Dejó de ir a las comidas de los domingos y descubrió que la paz también puede sentirse como quedarse fuera
Todavía tengo silenciado el grupo de WhatsApp de mi familia. No lo he abandonado, aunque más de una vez he estado a punto. Se llama “Domingos en casa de mamá”, con un emoji de una paella que puso mi hermana hace años. Ahora mismo hay 187 mensajes sin leer.
Sé que estarán hablando de si compran cordero o paletilla para Nochebuena, de quién recoge a mamá, de que mi sobrino quiere una consola. Cosas normales. O igual no. Desde hace meses, cada vez que veo el icono verde me entra como un cansancio en el pecho, una cosa muy tonta y muy grande a la vez.
Tengo 48 años, estoy divorciado y vivo solo en un piso de alquiler en Carabanchel. Trabajo en una empresa de mantenimiento de ascensores. No me va mal, sin tirar cohetes. Mi hija, Lucía, tiene diecinueve y estudia en Valencia. Nos vemos cuando puede y hablamos bastante, pero ya tiene su vida. Como debe ser.
Durante mucho tiempo, mi familia fue mi sitio fijo. Mi madre, mis dos hermanas, sus parejas, los críos. Todos los domingos, salvo que alguien tuviera gripe o se fuera de puente, comíamos en casa de mi madre en Usera. Yo llevaba el pan de la tahona de la esquina porque a ella le gustaba ese, aunque luego decía que estaba demasiado hecho. Siempre había una discusión pequeña sobre algo: que si el coche de mi cuñado, que si mi hermana Ana había llegado tarde, que si mamá había echado demasiada sal.
Nada raro. Familias.
Mi padre murió hace siete años. Después de eso, creo que todos nos agarramos más a aquella rutina. Mi madre tiene 76, está bastante bien para su edad, aunque ya se le olvidan algunas cosas. Le cuesta reconocerlo. Si se deja las llaves dentro dice que fue por ir con prisa, aunque no tenga ningún sitio al que ir.
El problema fue mi cuñado Sergio, el marido de mi hermana Ana. Y digo problema, aunque me da hasta rabia escribirlo así, porque Sergio también ha tenido momentos buenos conmigo. Cuando me separé de Marta, fue él quien vino una tarde a ayudarme a bajar cajas al trastero. No me soltó ningún discurso. Compró cervezas, pidió unas pizzas y ya está. Eso no se me olvida.
Pero lleva años bebiendo demasiado. No todos los días, supongo. O no delante de nosotros. En las comidas familiares empezaba con vino y terminaba hablando demasiado alto. A veces se ponía pesado, a veces desagradable. Se reía de Ana por cualquier tontería: por cómo había hecho las patatas, por el peso, por lo que cobraba. Ella se reía también, pero de esa forma que no es reírse, con la mirada puesta en el plato.
Los demás hacíamos lo de siempre. Cambiar de tema. Decir “venga, Sergio, no empieces”. Poner a los niños delante de la tele. Mi madre, sobre todo, decía que no quería líos en su casa.
Yo también lo hacía. Durante años.
La última vez fue en abril. Estábamos comiendo lentejas y Sergio empezó a meterse con mi sobrina Irene, que tiene catorce años y es bastante callada. Había suspendido matemáticas. Él le dijo que era igual de inútil que su madre para los números y que, si seguía así, acabaría “sirviendo cafés toda la vida”.
Irene no lloró. Eso fue casi peor. Se quedó con la cuchara en la mano, sin levantar la cabeza.
No sé por qué ese día me saltó todo. A lo mejor porque Lucía estaba allí. Había venido el fin de semana y se sentaba al lado de Irene. A lo mejor porque pensé que mi hija llevaba oyendo esas cosas desde pequeña y yo jamás había hecho nada de verdad.
Le dije a Sergio que se callara.
No grité al principio. Le dije que no volviera a hablar así a la niña. Él se rio y me preguntó desde cuándo era yo el defensor de nadie. Luego soltó una de esas frases que se quedan flotando, aunque nadie quiera repetirlas.
Mi madre dijo: “Por favor, en mi casa no”.
Y ahí perdí los papeles. Le dije que precisamente en su casa era donde no tendríamos que permitirlo. Que todos llevábamos años haciendo como que Sergio era un poco bruto, un poco pesado, como si aquello no hiciera daño a nadie.
Ana se puso blanca. No me miraba. Sergio se levantó, tiró la servilleta encima de la mesa y dijo que yo estaba aprovechando su problema con Marta para dar lecciones.
Eso también me dolió porque algo de razón tenía. Desde el divorcio me había vuelto muy susceptible con ciertas cosas. Me veía como el tío responsable, el que escucha, el que no monta escándalos. Y seguramente aquella imagen también me convenía.
Me fui sin recoger mi plato. Es una chorrada, pero aún lo pienso. Mi madre me llamó por la tarde. No para preguntarme cómo estaba Irene. Me llamó para decirme que había sido un disgusto muy grande y que tenía que pedir perdón para que las cosas volvieran a su sitio.
Le pregunté si Sergio iba a pedir perdón a Irene.
Hubo silencio. Después me dijo: “No compliques más las cosas, hijo”.
Durante unas semanas no fui a comer. Pensé que alguien me llamaría de otra manera, no para convencerme de volver, sino para hablar. Mi hermana pequeña, Bea, me mandó un audio diciendo que entendía mi enfado, pero que Ana ya tenía bastante con lo suyo y que lo último que necesitaba era que la familia se dividiera.
Ana no me llamó. Le escribí dos veces. Una me respondió con un “ahora no puedo, luego hablamos”. La otra ni siquiera la abrió hasta días después.
Lucía fue muy clara conmigo. Me dijo que había hecho bien, pero también me preguntó por qué había esperado tanto. No supe qué contestarle. Porque quería a mi madre. Porque no quería que mis sobrinos pasaran malos ratos. Porque los domingos eran lo único que quedaba parecido a una familia desde que murió mi padre. Porque es más fácil pensar que no es asunto tuyo.
En junio, Ana me mandó una foto de Irene con el vestido de graduación de la ESO. Solo la foto, sin texto. Le contesté que estaba guapísima. Me puso un corazón. No hemos hablado de nada más.
He sabido por Bea que Sergio empezó a ir a terapia, aunque no sé si es verdad o si duró dos semanas. También me ha dicho que en casa de mi madre procuran que no beba. La palabra “procuran” me dejó frío. Como si fuera cuestión de poner menos botellas en la mesa y ya.
Mi madre me llama algunos jueves. Hablamos del médico, de una vecina que se ha roto la cadera, de que el precio de la luz es un abuso. Nunca llega a decir “vuelve”. Yo tampoco digo “quiero volver”. Damos vueltas alrededor de eso como dos idiotas.
Hay domingos que me hago arroz para mí solo y estoy tranquilo. De verdad tranquilo. Pongo la radio, recojo sin prisa, a veces bajo a dar una vuelta por Madrid Río. Nadie me exige que sonría para que no se note nada.
Pero otros domingos abro el grupo, leo cuarenta mensajes atrasados y veo una foto borrosa de todos alrededor de la mesa. Entonces noto una punzada absurda. No exactamente por Sergio. Ni siquiera por las lentejas de mi madre.
Es por saber que siguen teniendo una vida en la que yo ya no sé bien dónde encajo.
Este domingo mi madre me ha escrito por privado: “El día 24 ven aunque sea a tomar café”.
Aún no le he respondido. He dejado el móvil boca abajo sobre la encimera y me he puesto a fregar una taza que estaba limpia.