Creía que su socio era como un hermano, hasta que unos movimientos en la cuenta le hicieron dudar de todo

Lo primero que perdí no fue dinero, aunque durante semanas eso fue lo único que miraba. Perdí la costumbre de abrir la aplicación del banco sin que se me cerrara el estómago.

Ahora, cuando pago una factura o veo un recibo devuelto, pienso dos veces. Es una tontería, supongo. Tengo 43 años, llevo media vida siendo autónomo y sé que los meses malos existen. Pero una cosa es ir justo y otra empezar a preguntarte si la persona que tiene acceso a tus cuentas te está diciendo la verdad.

Mi socio se llama Rubén. Bueno, era mi socio. También fue mi mejor amigo desde los diecisiete años. Crecimos en un barrio de Valladolid donde casi todos acabábamos trabajando en la fábrica, en un almacén o preparando oposiciones. Nosotros nos montamos una pequeña empresa de impresión y rotulación. Vinilos para comercios, camisetas para peñas, carteles, rótulos luminosos. Nada glamuroso, pero nos daba para vivir.

Yo llevaba presupuestos, proveedores y papeleo. Rubén era el que hablaba con la gente, medía fachadas, calmaba a los clientes cuando un rótulo llegaba tarde y era capaz de venderle una lona a alguien que había entrado solo a preguntar por unas pegatinas. Éramos bastante buenos juntos. Yo sin él habría sido demasiado seco; él sin mí, probablemente, habría cobrado la mitad de los trabajos y se habría olvidado de declarar la otra mitad.

Cuando llegó la pandemia estuvimos a punto de cerrar. Tiramos de la prestación, de un crédito ICO y de lo poco que teníamos guardado. A mí me dio miedo, claro, pero Rubén repetía que saldríamos. Y salimos. Con mascarillas impresas, mamparas de metacrilato y carteles de “aforo completo” para media provincia. Por eso me costó tanto admitir lo que estaba viendo el año pasado.

Todo empezó con un cargo de 1.280 euros a una empresa de recambios. No era proveedor nuestro. Pensé que sería un error de la app o que Rubén había comprado algo para la furgoneta. Él llevaba una Renault Trafic vieja que usábamos para montajes, y últimamente daba problemas.

Le pregunté sin demasiado drama, mientras comíamos un bocadillo de tortilla en el taller.

—Oye, ¿lo de Talleres Navas qué era?

Se quedó con el bocadillo a medio camino. Muy poco, apenas un segundo.

—Ah, sí. Lo de la furgoneta. Te lo iba a decir.

Y siguió hablando de una correa, del alternador, de que si no la arreglábamos nos dejaba tirados en cualquier montaje. Me pareció lógico. Ni siquiera comprobé la factura ese día.

El problema es que dos semanas después apareció otro pago parecido. Y luego una transferencia de 900 euros con el concepto “préstamo R.”. Ahí ya no quise preguntarle delante de nadie. Esperé a que cerráramos y le enseñé el móvil.

Rubén no negó que fuera suyo. Me dijo que su hermana, Lorena, estaba separándose, con dos niños pequeños, y que había tenido un problema con el alquiler. Que él iba a devolverlo en cuanto cobrara un trabajo grande que tenía por su cuenta los fines de semana.

Por su cuenta. Eso también me molestó, pero en ese momento lo que me salió fue otra cosa.

—¿Por qué no me lo has dicho?

—Porque sabía que te ibas a poner así.

No levantó la voz. Lo dijo cansado, como si yo fuera una complicación más. Y, de alguna manera, consiguió que me sintiera mezquino. Lorena siempre me había caído bien. Viuda no, separada, perdón; su ex era un impresentable, de esos que prometen pasar pensión y luego cambian de trabajo cada seis meses para no tener nada embargable. Yo también habría ayudado si Rubén me lo hubiese pedido.

Le dije que vale, pero que aquello tenía que quedar apuntado y que no podía volver a sacar dinero de la empresa sin hablarlo. Él me abrazó. Me llamó hermano. Esa palabra me dejó tranquilo durante un tiempo, y ahora me da hasta rabia reconocerlo.

A finales de verano el gestor nos pidió documentación para cerrar el trimestre. Yo entré en la cuenta con calma, buscando extractos, y vi cosas que no cuadraban. No eran grandes retiradas de película. Eran 300 euros aquí, 450 allí, gasolina en estaciones donde ninguno había estado trabajando, recibos de una financiera, pagos a Bizum que no tenían nada que ver con clientes.

Empecé a hacer una hoja de cálculo. Me da vergüenza decirlo porque parecía un detective de esos que no duermen, pero necesitaba verlo ordenado. Me repetía que habría explicaciones. Que igual yo no sabía de un gasto. Que Rubén había tenido a su padre enfermo durante meses y estaba desbordado. Que los papeles nunca habían sido lo suyo.

Aun así, los números sumaban más de 11.000 euros en un año.

No dormí casi nada aquella noche. Teníamos un préstamo a nombre de los dos. Pero, además, yo había puesto como avalista mi piso. Un piso pequeño en Parquesol que todavía estoy pagando y donde vivo solo desde que me separé de Marta. No es que fuera a quedarme en la calle al día siguiente, ya lo sé. Pero sentí que mi vida estaba en manos de decisiones que yo ni siquiera conocía.

Rubén llegó al taller a las ocho y cuarto, con café para los dos como siempre. Le pedí que cerrara la puerta de la oficina.

No fue una conversación limpia ni elegante. Él primero dijo que eran adelantos. Luego que algunas cosas eran gastos de trabajo. Después reconoció que había usado dinero para Lorena, para su padre y para tapar una deuda suya de antes, de cuando apostaba online. Me juró que no apostaba desde hacía meses.

Yo le pregunté por qué había puesto “préstamo R.” una vez y las otras veces había ocultado los conceptos.

—Porque sabía que no lo entenderías —me respondió.

Esa frase me encendió más que el dinero. No porque yo sea un santo. Yo también he sido egoísta, y cuando Marta y yo nos separamos me refugié demasiado en el trabajo. Pero no entendía que me dejara fuera y, al mismo tiempo, hablara de nuestra empresa como si fuera una caja común para todo lo que ocurriera en su familia.

Él decía que una familia no se abandona por una factura. Yo le decía que mi casa también era una familia, aunque viviera yo solo, y que no tenía derecho a decidir por mí cuánto riesgo asumía.

Aquella mañana llamé al gestor y pedí que bloqueáramos las tarjetas y cambiáramos los accesos. Lo hice delante de Rubén. Todavía recuerdo su cara, más herida que agresiva. Me dijo que lo estaba tratando como a un ladrón.

Y yo le contesté algo horrible: que si había cogido dinero sin permiso, no sabía cómo debía llamarlo.

No estoy orgulloso de esa frase. Tampoco de haber avisado a Lorena. Lo hice porque ella me escribió llorando, convencida de que yo estaba echando a su hermano por un malentendido. Le dije que no podía seguir prestándole a Rubén a través de la empresa. Ella me contestó que no le había pedido nada y que buena parte del dinero ni siquiera había llegado a ella.

Ahí fue cuando entendí que yo llevaba meses aceptando una versión porque me convenía creerla.

No denuncié. El gestor nos preparó una separación de la sociedad que fue lenta, cara y bastante triste. Vendimos parte de las máquinas, pagamos proveedores y renegociamos el préstamo. Rubén firmó un documento reconociendo una deuda conmigo. De momento me ha ingresado tres cuotas pequeñas. Algunas llegan tarde. Otras no llegan y tengo que escribirle.

Hace dos domingos me mandó una foto de su padre con sus nietos en el parque. Sin texto. No supe qué contestar. Miré la imagen varias veces y al final puse: “Me alegro de que esté bien”.

No hemos vuelto a hablar de nosotros.

El martes tengo que llevar la furgoneta al taller, precisamente a cambiar una pieza que hace un ruido raro. Ya no está rotulada con nuestro nombre. La uso para terminar los encargos que me quedan y decidir si sigo solo o si busco trabajo para otro.

Aún no lo sé. De momento, cada mañana, antes de levantar la persiana, reviso que las llaves estén en mi bolsillo.