Dame un poco de paz, papá: La historia de un padre y un hijo separados por el dinero
—¡No me entiendes, papá! —gritó Emiliano, su voz temblando de rabia y algo más que no supe descifrar—. ¡Siempre es lo mismo contigo!
La puerta del cuarto se cerró de un portazo. El eco retumbó en la casa, una casa demasiado grande para dos personas que ya no sabían cómo hablarse. Me quedé parado en el pasillo, con el teléfono aún en la mano, sintiendo cómo el sudor frío me recorría la espalda. Afuera, la lluvia golpeaba el techo de lámina, y por un instante, deseé que el agua se llevara todo: el dolor, el resentimiento, la distancia.
Todo comenzó hace dos años, cuando recibí esa llamada que cambiaría mi vida. Era el abogado de mi hermano, desde Ciudad de México. «Don Julián, su hermano ha fallecido. Usted es el único heredero de sus bienes.» No supe qué decir. Mi hermano y yo apenas hablábamos, pero de pronto, la fortuna que él había amasado en la construcción de autopistas y edificios era mía. Y con ella, llegaron los problemas.
Emiliano, mi hijo, tenía entonces diecisiete años. Siempre fuimos cercanos, o eso creía yo. Le enseñé a andar en bicicleta en el parque de la colonia Narvarte, lo llevé a los partidos de los Pumas, le preparaba su desayuno favorito los domingos. Pero cuando el dinero llegó, algo cambió en su mirada. Ya no era el mismo niño que me abrazaba después de un mal día. Ahora, sus ojos buscaban otra cosa, algo que yo no podía darle, aunque tuviera millones en el banco.
—¿Por qué no podemos irnos a vivir a Polanco, como los amigos de la prepa? —me preguntó una noche, mientras cenábamos en silencio.
—Porque esta es nuestra casa, Emiliano. Aquí creciste, aquí está todo lo que somos —le respondí, intentando sonar firme, aunque sentía que la respuesta no era suficiente.
Él bufó, apartando el plato. —Lo que somos es pobres, papá. Pero ahora podríamos ser alguien. ¿Por qué te aferras a esta vida?
No supe qué contestar. Me dolió escucharlo, pero más me dolió ver cómo el dinero había sembrado una semilla de insatisfacción en su corazón. Desde entonces, cada conversación era una batalla. Emiliano quería más: ropa de marca, viajes, un auto. Yo quería mantenernos unidos, no perder lo poco que quedaba de nuestra familia.
Las discusiones se volvieron rutina. Una tarde, lo escuché hablando por teléfono con su primo Rodrigo, que vivía en Monterrey.
—Mi papá es un tacaño. Tiene todo ese dinero y no quiere soltar nada. Dice que quiere que aprenda el valor de las cosas, pero lo único que aprendo es que no confía en mí.
Sentí un nudo en la garganta. ¿En qué momento me convertí en el enemigo de mi propio hijo? ¿Cuándo dejamos de ser un equipo?
Las cosas empeoraron cuando Emiliano cumplió dieciocho. Llegó a casa con una carta de aceptación para estudiar en una universidad privada, una de esas donde los hijos de políticos y empresarios se pasean en camionetas de lujo.
—Quiero estudiar ahí, papá. Es mi oportunidad —me dijo, mirándome a los ojos por primera vez en meses.
—Emiliano, podemos buscar una buena universidad pública. No necesitas gastar tanto para tener un buen futuro.
—¡No entiendes nada! —me gritó, y esa fue la primera vez que sentí miedo de perderlo para siempre.
Intenté explicarle que el dinero no era todo, que la vida no se mide en lujos ni en apariencias. Pero él ya no escuchaba. El dinero se había convertido en una barrera, un muro invisible que nos separaba cada día más.
Una noche, después de otra discusión, Emiliano se fue de casa. No dejó nota, solo un mensaje en mi celular: «No busques, papá. Necesito encontrar mi propio camino.»
Pasaron semanas sin saber de él. Llamé a sus amigos, a su madre —mi exesposa, que vive en Puebla—, pero nadie sabía nada. Cada noche, me sentaba en la sala, con la televisión encendida solo para no escuchar el silencio. Me preguntaba si había hecho lo correcto, si debí ceder y darle lo que pedía. Pero en el fondo, sabía que el dinero no era la solución. Lo que necesitábamos era volver a mirarnos, a reconocernos como padre e hijo.
Un día, recibí una llamada del hospital general. Emiliano había tenido un accidente en moto. Corrí como loco, el corazón a punto de salirse del pecho. Cuando llegué, lo encontré en una camilla, con la pierna vendada y el rostro lleno de moretones. Pero estaba vivo.
—Papá… —susurró, con la voz rota—. Perdóname.
Me senté a su lado, tomé su mano. No dije nada. Solo lloré. Lloré por todo lo que habíamos perdido, por el tiempo, por las palabras no dichas, por el amor que seguía ahí, aunque enterrado bajo capas de orgullo y dolor.
Durante su recuperación, tuvimos tiempo para hablar. Por primera vez en mucho tiempo, Emiliano me escuchó. Le conté de mi infancia en Veracruz, de cómo mi padre trabajaba de sol a sol para darnos de comer, de cómo aprendí que la verdadera riqueza está en la familia, no en la cuenta bancaria.
Él también habló. Me contó de la presión que sentía, de las comparaciones con sus amigos, de la vergüenza de no tener lo que otros tenían. Me confesó que el dinero lo había cegado, que pensó que podía comprar la felicidad, pero solo encontró soledad.
—¿Crees que podamos empezar de nuevo, papá? —me preguntó una tarde, mientras mirábamos la lluvia desde la ventana del hospital.
—Siempre hay una segunda oportunidad, hijo. Pero tenemos que aprender a mirarnos de verdad, no solo a ver lo que tenemos o lo que nos falta.
Hoy, Emiliano y yo seguimos reconstruyendo nuestra relación. No ha sido fácil. Hay días en que el pasado pesa, en que el dinero amenaza con volver a separarnos. Pero hemos aprendido a hablar, a escucharnos, a pedir perdón. A veces, salimos a caminar por el parque, como cuando era niño. Otras veces, simplemente nos sentamos a ver un partido de fútbol, en silencio, pero juntos.
A veces me pregunto si el dinero siempre será una sombra entre nosotros, si algún día podremos mirarnos sin resentimientos, sin expectativas. ¿Cuántas familias en nuestro país han sido separadas por lo mismo? ¿Cuántos padres e hijos han dejado de verse, de escucharse, por culpa de algo tan frío como el dinero?
¿Será que todavía hay esperanza para nosotros, para todos los que hemos dejado que el dinero nos robe lo más importante? ¿O estamos condenados a vivir separados, aunque estemos bajo el mismo techo? ¿Ustedes qué piensan? ¿Han vivido algo parecido en sus familias?