de Julián, ronca y temblorosa, atravesó la oscuridad de mi cuarto como un cuchillo. El reloj marcaba las 3:07 a.m. y el silencio de la casa era tan profundo que podía escuchar mi propio corazón retumbando en el pecho. No había escuchado su voz en cinco años, desde aquella tarde lluviosa en la que firmamos los papeles del divorcio en una notaría del centro de Medellín.
—¿Por qué llamas a esta hora? —pregunté, intentando que mi voz sonara firme, aunque por dentro sentía que me desmoronaba.
—Necesito verte —dijo, y supe de inmediato que algo grave pasaba. Julián nunca fue de pedir favores, mucho menos a mí, después de todo lo que nos habíamos dicho y hecho.
Me senté en la cama, abrazando las rodillas. El cuarto olía a humedad y a recuerdos. En la pared, la foto de mi hija, Valeria, sonreía ajena a todo, como si la vida fuera sencilla y los adultos no cargáramos con fantasmas.
—¿Es Valeria? ¿Le pasó algo? —La angustia me apretó la garganta.
—No, ella está bien. Es… es sobre mí. Por favor, Mariana, sólo escúchame.
Me quedé en silencio. La última vez que lo vi, Julián me había gritado que yo era la culpable de todo, que por mi terquedad habíamos perdido la casa, los amigos, la confianza. Yo también le había dicho cosas horribles, palabras que aún me quemaban la lengua. Pero esa noche, su voz era la de un hombre derrotado, no el del orgulloso abogado que conocí en la universidad.
—Estoy enfermo, Mariana. Muy enfermo. —Su confesión cayó como un balde de agua fría. —Me diagnosticaron cáncer de páncreas. No sé cuánto tiempo me queda.
Sentí que el mundo se me venía encima. No supe qué decir. Pensé en todas las veces que deseé no volver a verlo, en las noches en que lloré por su traición, por su abandono, por las mentiras. Y ahora, él me pedía ayuda.
—¿Por qué me llamas a mí? —musité, con la voz quebrada.
—Porque no tengo a nadie más. Mi mamá murió el año pasado, mis hermanos están en Argentina y no me hablo con ellos desde hace años. Tú eres la única persona que alguna vez me conoció de verdad. —Su voz se quebró. —Necesito pedirte perdón, Mariana. No quiero irme de este mundo con tanto peso encima.
Me quedé mirando la ventana, donde la lluvia comenzaba a golpear los vidrios. Recordé la noche en que descubrí su infidelidad, cómo me sentí traicionada, humillada. Recordé las peleas, los gritos, el miedo de Valeria escondida bajo la mesa. Pero también recordé los días felices, cuando soñábamos con una vida juntos, cuando creíamos que el amor podía con todo.
—No sé si puedo perdonarte, Julián —dije al fin, con lágrimas en los ojos. —Me hiciste mucho daño. Nos hiciste mucho daño.
—Lo sé. No espero que me perdones de inmediato. Sólo quiero verte, hablar contigo. Por favor, Mariana.
Colgué sin responder. Me quedé sentada en la cama, temblando. El pasado, ese monstruo que creía enterrado, volvía a acecharme. ¿Qué debía hacer? ¿Valía la pena remover heridas tan profundas?
A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno para Valeria, mi mente no dejaba de dar vueltas. Ella me miró con esos ojos grandes y oscuros, tan parecidos a los de Julián.
—¿Estás bien, mamá? —preguntó, notando mi nerviosismo.
—Sí, mi amor. Sólo no dormí bien.
Mentí, como tantas veces. ¿Cómo explicarle a una niña de diez años que el pasado nunca se va del todo? Que a veces, aunque uno quiera, las cicatrices siguen doliendo.
En el trabajo, no pude concentrarme. Mis compañeras, Sandra y Lucía, notaron mi distracción.
—¿Te pasa algo, Mari? —preguntó Sandra, mientras tomábamos café en la pequeña cocina de la oficina.
—Me llamó Julián anoche. Está enfermo. Quiere verme.
Lucía soltó un silbido. —¿Y tú qué vas a hacer?
—No sé. Parte de mí quiere ayudarlo, pero otra parte… otra parte todavía le guarda rencor.
Sandra me puso una mano en el hombro. —A veces, el perdón es más para uno que para el otro.
Esa frase me acompañó todo el día. Al salir del trabajo, caminé sin rumbo por las calles de Medellín, viendo a la gente correr bajo la lluvia, los vendedores ambulantes, los buses llenos, la vida que seguía a pesar de todo. Pensé en mi madre, en cómo me enseñó a ser fuerte, a no dejarme vencer por el dolor. Pero también pensé en lo sola que me sentía a veces, en lo difícil que era criar a Valeria sin ayuda, en las noches en que el miedo y la tristeza me ahogaban.
Esa noche, llamé a Julián.
—Te veo mañana, a las cinco, en el parque de Envigado.
—Gracias, Mariana. No sabes cuánto significa para mí.
Colgué antes de que pudiera decir algo más. Dormí mal, soñando con el pasado, con la casa que perdimos, con los gritos, con la risa de Valeria antes de que todo se rompiera.
Al día siguiente, llegué al parque antes de la hora. Me senté en una banca, mirando a los niños jugar, a las parejas caminar de la mano. Julián llegó puntual, más delgado, con el rostro demacrado y el cabello canoso. Me costó reconocer en ese hombre al joven que me enamoró hace tantos años.
—Gracias por venir —dijo, sentándose a mi lado.
—No lo hago por ti. Lo hago por mí. Necesito cerrar este capítulo.
Él asintió, bajando la mirada.
—No quiero justificar lo que hice, Mariana. Fui un cobarde. Te fallé, le fallé a Valeria. Me dejé llevar por el orgullo, por la rabia. Perdí todo lo que importaba.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté, sintiendo que la voz me temblaba. —¿Por qué me engañaste? ¿Por qué destruiste nuestra familia?
Julián se quedó en silencio un momento.
—Tenía miedo. Miedo de no ser suficiente, de fracasar. Cuando perdí el trabajo, me sentí menos hombre. Busqué consuelo donde no debía. Y cuando te diste cuenta, en vez de pedir perdón, te culpé a ti. Fui un idiota.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas.
—No sabes lo que sufrí, Julián. No sabes lo sola que me sentí. Tuve que ser fuerte por Valeria, por mí. Y aún así, a veces siento que no lo logré.
Él me miró, con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo sé. Y lo siento. No espero que me perdones, pero necesitaba decírtelo. No quiero irme de este mundo sin que sepas la verdad.
Nos quedamos en silencio, mirando el parque, los árboles, la vida que seguía. Sentí que una parte de mí se liberaba, que el peso en mi pecho se hacía más liviano.
—¿Quieres ver a Valeria? —pregunté, de pronto.
Julián asintió, sin poder hablar.
—Ella merece saber la verdad. Merece despedirse de su papá. Pero tienes que prometerme que no la harás sufrir más.
—Te lo prometo.
Nos despedimos con un abrazo torpe, lleno de dolor y de esperanza. Caminé de regreso a casa sintiendo que, por primera vez en años, podía respirar. El pasado seguía ahí, pero ya no me ahogaba.
Esa noche, mientras veía dormir a Valeria, me pregunté si realmente es posible perdonar del todo, si alguna vez se cierran las heridas. ¿Vale la pena abrir la puerta al pasado para poder sanar? ¿O es mejor dejarlo atrás y seguir adelante? ¿Ustedes qué harían en mi lugar?