Invité a la exesposa de mi hijo a vivir conmigo: ahora él es un extraño para mí
—¿Por qué lo hiciste, mamá? ¿Por qué ella y no yo?—. La voz de Alejandro retumbó en la sala, tan fría como la noche que caía sobre Ciudad de México. Yo, Carmen, me quedé helada, con las manos apretadas en el delantal y el corazón latiendo tan fuerte que sentí que se me iba a salir del pecho.
No supe qué responderle. Mariana, su exesposa, estaba en la cocina preparando la cena para los niños, mis nietos, que jugaban en el patio sin saber que su padre y yo estábamos a punto de rompernos en mil pedazos. Todo empezó hace un año, cuando Alejandro llegó a casa con los ojos rojos y la voz quebrada: —Mamá, Mariana y yo nos separamos. No puedo más—. Yo lo abracé, sintiendo su dolor como propio, recordando el día en que su padre nos dejó a los dos, cuando Alejandro era apenas un niño y yo una mujer rota.
En ese momento juré que nunca dejaría que mi hijo se sintiera solo. Pero la vida es irónica: meses después, fue Mariana quien vino a tocar mi puerta. Llevaba a los niños de la mano y una maleta vieja. —Carmen, no tengo a dónde ir. No quiero que los niños pierdan a su abuela—. Su voz era apenas un susurro, pero sus ojos estaban llenos de miedo y vergüenza.
No lo dudé. Abrí la puerta y el corazón. En mi mente, ayudarla era ayudar a mis nietos, era mantener unida una familia que ya estaba rota. Pero nunca imaginé que esa decisión me costaría tanto.
Al principio todo fue difícil. Mariana lloraba por las noches y yo la escuchaba desde mi cuarto, recordando mis propias lágrimas años atrás. Los niños preguntaban por su papá y yo les inventaba historias para protegerlos. Alejandro venía cada vez menos. Al principio traía regalos para los niños, luego solo pasaba a dejar dinero y se iba sin mirar a Mariana ni a mí.
Una tarde, mientras Mariana lavaba los platos y yo tejía en la sala, Alejandro llegó sin avisar. Su mirada era dura, casi desconocida.
—¿Así que ahora ella es tu hija? ¿Ya no te importa lo que yo siento?—
Me dolió escucharlo. Quise explicarle que no era así, que él siempre sería mi hijo, pero las palabras se me atoraron en la garganta. Sentí rabia y culpa al mismo tiempo. ¿Qué debía hacer? ¿Echar a Mariana y a mis nietos a la calle solo para recuperar a mi hijo?
Las semanas pasaron y la tensión creció como una sombra en la casa. Mariana intentaba no cruzarse con Alejandro cuando él venía, pero los niños corrían hacia él gritando «¡papá!» y él apenas los abrazaba antes de irse rápido. Una noche, después de acostar a los niños, Mariana se sentó conmigo en la mesa de la cocina.
—Carmen, si quieres que me vaya, lo entiendo. No quiero causarte problemas con Alejandro—.
La miré y vi en ella el reflejo de mi juventud: una mujer sola, luchando por sus hijos en una ciudad inmensa y cruel. No pude decirle que se fuera. No podía ser como todos los que me dieron la espalda cuando más lo necesité.
Pero Alejandro no lo entendía así. Un domingo, durante el almuerzo familiar que intenté organizar para unirnos otra vez, explotó todo.
—¡Esto es absurdo!— gritó Alejandro golpeando la mesa—. ¡No puedo venir a ver a mis hijos porque tú prefieres estar del lado de Mariana! ¡Eres mi madre!—
Los niños se asustaron y Mariana salió corriendo al patio con ellos. Yo me quedé sola frente a mi hijo, sintiendo cómo se rompía algo entre nosotros.
—Alejandro, yo te amo. Pero también amo a tus hijos y no puedo dejarlos desamparados— le dije con lágrimas en los ojos—. No es cuestión de elegir bandos. Es cuestión de humanidad.
Él me miró como si no me reconociera y se fue dando un portazo tan fuerte que hizo temblar las ventanas.
Desde ese día casi no lo veo. A veces llama para preguntar por los niños o para decirme que va a depositar dinero para ellos. Pero ya no viene a casa. Cuando le escribo mensajes preguntando cómo está o si quiere venir a cenar, solo responde con monosílabos o deja mis mensajes en visto.
Mariana ha encontrado trabajo en una papelería cerca de la casa y poco a poco ha recuperado algo de alegría. Los niños siguen creciendo entre risas y peleas infantiles, pero yo siento un vacío enorme cada vez que paso por el cuarto de Alejandro y veo sus cosas guardadas en cajas desde hace meses.
A veces me pregunto si hice bien o si debí pensar primero en mi hijo antes que en su exesposa y mis nietos. ¿Acaso una madre puede dejar de serlo solo porque su hijo ya es adulto? ¿O debe seguir protegiendo a los más vulnerables aunque eso signifique perder al propio hijo?
Anoche soñé con Alejandro pequeño, abrazándome fuerte después de una pesadilla. Me desperté llorando, preguntándome si algún día volverá a buscarme como antes o si ya lo he perdido para siempre.
¿Ustedes qué harían? ¿Es posible ser justa cuando el corazón está dividido entre el amor de madre y el deber con los nietos? ¿Vale la pena perder un hijo por hacer lo correcto?