Ya no soy su sirvienta: Mi lucha por el respeto en mi propia familia
—¡Mamá, ¿ya está listo el almuerzo?! —gritó Mariana desde la sala, sin molestarse en mirarme a los ojos. Sentí el sudor resbalar por mi frente mientras removía el arroz en la olla. Mi hijo, Andrés, estaba sentado en el sofá, absorto en su celular, como si yo fuera invisible.
No sé en qué momento pasé de ser la madre amada a convertirme en la sirvienta silenciosa de mi propia casa. Tal vez fue cuando Andrés se casó con Mariana y se mudaron conmigo porque “así ahorramos para la casa propia, mamá”. Al principio, me sentí útil, necesaria. Pero con los meses, mi rol cambió: ya no era la que aconsejaba ni la que abrazaba; era la que lavaba los platos, barría los pisos y preparaba las comidas.
Recuerdo una tarde lluviosa en la que Mariana llegó empapada y lanzó su paraguas mojado sobre el sillón. —¡Límpialo, por favor! —me dijo con ese tono que usaba para pedirle cosas a la muchacha que tenía en su casa cuando era niña. Me mordí los labios para no responderle mal. Andrés ni siquiera levantó la vista.
Las cosas empeoraron cuando nació mi nieta, Sofía. Mariana se sentía agotada —y con razón—, pero descargaba toda su frustración conmigo. —¿Puedes cambiarle el pañal? —¿Puedes bañarla? —¿Puedes dormirla? Yo lo hacía todo, sin rechistar. Me repetía: “Es mi deber como abuela”. Pero cada vez que escuchaba a Mariana decirle a sus amigas por teléfono: “Por suerte tengo a la mamá de Andrés, que me ayuda con todo”, sentía una punzada en el pecho. ¿Ayudar? Yo era quien sostenía esa casa.
Una noche, mientras lavaba los platos después de una cena en la que nadie me agradeció ni una sola vez, escuché a Mariana decirle a Andrés: —Tu mamá debería entender que ya no es su casa, sino la nuestra. Me quedé paralizada. ¿Mi casa? ¿La misma casa donde crié a mi hijo sola después de que su padre nos abandonó? ¿La misma casa por la que trabajé limpiando casas ajenas durante años?
Al día siguiente, me levanté temprano y preparé el desayuno como siempre. Cuando Mariana bajó, ni siquiera me saludó. —¿Por qué no hay jugo natural? —preguntó molesta. Sentí un nudo en la garganta. Andrés entró a la cocina y, sin mirarme, dijo: —Mamá, ¿puedes ir al súper? Falta leche y pan.
Ese día salí a caminar bajo el sol ardiente de Ciudad de México. Caminé sin rumbo, pensando en mi vida. Recordé a mi madre, una mujer fuerte de Veracruz que siempre decía: “El respeto se gana, pero también se exige”. Me senté en una banca del parque y lloré como no lo hacía desde hacía años.
Esa noche, cuando llegué a casa, encontré a Mariana viendo una novela y a Andrés jugando videojuegos. Sofía lloraba en su cuna. Nadie se movió. Fui yo quien la alzó y la calmó. Cuando logré dormirla, me senté frente a ellos y les dije:
—Necesito hablar con ustedes.
Mariana bufó y Andrés puso pausa al juego.
—Durante años he hecho todo por esta familia —dije con voz temblorosa—. Pero ya no puedo más. No soy su sirvienta. Esta es mi casa y merezco respeto.
Mariana me miró sorprendida. Andrés frunció el ceño.
—Mamá, no exageres…
—No estoy exagerando —lo interrumpí—. Estoy cansada de ser invisible. De que me traten como si sólo sirviera para limpiar y cocinar. Yo también tengo sueños, cansancio y dignidad.
El silencio se hizo pesado. Mariana bajó la mirada. Andrés intentó justificarse:
—Es que Mariana está cansada con la bebé…
—¿Y yo no? —pregunté—. ¿Acaso yo no me canso? ¿No merezco un gracias?
Esa noche dormí poco, pero sentí una paz extraña. Al día siguiente, no preparé el desayuno ni limpié la casa. Me fui temprano al mercado con mi amiga Rosa y nos tomamos un café en el puesto de doña Lucha. Por primera vez en años, sentí que respiraba.
Cuando regresé, encontré la cocina hecha un desastre y a Sofía llorando desconsolada. Mariana estaba al borde de las lágrimas y Andrés no sabía qué hacer.
—¿Ahora entienden lo que hago todos los días? —les pregunté suavemente.
Mariana rompió en llanto.
—Perdón… No me di cuenta de todo lo que haces —dijo entre sollozos.
Andrés se acercó y me abrazó fuerte.
—Perdón, mamá. Te fallé.
No fue fácil cambiar las cosas de un día para otro. Hubo días buenos y días malos. Pero poco a poco aprendieron a valorar mi esfuerzo y yo aprendí a poner límites. Empecé a salir más con mis amigas, retomé mis clases de bordado y hasta me animé a viajar sola a Puebla para visitar a mi hermana después de veinte años.
Hoy miro hacia atrás y me pregunto: ¿Cuántas mujeres como yo viven en silencio este mismo dolor? ¿Cuántas madres y abuelas son invisibles en sus propias casas? Si tú también te sientes así, ¿no crees que ya es hora de decir basta?