Un nuevo comienzo: La historia de Amar y su búsqueda de un hogar

—¡No quiero volver a ese lugar! —grité, mientras la trabajadora social intentaba calmarme en la puerta del hogar San Martín. Sentía el pecho apretado, como si el aire se negara a entrar. Tenía catorce años y acababa de regresar de la casa de los Fernández, la familia que supuestamente iba a adoptarme. Pero después de dos semanas, me devolvieron como si fuera un paquete defectuoso.

—Amar, tenés que entender… —intentó decirme la señora Marta, pero yo ya no escuchaba. ¿Cómo se supone que uno entiende que no lo quieren? ¿Cómo se aprende a no esperar nada de nadie?

Crecí en ese hogar de Buenos Aires desde que tengo memoria. Mi mamá murió cuando yo era muy chico y nunca conocí a mi papá. Los otros chicos iban y venían, algunos encontraban familias, otros se escapaban. Yo solo soñaba con tener una cama propia, alguien que me abrazara cuando tuviera miedo de las tormentas. Pero después del rechazo de los Fernández, algo dentro mío se rompió.

Las noches se hicieron más largas y los días más grises. Empecé a pelearme con los otros chicos, a contestar mal a las cuidadoras. Una tarde, mientras miraba por la ventana cómo llovía sobre el patio, escuché a Marta hablando con alguien en la oficina.

—Es un chico difícil, pero tiene un corazón enorme —decía ella—. Solo necesita una oportunidad.

No le di importancia hasta que esa misma semana llegaron Sanja y Darío. Ella era morocha, con ojos grandes y una sonrisa tímida; él tenía barba y hablaba con acento del interior. Me invitaron a tomar un helado en la esquina.

—Amar, sabemos que no es fácil confiar —dijo Sanja mientras me pasaba una servilleta—. Pero queremos conocerte, sin presiones.

Yo no respondí. Solo miraba cómo el helado se derretía entre mis dedos. ¿Por qué iban a ser diferentes? ¿Por qué no me devolverían como todos los demás?

Pasaron semanas de visitas: paseos por el parque Centenario, tardes de películas en su departamento pequeño en Almagro. Al principio no hablaba mucho, pero Darío siempre tenía alguna historia graciosa sobre su pueblo en Córdoba.

—¿Sabés qué es lo mejor de las sierras? —me preguntó una vez—. Que podés gritar bien fuerte y nadie te juzga.

A veces pensaba en gritar todo lo que tenía adentro: el miedo, la bronca, la tristeza. Pero solo apretaba los puños y sonreía por compromiso.

Un día Sanja me llevó a una librería y me regaló un cuaderno.

—Para que escribas lo que sentís —me dijo—. No tenés que mostrárselo a nadie si no querés.

Esa noche escribí por primera vez: «¿Por qué nadie me quiere? ¿Por qué siempre me dejan?» Las palabras salieron solas, como si hubieran estado esperando años para escapar.

Con el tiempo, empecé a confiar un poco más. Sanja cocinaba empanadas los domingos y Darío me enseñó a jugar al truco. Pero cada vez que sonaba el teléfono o discutían entre ellos, sentía el pánico subir por mi garganta. ¿Y si se cansaban de mí? ¿Y si también me devolvían?

Una tarde escuché una pelea fuerte desde mi cuarto.

—¡No podemos con todo! —gritó Darío—. Amar necesita más ayuda de la que pensábamos.

Sentí que el mundo se caía otra vez. Hice la valija con mis pocas cosas y salí al pasillo. Sanja me encontró antes de llegar a la puerta.

—¿A dónde vas? —preguntó, con lágrimas en los ojos.

—No quiero molestar más —le dije bajito—. Ya sé cómo termina esto.

Ella me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.

—No te vamos a dejar ir, Amar —susurró—. Somos familia ahora, aunque cueste, aunque duela.

Lloré por primera vez en años. Lloré por mi mamá, por los Fernández, por todos los «no» que había recibido. Y Sanja no me soltó hasta que me calmé.

Después de esa noche las cosas cambiaron. Empezamos terapia familiar; aprendí a decir lo que sentía sin miedo a ser rechazado. No fue fácil: hubo recaídas, peleas, silencios incómodos. Pero cada vez que dudaba, Sanja o Darío estaban ahí para recordarme que no estaba solo.

Un día Darío me llevó a las sierras de Córdoba. Subimos juntos hasta una piedra enorme y él gritó mi nombre al viento:

—¡Amar! ¡Sos parte de nuestra vida!

Me reí por primera vez sin miedo. Sentí que tal vez sí podía pertenecer a algún lugar.

Hoy tengo dieciocho años y sigo viviendo con ellos. No somos una familia perfecta: discutimos por la ropa tirada, por las notas del colegio, por las salidas con amigos. Pero cada noche sé que tengo un hogar al que volver.

A veces me pregunto: ¿Cuántos chicos como yo siguen esperando una oportunidad? ¿Cuántos corazones rotos necesitan solo un poco de paciencia y amor para sanar? ¿Y si todos nos animáramos a abrirle la puerta a alguien más?