No soy tu salvavidas: La historia de Valeria y el peso de los sueños ajenos
—¡Andrés, no puedo más! —grité, con la voz quebrada y las manos temblando sobre la mesa de la cocina. El olor a café recién hecho se mezclaba con el de la lluvia que golpeaba los techos de zinc en nuestro barrio de Belén, en Medellín. Él ni siquiera levantó la mirada del celular. Sentí cómo una rabia sorda me subía por el pecho, mezclada con una tristeza antigua, esa que se instala cuando uno se da cuenta de que está más solo acompañado que solo.
Me llamo Valeria Jiménez, tengo 29 años y desde hace tres comparto mi vida —y últimamente, mis frustraciones— con Andrés. Cuando nos mudamos juntos, pensé que era el inicio de una vida nueva: dos jóvenes soñadores, listos para comerse el mundo. Pero pronto entendí que no todos los sueños pesan igual para todos.
Andrés venía de una familia donde la mamá lo hacía todo: le servía el plato, le lavaba la ropa, le resolvía hasta el más mínimo problema. Yo, en cambio, crecí viendo a mi mamá sacar adelante sola a tres hijos después de que mi papá se fuera con otra mujer. Aprendí a no esperar nada de nadie y a pelear por lo que quería. Por eso, cuando Andrés empezó a dejarme todo el peso de la casa —la comida, las cuentas, hasta recordarle sus propias entrevistas de trabajo— sentí que me estaba ahogando.
—¿Por qué siempre tienes que estar encima mío? —me dijo una vez, cuando le reclamé por no buscar trabajo en serio.
—Porque si no lo hago yo, nadie lo hace —le respondí, sin poder evitar el tono amargo.
Al principio pensé que era cuestión de tiempo. Que cuando él encontrara algo estable, todo cambiaría. Pero pasaron los meses y nada. Yo trabajaba como profesora en un colegio público y en las tardes daba clases particulares para poder pagar el arriendo y ayudarle a mi mamá con los gastos de mis hermanos menores. Andrés, en cambio, pasaba horas jugando FIFA o viendo series. Cuando le preguntaba por las hojas de vida que supuestamente había enviado, me respondía con evasivas o se molestaba.
La gota que rebosó el vaso fue una tarde de domingo. Mi mamá vino a visitarnos y vio a Andrés tirado en el sofá mientras yo lavaba los platos y preparaba la comida para la semana.
—Mija, ¿usted es la mujer o la sirvienta? —me susurró al oído mientras picaba cebolla.
Sentí una vergüenza profunda. No solo por mí, sino porque sabía que mi mamá tenía razón. Esa noche discutimos fuerte. Andrés me gritó que yo era una controladora, que lo presionaba demasiado y que así no podía avanzar. Yo lloré hasta quedarme dormida.
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Apenas nos hablábamos. Yo salía temprano y volvía tarde; él seguía igual. Una noche llegué agotada y encontré la nevera vacía. Andrés estaba jugando en línea con sus amigos.
—¿No fuiste al mercado? —le pregunté.
—Se me olvidó —respondió sin mirarme.
Esa noche cené pan duro y lloré en silencio en el baño. Me pregunté si esto era lo que quería para mi vida. Recordé a mi mamá diciendo: «Uno no vino a este mundo a cargar con nadie».
Empecé a hablarlo con mi mejor amiga, Camila. Ella me escuchaba sin juzgarme.
—Valeria, tú no eres responsable de la vida de Andrés. Si él no quiere cambiar, no lo va a hacer porque tú lo empujes —me dijo una tarde mientras tomábamos tinto en un café del centro.
Pero dejarlo no era tan fácil. Había amor, claro; pero también miedo: miedo a estar sola, miedo al qué dirán, miedo a fallar como pareja después de tanto luchar. Además, su familia me quería mucho y siempre decían que yo era «la mejor cosa que le había pasado» a Andrés.
Un día recibí una llamada urgente de mi hermano menor: mi mamá había tenido un accidente en el trabajo y necesitaba ayuda para cuidar a mis hermanos mientras ella se recuperaba. Sin pensarlo dos veces, empacqué una maleta y me fui para su casa.
Andrés ni siquiera preguntó si necesitaba algo. Solo me escribió un mensaje frío: «Avísame cuando vuelvas».
Durante esas semanas lejos de él, sentí una paz extraña. Me dediqué a cuidar a mi familia y a pensar en mí misma por primera vez en mucho tiempo. Me di cuenta de cuánto había dejado de lado mis propios sueños: quería estudiar una especialización, viajar, tener mi propio apartamento algún día… pero todo eso parecía imposible cargando con alguien que ni siquiera quería caminar.
Cuando mi mamá mejoró y volví al apartamento, supe lo que tenía que hacer. Andrés estaba igual: tirado en el sofá, la casa hecha un desastre.
—Andrés —le dije con voz firme—, esto se acabó. No puedo seguir cargando contigo. No soy tu mamá ni tu salvavidas.
Él se quedó callado unos segundos y luego explotó:
—¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Crees que sola vas a poder con todo? ¡Nadie te va a aguantar como yo!
Sentí miedo, sí; pero también una libertad inmensa. Empaqué mis cosas mientras él me insultaba y me fui sin mirar atrás.
Al principio fue duro: las noches solas, las dudas, las preguntas incómodas de la familia y los amigos. Pero poco a poco fui recuperando mi vida. Empecé la especialización en educación inclusiva y conseguí un trabajo mejor pagado en una fundación. Ayudé a mi mamá a montar un pequeño negocio de arepas y aprendí a disfrutar mi propia compañía.
A veces me encuentro con Andrés en la calle o veo sus publicaciones en redes sociales: sigue igual o peor. Y aunque me duele pensar que alguien puede quedarse estancado así, ya no siento culpa ni responsabilidad.
Hoy sé que el amor no es cargar al otro ni sacrificar tus sueños por miedo o costumbre. El amor es crecer juntos; si uno se queda atrás por decisión propia, hay que soltarlo antes de hundirse los dos.
¿Y ustedes qué piensan? ¿Hasta dónde es justo luchar por alguien antes de perderse uno mismo? ¿Cuántas mujeres siguen cargando con hombres que no quieren caminar solos?