Empecé a dormir con las llaves puestas por lo que ocurría al otro lado del rellano
Desde hace dos meses dejo la llave puesta por dentro por las noches. No porque haya pasado nada concreto en mi piso, al menos nada que pueda contar como un hecho. Es más bien una sensación. La de que el rellano, que antes era una parte aburridísima del edificio, con el felpudo de los vecinos y las bombillas con temporizador, se ha convertido en un sitio donde intento no coincidir con nadie.
Vivo solo en un tercero sin ascensor en Carabanchel. Tengo 46 años y trabajo en mantenimiento de una residencia de estudiantes. No gano una barbaridad, pero después de años compartiendo piso y de una separación bastante fea, este alquiler me parecía un lujo: dos habitaciones pequeñas, una cocina que da a un patio interior y silencio. Sobre todo silencio.
Al piso de enfrente se mudaron Marta y su pareja, Iván, a finales de otoño. Ella tendrá treinta y pocos, calculo. Coincidimos una vez bajando la basura y se ofreció a sujetarme la puerta porque yo llevaba dos bolsas y el cartón. Muy normal todo. Él casi nunca saludaba. No lo digo como acusación; hay gente seca y ya está. Yo tampoco soy precisamente el alma de las reuniones de vecinos.
Las primeras broncas las escuché en diciembre. Al principio no les di mucha importancia. Se oía poco, frases sueltas, una puerta cerrándose demasiado fuerte. En Madrid se escucha la vida de los demás aunque no quieras: la cafetera a las siete, el niño que no encuentra la mochila, una tos detrás de una pared.
Pero una noche me despertó un golpe. Miré el móvil: las tres y veinte. Después oí a él decir algo que no entendí y a ella llorar, muy bajito. Me levanté, fui al baño y me quedé allí, como si eso tuviera algún sentido. Recuerdo que me lavé las manos sin necesitarlo. Abrí el grifo para no escuchar mejor.
Al día siguiente me encontré a Marta en el portal. Llevaba gafas de sol, aunque estaba nublado. Me preguntó si sabía si el cubo amarillo se sacaba ese día. Le dije que sí, creo. No estoy seguro ni de eso. Quise preguntarle si estaba bien, pero me sonó ridículo en la cabeza. ¿Qué le iba a decir? “Perdona, te he oído llorar a las tres de la mañana”. Así que no dije nada.
A partir de ahí empecé a estar pendiente, que es una cosa agotadora. No quería estarlo, pero lo estaba. Si llegaba del trabajo y escuchaba voces, dejaba la compra en el suelo del recibidor y me quedaba quieto. Si había silencio, me parecía peor, porque me imaginaba cosas. Hubo semanas en las que no pasó nada. O no pasó nada que yo oyera. Entonces me sentía un poco imbécil por haber convertido a un tipo antipático en una amenaza dentro de mi cabeza.
Una tarde, Iván llamó a mi puerta.
—Oye, ¿tú has llamado a la Policía alguna vez por ruidos?
Me quedé helado. Lo primero que pensé fue que alguien del edificio había llamado y él estaba preguntando puerta por puerta. Le dije que no.
—Es que la gente se aburre mucho —dijo—. Y luego vienen aquí como si uno fuera un delincuente por discutir en su propia casa.
No respondí. Él sonrió, pero no de forma amable. Antes de irse, añadió:
—Bueno, tú pareces un tío tranquilo.
Cerré y puse el pestillo. Luego me dio vergüenza haberlo hecho. Me senté en el sofá, con la tele encendida sin volumen, pensando que igual él no había querido amenazarme. Igual solo estaba enfadado. Igual yo estaba exagerando porque, desde que me separé, cualquier ambiente de tensión me pone nervioso.
Mi ex decía que yo evitaba los problemas hasta que se pudrían. Y tenía parte de razón. Cuando empezamos a discutir por dinero y por la casa, yo me encerraba en el despacho a “darle una vuelta”, que era una manera bastante cobarde de no hablar. No quiero presentarme como alguien valiente ahora porque no lo soy.
El caso es que, unos días después, escuché un grito muy claro. El nombre de él. Luego un golpe seco, como de algo cayendo contra un mueble. Llamé al 091. Me preguntaron la dirección, el piso, si había visto algo. Dije que no, que solo se oían gritos y golpes.
Mientras hablaba, me temblaban tanto las manos que tuve que sentarme en el suelo del pasillo.
Vinieron dos agentes. Llamaron a su puerta. No sé qué dijo Marta, porque apenas abría. Iván hablaba alto, con esa voz de persona que quiere que todos sepan que está siendo razonable. “Una discusión, nada más”. Los agentes estuvieron poco rato. Uno bajó primero y el otro se quedó un minuto más. Después se fueron.
A la mañana siguiente encontré una nota debajo de mi puerta. No ponía mi nombre.
“Hay gente que debería ocuparse de su vida.”
Podía haberla dejado cualquiera. Algún vecino harto de los ruidos, alguien que pensase que yo era el que llamaba a la Policía por todo. Pero yo supe de dónde venía. O creí saberlo, que a estas alturas casi da igual, porque desde entonces me sobresalto cada vez que alguien sube las escaleras.
No he vuelto a ver a Marta a solas. Hace una semana la escuché entrar y salí casi corriendo con una excusa absurda, una bolsa de reciclaje que ni siquiera estaba llena. Ella llevaba una pequeña herida en el labio. No sé si fue un golpe, una caída, cualquier otra cosa. Me miró y bajó la vista.
Le dije: “Si necesitas algo, estoy enfrente”. Eso fue todo.
Ella asintió. Ni siquiera abrió la boca.
Me quedé en el rellano hasta que cerró su puerta. Luego tiré la bolsa al contenedor y volví a casa. Esa noche puse la llave por dentro, comprobé dos veces que el pestillo estuviera echado y dejé el móvil cargando en la mesilla.
Desde entonces, cuando oigo pasos al otro lado, no sé si espero que ella llame a mi puerta o si tengo miedo de que lo haga.