Mi suegra nos cerró la puerta cuando íbamos a perder el piso… y ahora llama a la nuestra con una maleta

La maleta de mi suegra sigue en el cuarto pequeño, al lado de la bicicleta estática que compramos en pandemia y que ahora solo usa mi marido para colgar camisas. Es una maleta azul marino, bastante buena, de esas rígidas que parecen hechas para durar toda la vida.

Cuando la vi en el rellano, me quedé mirando las ruedas. Una tenía un hilo de pelo enganchado. Me fijé en esa tontería porque, si miraba a Carmen a la cara, sabía que se me iba a notar todo.

—Es solo hasta que se arregle lo del alquiler —me dijo David, en voz baja, como si ella no estuviera a dos metros.

Carmen asentía con la boca apretada. Llevaba un abrigo beige que había visto mil veces en comidas de Navidad, y una bolsa de Mercadona con medicinas, un neceser y algo que parecía un marco de fotos envuelto en una camiseta.

Han pasado tres meses desde aquel día. Se suponía que iban a ser dos o tres semanas. Luego apareció un problema con la fianza, después que la habitación que había encontrado era interior y “muy triste”, y después que no le llegaba con la pensión y lo que le quedaba ahorrado. Cada vez que hablamos del tema, David termina diciendo que ya veremos.

Y yo, que al principio me prometí que no iba a sacar el pasado, lo tengo cada vez más presente.

Hace seis años, David y yo estábamos a punto de perder este piso. No era una manera de hablar. Teníamos dos cuotas de hipoteca sin pagar y la tercera se nos venía encima. David trabajaba entonces en una empresa de montajes para ferias y congresos. Cuando empezaron a cancelar eventos, lo mandaron al ERTE y luego directamente fuera. Yo tenía una tienda de ropa infantil con una amiga en Carabanchel. No cerramos de un día para otro, pero casi. Había días que abríamos para vender dos pares de calcetines y una diadema.

Yo no dormía. Hacía cuentas en cualquier sitio: en el autobús, mientras ponía una lavadora, en la cola de la farmacia. Dejé de encender la calefacción salvo por la noche. Vendimos mi coche, que era viejo, pero estaba pagado. Mi padre nos dejó mil euros sin decirlo siquiera como préstamo, aunque él tampoco iba sobrado. Aún me da vergüenza pensar que acepté aquel dinero.

La única persona de la familia que tenía ahorros era Carmen. Lo sabía todo el mundo. Había vendido el piso de su madre en Albacete, tenía una pensión decente de viudedad y siempre decía que no gastaba mucho porque “para cuatro cosas que necesita una persona sola…”.

David tardó semanas en llamarla. Le daba una vergüenza horrible. Yo le decía que no teníamos por qué pedirle nada, que ya buscaríamos otra solución, aunque no sabía cuál. Al final fuimos a su casa un domingo. Llevamos una tortilla y una botella de vino barato, como si fuéramos a comer tranquilamente.

David le explicó que necesitábamos ocho mil euros. No para irnos de viaje, ni para cambiar de coche. Era para ponernos al día y poder respirar hasta que él encontrara algo estable. Le dijimos que se lo devolveríamos cada mes, que podíamos firmar lo que hiciera falta.

Carmen no levantó la voz. Ni se enfadó. Casi habría preferido eso.

Dijo: “Yo no me meto en problemas de parejas”.

Luego dijo que sus ahorros eran para su vejez, que ella había trabajado toda la vida y que no iba a quedarse sin nada por decisiones que no eran suyas. David intentó explicarle que no le estábamos pidiendo que nos mantuviera. Ella miraba el mantel y repetía que lo sentía, pero que no.

Al salir de allí, David condujo sin hablar. Yo aguanté hasta que llegamos al aparcamiento y entonces lloré de una forma bastante fea, con hipo y sin poder respirar bien. No era solo el dinero. Era que, en el fondo, yo pensaba que si la familia veía que te estabas hundiendo, al menos intentaba sujetarte un poco.

No perdimos el piso, aunque por poco. David enlazó trabajos de reparto y montajes. Yo cerré la tienda y entré en una gestoría llevando facturas, primero por horas y luego con contrato. Refinanciamos una parte de la hipoteca. Durante dos años no fuimos a cenar fuera, no tuvimos vacaciones y discutimos muchísimo. Pero salimos.

Con Carmen la relación quedó rara. Correcta, supongo. Cumpleaños, comidas señaladas, algún café. Ella actuaba como si aquello no hubiera pasado. David también, porque es así: se traga las cosas hasta que parecen desaparecer. Yo no podía. No montaba escenas, pero me costaba estar cerca de ella.

Lo que le ha ocurrido ahora tampoco me alegra. Su pareja de los últimos años, un hombre al que conoció en un viaje del Imserso, la convenció para meterse en una inversión de apartamentos turísticos con un sobrino suyo. Yo no entiendo muy bien cómo fue, ni siquiera creo que David lo sepa todo. Perdió dinero, después vendió su piso para cubrir deudas y, cuando aquello se vino abajo, ya no tenía casi nada.

Me da pena. De verdad. Carmen tiene setenta y cuatro años, dolores en la cadera y un miedo enorme a quedarse sola. Algunas noches la oigo ir al baño despacio, arrastrando las zapatillas, y se me encoge algo por dentro.

Pero también me cuesta verla abrir la nevera y decir que el yogur que compro no le gusta. Me cuesta que ponga la tele alta desde las ocho de la mañana. Me cuesta que llame a David al trabajo para contarle que he dejado una ventana entreabierta o que una vez llegué veinte minutos tarde porque fui a tomar un café con una compañera.

La semana pasada encontré mis papeles de la hipoteca encima de la mesa del comedor. Los había sacado de un cajón del aparador buscando, según ella, una bombilla de repuesto. No sé qué hacía mirando aquello. Me puse muy nerviosa.

—No tienes que tocar nuestras cosas —le dije.

Ella se quedó pálida y respondió que solo quería entender por qué íbamos tan justos si los dos trabajábamos. Fue una frase pequeña, dicha casi sin pensar, pero a mí me llevó de golpe a aquel domingo en su casa.

Le dije que precisamente porque sabíamos lo que era ir justos, habíamos puesto condiciones. Que podía quedarse hasta finales de mes, que ayudaríamos a buscar una habitación o una residencia pública si le correspondía, que David hablaría con la trabajadora social del centro de mayores. Pero que nuestra casa no podía convertirse en una solución indefinida.

David llegó cuando ya estábamos las dos calladas. Carmen estaba llorando en la cocina, sin hacer ruido. Él me miró como si yo hubiera sido cruel. Y quizá lo fui un poco.

Esa noche discutimos. Él me dijo que no podía echar a su madre. Yo le contesté que no quería echarla, que quería saber cuándo iba a terminar esto y qué parte de nuestra vida pensaba seguir sacrificando. Le recordé lo que pasó con la hipoteca. Él se quedó callado bastante rato y luego dijo algo que me dolió más de lo que esperaba:

—No me recuerdes que no nos ayudó como si a mí no me hubiese destrozado también.

Al día siguiente me pidió perdón por el tono. Yo también. No hemos solucionado nada.

Hoy David ha venido con unos formularios para pedir ayuda al alquiler y una lista de habitaciones que le ha pasado una compañera. Carmen ha dicho que las mirará. Lo ha dicho sin mucha convicción, pero las ha dejado encima de la mesa, no las ha tirado.

Dentro de dos semanas vence el plazo que acordamos. Y yo sigo sin saber si, cuando llegue el día, vamos a mantenerlo o si volveremos a aplazarlo otra vez.