No habrá boda: la decisión que cambió mi vida
—¿Así que por fin te casas, Camila? —La voz de mi mamá, doña Teresa, retumbó en la cocina mientras revolvía el café con una cuchara de metal, como si quisiera mezclar también mis pensamientos. —¡Ay, hija! No sabes cuánto me alegra que Julián te haya pedido matrimonio. Ya era hora, ¿no crees? Las mujeres de tu edad ya tienen hijos, y tú apenas vas a empezar.
Sentí el nudo en la garganta. Miré el anillo en mi dedo, brillante y frío, como si no perteneciera a mi mano. Mi hermana menor, Valeria, me lanzó una mirada cómplice desde la mesa. Ella siempre supo leerme mejor que nadie.
—Mamá, no es tan sencillo —susurré, pero ella no me escuchó. Siguió hablando de los invitados, del vestido blanco que había guardado desde su boda, de cómo Julián era diferente a los demás hombres del barrio: trabajador, responsable, sin vicios. —No como tu papá —dijo bajito, pero lo suficiente para que yo lo escuchara.
La casa olía a pan dulce y café recién hecho, pero para mí todo tenía sabor a despedida. ¿De qué? No lo sabía aún. Quizás de mi libertad, de mis sueños, de la Camila que había imaginado cuando era niña y jugaba a ser periodista en vez de esposa.
—¿Y si no quiero casarme? —me atreví a decir, apenas un susurro. El silencio cayó como una losa. Mi mamá dejó la cuchara en la mesa y me miró con esos ojos negros que siempre exigían respuestas.
—¿Cómo que no quieres casarte? —preguntó, la voz temblando entre el enojo y el miedo. —¿Acaso Julián te hizo algo? ¿Te trata mal? Porque si es así, yo misma voy y le reclamo.
—No, mamá. Julián es bueno. Es solo que… —No pude terminar la frase. ¿Cómo explicarle que el problema no era Julián, sino yo? Que sentía que estaba viviendo la vida de otra persona, cumpliendo expectativas que no eran mías.
Valeria intervino, como siempre, para salvarme.
—Déjala, mamá. No todas quieren casarse tan jóvenes. Mira a la prima Lucía, se fue a estudiar a la capital y ahora trabaja en una revista. ¿Por qué Camila no puede hacer lo mismo?
Mi mamá bufó.
—Porque aquí las cosas son diferentes. Aquí una mujer sola no es bien vista. ¿O quieres que hablen de ti en la iglesia? ¿Que digan que eres una quedada?
Me levanté de la mesa y salí al patio. El sol caía fuerte sobre las bugambilias y el perro ladraba a los niños que jugaban en la calle. Cerré los ojos y respiré hondo. ¿De verdad quería casarme? ¿O solo quería dejar de ser motivo de preocupación para mi mamá?
Esa noche, Julián vino a verme. Traía una bolsa con pan dulce y una sonrisa cansada. Se sentó junto a mí en el porche y me tomó la mano.
—¿Estás bien? —preguntó. —Te noto distante.
—Julián… —empecé, pero él me interrumpió.
—Si no quieres casarte, dímelo. No quiero que lo hagas por compromiso o por tu mamá. Yo te amo, Camila, pero quiero que seas feliz.
Sentí las lágrimas arder en mis ojos. ¿Por qué era tan difícil decir lo que sentía? ¿Por qué me daba tanto miedo decepcionar a todos?
—No sé qué quiero —admití al fin. —Tengo miedo de arrepentirme después. De despertar un día y darme cuenta de que nunca viví mi propia vida.
Julián apretó mi mano.
—Yo también tengo miedo —confesó. —Pero prefiero que lo intentemos juntos, sin mentiras. Si necesitas tiempo, tómalo. Yo te espero.
Esa noche no dormí. Pensé en mi mamá, en su vida sacrificada por nosotras, en sus sueños truncados por un matrimonio temprano y un marido ausente. Pensé en Valeria y su rebeldía, en Lucía y su libertad en la capital. Pensé en mí y en todo lo que aún no había hecho.
Al día siguiente, reuní el valor para hablar con mi mamá.
—No habrá boda —dije, firme pero temblando por dentro.
Ella me miró como si no entendiera.
—¿Cómo que no habrá boda? ¿Qué le voy a decir a la familia? ¿A los vecinos? ¿A tu abuela?
—Diles la verdad —respondí. —Que necesito tiempo para saber quién soy y qué quiero. Que no quiero casarme solo porque todos esperan que lo haga.
Mi mamá lloró. Lloró por sus sueños rotos, por el qué dirán, por el miedo a que yo repitiera su historia o, peor aún, que la desafiara.
Valeria me abrazó fuerte esa noche.
—Eres valiente —me dijo al oído. —Ojalá yo tenga tu coraje cuando me toque decidir.
Julián se fue a vivir a otra ciudad poco después. Me dolió verlo partir, pero sentí alivio también. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que respiraba aire propio.
Pasaron los meses y las habladurías en el pueblo se apagaron poco a poco. Conseguí una beca para estudiar periodismo en la capital y empecé a escribir sobre mujeres como yo: mujeres que se atrevieron a romper el molde, aunque les costara lágrimas y soledad.
A veces vuelvo al pueblo y mi mamá me recibe con un abrazo largo y silencioso. Ya no hablamos de bodas ni de vestidos blancos. Hablamos de libros, de viajes, de sueños.
A veces me pregunto si hice bien. Si el precio de mi libertad fue demasiado alto. Pero luego veo a Valeria sonreír sin miedo y sé que valió la pena.
¿Y tú? ¿Alguna vez sentiste que vivías la vida que otros eligieron para ti? ¿Qué harías si tu felicidad dependiera de desafiarlo todo?