Cuando el amor se convierte en campo de batalla: Mi historia con mi suegra y la confianza perdida
—¿Por qué no le pusiste más sal al arroz, Lucía? —La voz de Doña Carmen retumbó en la pequeña cocina de la casa de Alejandro, mi esposo, en el barrio de San Miguel, Lima. Era nuestro primer almuerzo como esposos y, aunque intentaba sonreír, sentí cómo mi corazón se encogía con cada palabra suya. Alejandro, sentado a mi lado, solo bajó la mirada y se sirvió en silencio. Yo apreté los labios, tragando la rabia y la tristeza, y me prometí que no dejaría que me viera llorar.
Desde ese día, supe que mi vida no sería fácil. Doña Carmen nunca me aceptó, aunque frente a los demás fingía cortesía. «Lucía es buena chica, pero no sabe cocinar como las mujeres de nuestra familia», decía a sus amigas en voz baja, creyendo que yo no la escuchaba. Alejandro, mi gran amor, parecía ciego ante todo esto. Cuando le contaba lo que pasaba, él solo respondía: «Mi mamá es así con todos, no te lo tomes personal». Pero yo sí lo sentía personal. Cada gesto, cada palabra, cada mirada era una daga que me recordaba que, para ella, yo era una extraña.
Mi familia era humilde, veníamos de Ayacucho, y aunque no teníamos mucho, siempre hubo amor y respeto. Por eso, el ambiente frío y tenso de la casa de Alejandro me resultaba insoportable. A veces, en las noches, me encerraba en el baño y lloraba en silencio, preguntándome si había cometido un error al casarme. Pero cuando veía a Alejandro dormir, tan tranquilo, recordaba por qué lo había elegido: él era mi refugio, mi compañero, el hombre que me prometió que juntos podríamos con todo.
Pero la realidad era otra. Doña Carmen tenía el control de la casa, de las decisiones, incluso de nuestro dinero. Alejandro trabajaba en una ferretería y yo, aunque tenía estudios, no encontraba empleo estable. Ella me lo recordaba cada vez que podía: «En esta casa, quien no aporta, no opina». Yo sentía que me ahogaba, pero no quería rendirme. Empecé a buscar trabajo en todo Lima, aceptando lo que fuera: limpiar casas, cuidar niños, vender empanadas en la esquina. Cada moneda que ganaba la guardaba con orgullo, aunque Doña Carmen siempre encontraba la manera de menospreciarme.
Un día, mientras preparaba el almuerzo, la escuché hablando por teléfono con su hermana. «Alejandro se merece algo mejor, una mujer que lo ayude a salir adelante, no una carga como Lucía». Sentí que el mundo se me venía abajo. Esa noche, enfrenté a Alejandro.
—¿Tú crees que soy una carga? —le pregunté, con la voz temblorosa.
Él me miró sorprendido, como si no entendiera de dónde venía mi dolor.
—No digas tonterías, Lucía. Mi mamá solo está preocupada por nosotros.
—¿Preocupada? ¡Me humilla todos los días! ¿No lo ves? —grité, por primera vez perdiendo el control.
Él solo suspiró y salió de la habitación. Me sentí más sola que nunca.
Pasaron los meses y la situación empeoró. Doña Carmen empezó a decirle a los vecinos que yo no podía tener hijos, que por eso Alejandro estaba triste. Era mentira, pero en nuestro barrio los chismes vuelan. Un día, una vecina me preguntó si ya había ido al médico, que a lo mejor tenía «el útero frío». Sentí tanta vergüenza que no salí de la casa en días.
Mi madre vino a visitarme desde Ayacucho. Al verme tan desmejorada, me abrazó y me dijo: «Hija, nadie merece que la traten así. El amor no es sacrificio sin límites». Sus palabras me hicieron pensar, pero yo seguía aferrada a la idea de que podía cambiar las cosas.
Un domingo, mientras preparaba el desayuno, escuché a Doña Carmen decirle a Alejandro:
—Tienes que pensar en tu futuro, hijo. Lucía no es para ti. Mira cómo vives ahora, siempre peleando, siempre triste. Tú mereces una mujer que te haga feliz.
No pude más. Salí de la cocina y la enfrenté.
—¿Por qué me odia tanto, Doña Carmen? ¿Qué le he hecho yo para que me trate así?
Ella me miró con frialdad.
—No eres de aquí, Lucía. No entiendes nuestras costumbres. Mi hijo se merece algo mejor.
Alejandro intentó intervenir, pero yo ya no podía escuchar más. Salí de la casa y caminé sin rumbo por las calles de San Miguel, sintiendo que mi vida se desmoronaba.
Esa noche, no regresé. Me quedé en casa de una amiga, Mariela, quien me escuchó llorar y me ofreció su apoyo. «No tienes que aguantar, Lucía. Hay vida más allá de esa casa», me dijo. Por primera vez, consideré la posibilidad de irme, de empezar de nuevo sin Alejandro, sin Doña Carmen, sin ese dolor constante.
Pasaron los días y Alejandro me llamó varias veces. Al principio no contesté, pero luego accedí a verlo. Nos encontramos en un parque, lejos de la casa, lejos de su madre.
—Lucía, te extraño. No sé qué hacer. Mi mamá está enferma, no puedo dejarla sola, pero tampoco quiero perderte a ti —me dijo, con lágrimas en los ojos.
—Alejandro, yo te amo, pero no puedo seguir viviendo así. No puedo ser feliz en una casa donde no me quieren, donde me humillan. Tienes que elegir: tu madre o yo.
Él se quedó en silencio, mirando el suelo. Supe en ese momento que no podía pedírselo. Él nunca iba a elegir. Yo tenía que elegir por mí.
Volví a casa de Mariela y empecé a buscar trabajo en serio. Conseguí un puesto en una panadería y, poco a poco, fui reconstruyendo mi vida. Alejandro me visitaba de vez en cuando, pero la distancia entre nosotros crecía cada día. Doña Carmen seguía hablando mal de mí, pero ya no me importaba. Había aprendido a valorarme, a entender que el amor no puede ser una batalla constante.
Un año después, Alejandro vino a verme. Me pidió perdón, me dijo que su madre había enfermado gravemente y que ahora entendía todo el daño que me había hecho. Me pidió que volviera, que intentáramos empezar de nuevo, esta vez solos, lejos de su madre.
Lo miré a los ojos y sentí una mezcla de amor y tristeza. Había esperado tanto tiempo escuchar esas palabras, pero ya no era la misma. Había aprendido a vivir sin él, a ser fuerte, a no depender del amor de nadie para sentirme valiosa.
—Alejandro, te amé con todo mi corazón, pero ahora me amo más a mí misma. No puedo volver a ese pasado. Espero que algún día entiendas que el amor no debe doler.
Él se fue, cabizbajo, y yo me quedé mirando el atardecer desde la ventana de mi pequeño departamento. Pensé en todo lo que había vivido, en el dolor, en la lucha, en la libertad que había encontrado.
¿Hasta dónde debemos llegar por amor? ¿Vale la pena perderse a uno mismo para complacer a los demás? ¿Cuántas mujeres viven lo mismo que yo y callan por miedo o por costumbre? Ojalá mi historia sirva para que ninguna más tenga que elegir entre el amor y su dignidad.