Lágrimas sobre la tumba: El secreto de mi esposo Julián

—¿Por qué no me dijiste nada, Julián? —susurré, arrodillada frente a su tumba recién cubierta de tierra roja, mientras la lluvia golpeaba mi cabello y las lágrimas se mezclaban con el lodo. Nadie más quedaba en el panteón, solo yo, el eco de los rezos y ese silencio pesado que deja la muerte.

Hasta hace una semana, yo era simplemente Mariana, esposa de Julián Torres, madre de dos hijos y maestra en la primaria del pueblo. Nuestra vida en San Miguel del Alto era sencilla: tortillas hechas a mano, domingos de misa y tardes de fútbol en la plaza. Pero todo cambió la noche en que Julián no regresó a casa. Lo encontraron al amanecer, su camioneta volcada en la curva del río. Dicen que fue un accidente, pero desde entonces nada volvió a ser lo que era.

El día del velorio, mientras acomodaba las flores junto al ataúd, llegó una mujer desconocida. Morena, elegante, con un niño de unos seis años tomado de la mano. Se acercó despacio, sus ojos fijos en Julián. —Lo siento mucho, señora Mariana —me dijo con voz temblorosa—. Julián era un buen hombre… con todos nosotros. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

No entendí sus palabras hasta que vi cómo el niño abrazaba el féretro y lloraba llamando a Julián «papá». Mi suegra, doña Rosa, me jaló del brazo y me susurró: —No hagas escándalo aquí, hija. Hay cosas que es mejor no preguntar.

Pero yo no podía quedarme callada. Esa noche, después de que todos se fueron, busqué entre las cosas de Julián. Encontré cartas escondidas en una caja de galletas: palabras de amor para otra mujer, promesas de cuidar siempre a «su otro hijo». Sentí rabia, vergüenza y un dolor tan hondo que pensé que me ahogaría.

Los días siguientes fueron un desfile de secretos. Mi cuñada Leticia me confesó que Julián tenía otra familia en Tepatitlán desde hacía años. —Él decía que te amaba, pero también amaba a Lucía —me dijo—. No es justo, pero así son los hombres aquí…

No podía aceptar esa explicación. ¿Cómo podía haber compartido su vida entre dos hogares? ¿Cómo pudo engañarme tanto tiempo? Mis hijos, Ana Sofía y Emiliano, me preguntaban por qué papá tenía otro niño. Yo no sabía qué responderles.

En el pueblo comenzaron los murmullos. Las vecinas me miraban con lástima o con burla. En la tienda, doña Chayo me ofrecía café y me decía al oído: —No eres la primera ni serás la última, hija. Aquí los hombres siempre han tenido «su otra casa».

Pero yo no quería resignarme a esa realidad. Decidí buscar a Lucía. La encontré en una casita humilde al borde del pueblo vecino. Me recibió con miedo y dignidad. —Yo tampoco sabía que él seguía contigo —me dijo—. Me prometió que algún día estaríamos juntos…

Nos sentamos frente a frente, dos mujeres heridas por el mismo hombre. Hablamos toda la tarde: del amor, de las mentiras, de los sueños rotos. Lloramos juntas y nos abrazamos como hermanas.

Regresé a casa sintiéndome vacía pero también más fuerte. Sabía que tenía que reconstruir mi vida por mis hijos y por mí misma. Empecé a trabajar más horas en la escuela y a vender pasteles los fines de semana para salir adelante.

Un día, Ana Sofía me preguntó: —¿Mamá, tú todavía quieres a papá?

Me quedé callada un momento antes de responderle: —Lo quise mucho, hija… pero ahora me quiero más a mí misma.

La vida siguió su curso. Aprendí a vivir con el dolor y la traición. A veces todavía sueño con Julián y le pregunto por qué lo hizo. Pero ya no espero respuestas.

Hoy miro a mis hijos jugar en el patio y pienso en todo lo que he pasado. No soy la misma Mariana de antes; soy más fuerte, más libre y más consciente de lo que merezco.

¿Será que alguna vez llegamos a conocer realmente a quienes amamos? ¿O todos guardamos secretos detrás de una sonrisa? ¿Ustedes qué harían si descubrieran una traición así después de la muerte?