“Si no lo hace él, nadie sabe hacerlo”: el día que Javier entendió que su familia ya no le preguntaba cómo estaba

Me di cuenta de que algo no iba bien el día que tuve fiebre y mi hermana me llamó para preguntarme si podía llevar a mi madre a que le mirasen una herida del pie.

No me preguntó cómo estaba. Ni siquiera fue a mala idea, estoy seguro. Me dijo directamente:

—Javi, a las once tiene cita en el centro de salud. No llego desde la oficina. ¿Puedes?

Yo estaba en el sofá con una manta, sudando y con el móvil cargando en el suelo. Me había hecho un test de covid por si acaso, aunque salió negativo. Le dije que no me encontraba muy fino, esperando que me contestara algo como “pues deja, ya busco yo la manera”.

Hubo un silencio corto.

—Bueno, si no puedes, no puedes. Pero es que mamá se pone nerviosa con estas cosas y contigo se calma.

Al final la llevé.

Tengo 61 años, estoy prejubilado desde hace tres. Trabajé casi toda mi vida en mantenimiento de una fábrica de componentes en Fuenlabrada. No era ningún puesto brillante, pero era mi sitio. Sabía qué máquina hacía ese ruido raro, dónde se atascaba una puerta, a quién había que llamar cuando fallaba algo que yo no podía arreglar. Cuando cerraron una línea y ofrecieron salidas anticipadas, acepté porque en casa parecía una oportunidad. Tenía algo ahorrado, no quería acabar en otro turno de noche y mi madre ya empezaba con achaques.

Los primeros meses fueron raros. Mi exmujer, Pilar, y yo llevábamos separados bastante tiempo, mi hija vive en Alcalá con su novio y tiene su vida. De repente tenía mañanas enteras vacías. Me apunté a natación, intenté aprender a cocinar dos cosas que no fueran lentejas y filetes, y hasta fui dos veces a un grupo de senderismo. No encajé mucho. La gente era amable, pero yo volvía a casa pensando que había pasado cuatro horas hablando del tiempo y de rodillas operadas.

Entonces mi madre se cayó en el portal. No se rompió nada, por suerte, pero desde aquel día empezó a andar con más miedo. Mi hermana, Nuria, vive a veinte minutos de ella y trabaja en una gestoría. Mi hermano pequeño, Rubén, está en Guadalajara y tiene dos críos. Sin que nadie lo decidiera del todo, yo empecé a ocuparme de muchas cosas.

Al principio me venía bien. Iba con mi madre a las revisiones, le organizaba las pastillas en una caja de esas con los días de la semana, bajaba a por la compra, hablaba con el seguro cuando tuvo una fuga en el baño. Cosas normales. Ella me hacía café, me guardaba croquetas y decía a las vecinas que menos mal que tenía un hijo apañado.

Eso, aunque me dé vergüenza reconocerlo, me gustaba.

No porque quisiera una medalla. Pero después de dejar el trabajo, volver a sentir que alguien contaba conmigo me sostuvo bastante. Había días en que me despertaba con una lista de cosas por hacer y me parecía que todavía tenía un sitio claro en alguna parte.

El problema fue que la lista dejó de ser mía.

Nuria empezó a mandarme capturas de pantalla por WhatsApp: una factura que no entendía, la fecha para renovar el bono de transporte de mamá, un enlace de una tienda porque necesitaba una silla de ducha. Rubén escribía menos, pero cuando lo hacía era para pedir algo concreto: “¿Puedes mirar si la caldera hace ruido?”, “¿Te viene bien quedarte el sábado con mamá? Vamos a ir al cumple de la niña”.

Nunca lo decían de forma desagradable. Precisamente por eso tardé tanto en enfadarme. Siempre venía con un “ya que tú tienes más tiempo” o “es que tú sabes hablar con ella”.

Y era verdad que tenía más tiempo. O al menos ellos lo veían así.

Un martes tenía una revisión del dentista a las doce. La había pedido hacía casi dos meses porque se me había roto una muela y me daba una pereza horrible ir. A las diez y media me llamó mi hermana. Mi madre se había quedado sin una pastilla para la tensión. Según Nuria, en la farmacia le habían dicho que necesitaban receta electrónica activa o algo así. Me pidió que fuera a casa de mamá, cogiera la tarjeta sanitaria y me acercara al centro de salud a preguntar.

Le dije que tenía dentista.

—Pero eso lo puedes cambiar, ¿no? Lo de mamá es importante.

Cancelé el dentista. Luego resultó que la receta sí estaba, que la farmacéutica había mirado mal o mi madre se había liado al explicarlo. No fue una tragedia. Pero al volver a mi coche me quedé sentado con la bolsa de la farmacia en el asiento del copiloto y me entró una rabia absurda.

No por la pastilla. Por la facilidad con que todos daban por hecho que yo podía mover mi vida como una ficha.

Esa tarde llamé a Nuria y le dije que teníamos que organizarnos de otra manera. Ella se molestó enseguida.

—¿Y qué quieres que haga, Javier? Yo trabajo. No puedo desaparecer cada vez que a mamá le pasa algo.

—Ya, pero yo también tengo cosas.

—¿Qué cosas?

Me salió contestarle que no tenía por qué darle una agenda detallada de mi vida. Pero no lo hice. Me quedé callado demasiado rato y ella remató:

—No te lo digo a malas. Es que eres el que mejor puede hacerlo.

Colgué con una sensación bastante fea. Porque una parte de mí quería que me pidieran perdón. Pero otra parte sabía que yo mismo había alimentado aquello. Cada vez que había dicho “déjalo, ya voy yo”, cada vez que había cogido el coche sin protestar, había enseñado a todos que podían contar conmigo a cualquier hora.

También había otra cosa, más difícil de admitir: me daba miedo dejar de ser imprescindible. Si ya no llevaba a mi madre, si ya no solucionaba las cosas de la casa, si no estaba disponible para mis hermanos, ¿qué quedaba de mí? Un hombre separado, prejubilado, con una hija que llama los domingos si no está liada.

Hace unas semanas, mi hija vino a comer. Estábamos recogiendo la mesa y me vio apuntando en un papel las citas de mi madre, la ITV de mi coche y una lista de cosas que me había mandado Nuria.

—Papá, ¿y tú cuándo haces cosas que te apetecen a ti?

Le respondí una tontería, que había quedado para nadar el jueves. Ni siquiera era verdad. Hacía meses que no iba a la piscina.

Al día siguiente escribí al grupo de mis hermanos. Propuse un calendario sencillo: quién se encargaba de cada cita, quién hacía compra, quién se quedaba disponible para urgencias reales. Puse también que los martes por la mañana y los viernes no contaran conmigo salvo que pasara algo serio.

Nuria puso un pulgar arriba. Rubén tardó dos días en responder y dijo que lo veía complicado por los niños.

No fue una gran conversación familiar. Nadie me abrazó ni dijo que no se había dado cuenta. Mi madre, cuando se lo conté, soltó que ella no quería ser una carga, y luego se quedó triste. Me sentí culpable al instante y acabé diciéndole que no era por ella, que era por cómo nos habíamos organizado todos.

Hoy es viernes. He dejado el móvil en silencio durante una hora y he ido a nadar por primera vez desde enero. Al salir tenía tres llamadas perdidas de Nuria. Se me cerró el estómago antes de escuchar los audios.

Al final no era nada grave. Quería saber dónde guardaba mamá las facturas del seguro del hogar.

Le contesté que no lo sabía.

Y esta vez no fui a buscarlo.