Su ex volvió a llamar una noche, diciendo que no tenía a dónde ir… y él descubrió que la paz que había conseguido aún era más frágil de lo que pensaba
La llamada entró a las dos y diecisiete de la madrugada. No sé por qué miré el nombre antes de dejar que sonara. Supongo que porque llevaba tanto tiempo sin verlo en la pantalla que, durante un segundo, pensé que era algún fallo del móvil.
Era Andrés.
Habían pasado casi dos años desde que nos separamos. Dos años desde que recogí mis cosas de nuestro piso de alquiler en Lavapiés, me fui una temporada al sofá de mi hermana en Carabanchel y empecé de cero en una habitación que olía a pintura reciente y a incienso barato. A esas alturas yo ya tenía otro trabajo, otro barrio, una rutina bastante aburrida que me gustaba mucho precisamente por eso.
Dormía bien. O casi siempre.
No contesté la primera llamada. Tampoco la segunda. A la tercera, ya estaba sentado en la cama, con el corazón acelerado y esa sensación antigua de que algo malo estaba a punto de pasar aunque no supieras qué.
—¿Qué ocurre? —dije.
Al principio no contestó. Se oía tráfico, una moto pasando, viento. Luego respiró fuerte.
—No tengo a nadie a quien llamar, Dani.
Lo dijo como si no hubiera pasado el tiempo. Como si no hubiéramos terminado una relación de seis años en la que yo había acabado pidiendo perdón por cosas que ni siquiera había hecho. Como si no hubiera cambiado de número dos veces porque él aparecía cada pocos meses, primero arrepentido, después enfadado, después hundido otra vez.
Me contó que había discutido con su novio. Que se había ido del piso. Que llevaba horas andando y no tenía dinero para un hostal. No entró en muchos detalles, y eso me inquietó más. Andrés siempre había sido muy bueno contando lo justo para que yo rellenara el resto con preocupación.
Le pregunté dónde estaba.
—Por Atocha. Pero no hace falta que vengas. Ya sabía que no ibas a querer saber nada de mí.
Esa frase me dejó helado. No porque fuera especialmente cruel. Porque era exactamente la clase de frase que antes me hacía salir corriendo. Muchas noches de nuestra relación habían empezado así: una llamada, un “da igual”, un “olvídalo”, y luego yo cruzando Madrid con el abrigo encima del pijama para encontrarlo llorando en un portal o sentado en un banco, prometiendo que esta vez iba a buscar ayuda.
Y, claro, yo iba.
Al principio lo hacía porque le quería. Después, creo que lo hacía porque me aterraba que le ocurriera algo y sentir que era culpa mía. Cuando se puso peor, cuando mezclaba alcohol con pastillas para dormir o desaparecía durante días, mi vida empezó a organizarse alrededor de sus crisis. Cancelaba cenas. Inventaba excusas en el trabajo. Estaba pendiente del teléfono hasta en la ducha.
No todo fue horrible, y eso es lo que más me costó explicar a la gente. Andrés podía ser divertido, atento, brillante. Sabía hacer tortilla de patata sin cebolla, que es como me gusta a mí, y se acordaba de las fechas que yo olvidaba. Cuando estaba bien, yo me convencía de que lo demás era temporal, de que bastaba con aguantar un poco más.
Pero la última vez que vivimos juntos rompió un vaso contra la pared durante una discusión. No me lo tiró a mí. Nunca llegó a pegarme. Aun así, el ruido se me quedó dentro. Después se cortó al recoger los trozos y acabé curándole la mano mientras él lloraba y me decía que yo sacaba lo peor de él.
Tardé meses en asumir que no tenía que haber una agresión clara, ni una historia fácil de contar, para que algo me estuviera haciendo daño.
Aquella madrugada, con Andrés al teléfono, llamé a mi hermana. Eran casi las tres. Me lo cogió a la segunda.
—¿Ha pasado algo?
Le conté lo mínimo. Ella se quedó callada unos segundos.
—Daniel, ayudar no es volver a meterle en tu vida.
—Ya, pero está en la calle.
—Pues dile que llame al 112 si está en peligro, o que contacte con alguien de su entorno. Pero tú no vayas solo a buscarle. No otra vez.
Me molestó que dijera “otra vez”. Me molestó porque tenía razón.
Volví a hablar con él. Le ofrecí pedirle un taxi hasta un hostal y pagarle una noche. También le dije que podía llamar a un amigo suyo, a su madre, a quien fuera. Se puso frío de golpe.
—No quiero tu dinero.
—No es por dinero, Andrés. Es que no puedo llevarte a casa.
—Claro. Ahora soy un problema que se paga y se manda lejos.
Noté cómo se me cerraba la garganta. Una parte de mí quería explicarle todo con calma. Decirle que no era eso, que me preocupaba, que no le deseaba ningún mal. La otra parte estaba agotada antes incluso de hacer nada.
—No voy a discutir contigo a estas horas —le dije—. Si necesitas que llame a emergencias, lo hago. Si quieres el taxi, también. Pero no voy a ir.
Se rió, pero sin humor.
—Estás muy cambiado.
No contesté. Después dijo “vale” tan bajo que casi no lo oí. Aceptó el taxi. Le mandé el enlace para reservarlo y esperé a que me escribiera al llegar. No lo hizo.
A las seis y pico recibí un mensaje: “Ya estoy. Perdona por molestarte”. Nada más.
No dormí. Al día siguiente fui a trabajar como un zombi. En la tienda de instrumentos, un cliente me preguntó tres veces si unas cuerdas servían para una guitarra clásica y yo no entendía la pregunta. A media mañana me encerré cinco minutos en el almacén y lloré, pero no exactamente por Andrés.
Lloré porque me sentía culpable. Porque una parte de mí seguía creyendo que dejar de sostenerle era abandonarle. Y también lloré de alivio, que me dio bastante vergüenza reconocer.
Desde entonces hemos intercambiado pocos mensajes. Sé por una amiga común que volvió con su madre a Alcalá durante unas semanas y que está intentando arreglar algunas cosas. No sé si es verdad del todo. Con Andrés aprendí que las noticias siempre llegaban a medias.
Aún tengo su chat archivado. No lo he bloqueado. Mi terapeuta dice que no tengo por qué decidirlo todo de una vez, y me aferro bastante a eso.
Pero desde aquella noche vuelvo a mirar el móvil antes de dormir. Lo pongo boca abajo en la mesilla y compruebo dos veces que tiene sonido. No por si llama él, me digo.
Aunque sé que, en parte, sí.