Desde las cenizas: La historia de Magda en un pueblo de Chiapas

—¡Ya no puedo más, Magda! —gritó Tomás, su voz retumbando en las paredes de la cocina mientras yo sostenía la taza de café con manos temblorosas—. ¡Todos en el pueblo preguntan cuándo vamos a tener hijos! ¡No puedo seguir soportando las miradas ni los comentarios!

Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. No era la primera vez que discutíamos por lo mismo, pero esa noche, su mirada era distinta: fría, dura, como si yo fuera una extraña. Me quedé callada, apretando los labios para no llorar frente a él. Sabía que si lo hacía, solo empeoraría las cosas.

—¿Y qué quieres que haga? —susurré, apenas audible—. He ido a todos los médicos, he rezado, he hecho todo lo que me han dicho…

—¡Pues no es suficiente! —me interrumpió, golpeando la mesa—. Mi mamá ya me dijo que debería buscar otra mujer. Una que sí pueda darme una familia.

Esa fue la última noche que dormí en nuestra casa. A la mañana siguiente, Tomás ya había empacado mis cosas en bolsas negras y las dejó en la puerta. Su madre, doña Rosa, me miraba desde la ventana con una mezcla de lástima y desprecio. Nadie me ayudó cuando caminé por la calle principal del pueblo, cargando mis pertenencias y mi vergüenza. Sentía las miradas clavadas en mi espalda, los susurros: «Pobrecita, no pudo darle hijos», «Seguro es castigo de Dios».

Me refugié en casa de mi hermana menor, Lucía. Ella vivía con su esposo y sus tres hijos en una casita humilde al borde del río. Apenas crucé la puerta, me abrazó fuerte y lloramos juntas. Pero ni siquiera ahí encontré paz. Su esposo, Ernesto, apenas me dirigía la palabra y sus hijos me miraban con curiosidad y algo de miedo, como si mi infertilidad fuera contagiosa.

Los días pasaron lentos y pesados. Intenté ayudar en lo que podía: lavaba ropa, cocinaba, cuidaba a mis sobrinos cuando Lucía salía a vender tortillas al mercado. Pero cada vez que salía a la calle, sentía el peso del juicio ajeno. Las mujeres del pueblo evitaban hablarme; los hombres bajaban la mirada o hacían bromas crueles a mis espaldas.

Una tarde, mientras recogía leña cerca del río, escuché voces detrás de mí.

—Dicen que Magda está maldita —susurró una mujer—. Que por eso Tomás la echó.

—¿Y si se queda aquí mucho tiempo? Capaz nos trae mala suerte —respondió otra.

Me quedé quieta, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas. Quise gritarles que no era cierto, que yo no tenía la culpa. Pero no dije nada. Solo apreté los puños y seguí recogiendo leña.

Las semanas se convirtieron en meses. Lucía empezó a insinuar que debía buscar otro lugar donde vivir.

—No es por mí, Magda —me decía en voz baja—. Es Ernesto… Dice que ya somos muchos aquí y que la gente habla…

No podía culparla. En un pueblo tan pequeño como el nuestro, los chismes son veneno. Así que empecé a buscar trabajo en el pueblo vecino, San Pedro. Caminaba dos horas cada mañana para limpiar casas o lavar ropa ajena por unas cuantas monedas.

Fue ahí donde conocí a doña Carmen, una mujer mayor que vivía sola desde hacía años. Ella me recibió sin preguntas ni juicios.

—Aquí todos tenemos heridas, hija —me dijo una tarde mientras tomábamos café en su patio lleno de flores—. Lo importante es aprender a vivir con ellas sin dejar que nos definan.

Sus palabras me dieron fuerza. Poco a poco, empecé a sentirme útil otra vez. Doña Carmen me enseñó a cuidar su jardín y a preparar remedios con plantas medicinales. Empecé a vender pomadas y tés en el mercado de San Pedro y, aunque al principio nadie quería comprarme nada —»la mujer sin hijos», decían—, poco a poco fui ganando la confianza de algunas mujeres mayores.

Un día, mientras vendía mis productos en el mercado, vi a Tomás pasar con su nueva esposa. Ella estaba embarazada y él caminaba con la cabeza en alto, como si hubiera ganado un trofeo. Sentí una punzada en el pecho, pero también alivio: ya no tenía que cargar con su desprecio ni con las expectativas de su familia.

Esa noche lloré mucho. No por él, sino por todo lo que había perdido: mi hogar, mi dignidad, mi lugar en el mundo. Pero también lloré por todo lo que había ganado: una nueva familia con doña Carmen, un oficio propio y una fuerza interna que nunca imaginé tener.

Con el tiempo, algunas mujeres del pueblo empezaron a buscarme para pedirme remedios o consejos. Una de ellas fue Mariana, una joven que tampoco podía tener hijos y temía ser rechazada por su esposo.

—¿Cómo haces para seguir adelante? —me preguntó una tarde mientras le preparaba un té de manzanilla.

La miré a los ojos y le respondí con sinceridad:

—No es fácil. Hay días en los que siento que no valgo nada… Pero aprendí que mi valor no depende de lo que otros piensen o esperen de mí. Somos más que nuestro cuerpo o nuestra capacidad de dar hijos.

Mariana sonrió tímidamente y me abrazó. En ese momento entendí que mi dolor podía servir para ayudar a otras mujeres como yo.

Hoy vivo en San Pedro, en una pequeña casa junto al mercado. Sigo vendiendo remedios y ayudando a quien lo necesita. A veces extraño mi antiguo hogar o me duele recordar todo lo que sufrí… Pero también sé que renací de mis propias cenizas.

Me pregunto: ¿cuántas mujeres más viven en silencio este dolor? ¿Cuándo aprenderemos a valorar a las personas por lo que son y no por lo que pueden dar? ¿Ustedes qué piensan? ¿Es posible realmente empezar de nuevo cuando todo parece perdido?