Vestido de flores y lágrimas en la fiesta de graduación: La historia de Mariana González

—¿Por qué tenía que pasarme justo hoy? —me pregunté, apretando el vestido de flores contra mi pecho mientras la lluvia empapaba mis hombros. El eco de las risas y la música se filtraba desde el gimnasio de la escuela, donde todos celebraban el fin de una etapa. Pero yo estaba afuera, sola, con las lágrimas mezclándose con el agua fría que caía del cielo.

Todo comenzó esa tarde, cuando mi mamá me ayudó a arreglarme. “Marianita, te ves preciosa. Ese vestido te queda como un sueño”, me dijo, alisando las flores bordadas con sus manos ásperas de tanto limpiar casas ajenas. Yo sonreí, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago. Sabía que mi vestido no era nuevo; era el mismo que usó mi prima en su graduación hace tres años, pero para mí era especial porque mamá lo había arreglado con tanto amor.

Al llegar a la escuela, sentí las miradas de mis compañeras. Algunas susurraban, otras reían disimuladamente. “¿Viste el vestido de Mariana? Parece sacado de una novela antigua”, escuché a Valeria, la hija del dueño del supermercado del barrio. Me ardieron las mejillas, pero traté de ignorarlas. Mi mejor amiga, Sofía, me abrazó fuerte: “No les hagas caso, Mari. Tú eres la más linda”.

La fiesta avanzaba entre fotos, bailes y discursos. Todo iba bien hasta que anunciaron el concurso al mejor vestido. Valeria y sus amigas comenzaron a gritar: “¡Que pase Mariana con su vestido vintage!” Todos rieron. Sentí que el piso se abría bajo mis pies. El presentador, el profesor Ramiro, intentó calmar la situación: “Chicos, respeto ante todo”. Pero ya era tarde; las burlas se multiplicaron.

Corrí al baño y me miré en el espejo. Las flores del vestido parecían marchitas bajo la luz blanca. Lloré en silencio hasta que escuché la voz de mi mamá afuera: “Mariana, ¿estás bien?” No quería preocuparla, así que salí fingiendo una sonrisa. Pero cuando vi a papá esperándome en la puerta con su camisa planchada especialmente para esa noche, no pude más y rompí en llanto.

“¿Qué pasó, hija?” preguntó él, abrazándome fuerte. Le conté todo entre sollozos. Papá apretó los dientes: “No permitas que nadie te haga sentir menos por lo que tienes o no tienes. Eres nuestra mayor alegría”. Mamá me secó las lágrimas y me ofreció su reboso para cubrirme del frío.

Decidimos irnos antes de que terminara la fiesta. Caminamos bajo la lluvia hasta la parada del camión. En el trayecto, Sofía me alcanzó corriendo: “¡No te vayas! No dejes que esas tontas te arruinen la noche”. Me abrazó tan fuerte que sentí su cariño atravesar mi tristeza.

Al día siguiente, las redes sociales estaban llenas de fotos del evento. Vi memes sobre mi vestido y comentarios crueles. Sentí rabia e impotencia. ¿Por qué la gente es así? ¿Por qué importa tanto lo que uno lleva puesto?

Pero algo inesperado sucedió: varios compañeros comenzaron a defenderme en los comentarios. “Mariana es una de las mejores personas del salón”, escribió Diego, el chico más callado de la clase. “Su vestido tiene más historia y amor que todos los trapos caros juntos”, puso Sofía. Poco a poco, los mensajes hirientes fueron opacados por palabras de apoyo.

Esa tarde, mamá llegó temprano del trabajo y me encontró llorando frente a la computadora. Se sentó a mi lado y me tomó la mano: “La vida está llena de gente que juzga sin saber. Pero también hay quienes ven más allá de las apariencias”. Papá llegó con pan dulce y nos sentamos los tres a platicar como siempre hacíamos cuando yo era niña.

Esa noche entendí que no estaba sola. Que aunque el mundo puede ser cruel y superficial, siempre habrá personas dispuestas a tenderte la mano. Y que mi vestido de flores era mucho más que tela vieja: era símbolo del esfuerzo y amor de mi familia.

Hoy, meses después de aquella noche, sigo usando ese vestido en ocasiones especiales. Ya no me avergüenzo; al contrario, lo llevo con orgullo porque cuenta mi historia y la de quienes luchan cada día por salir adelante en un país donde las diferencias sociales duelen más que cualquier burla.

A veces me pregunto: ¿cuántos sueños se apagan por culpa de la crueldad ajena? ¿Cuándo aprenderemos a mirar con el corazón y no solo con los ojos?

¿Y tú? ¿Alguna vez te sentiste menos por no encajar? ¿Qué harías si estuvieras en mis zapatos?