Eres solo una sombra cuando ya no eres útil
—¿Por qué siempre tengo que ser yo el que viene a buscarte? —me pregunté en voz baja, mientras apagaba el motor del viejo Chevrolet y miraba hacia el bloque de apartamentos donde vivía mi suegra. El sol de la tarde caía pesado sobre Ciudad del Este, y el sudor me corría por la frente aunque apenas había caminado unos pasos. Ajusté el cuello de mi camisa, tratando de parecer menos derrotado de lo que me sentía.
Subí los tres escalones que llevaban a la entrada y, justo cuando iba a tocar el timbre, vi una silueta en la ventana del primer piso. Era mi esposa, Lucía, pero no estaba sola. Mi corazón se detuvo un instante: junto a ella, demasiado cerca para mi gusto, estaba su primo Javier. Él le sostenía la mano y le susurraba algo al oído. Sentí una punzada en el pecho; no era la primera vez que notaba esa complicidad entre ellos, pero nunca había querido creer lo que todos en la familia murmuraban a mis espaldas.
Me quedé paralizado, sin saber si entrar o dar media vuelta. En ese momento, la puerta se abrió de golpe y apareció mi suegra, Doña Rosa, con su voz áspera y su mirada inquisitiva.
—¿Vas a quedarte ahí parado como un poste o vas a entrar? —me espetó.
Entré sin decir palabra. El olor a guiso y humedad me golpeó como un recuerdo de infancia, pero esta vez no me reconfortó. Lucía salió del cuarto con los ojos rojos y evitó mirarme. Javier se despidió rápido, dándome una palmada en el hombro que sentí como un insulto.
—¿Listos para irnos? —pregunté, tratando de sonar casual.
—No sé si quiero volver hoy —dijo Lucía, con voz temblorosa.
Doña Rosa intervino enseguida:
—Déjala aquí esta noche, Marek. Necesita descansar de tanto problema.
Sentí que me desmoronaba por dentro. ¿Tanto problema? ¿Acaso yo era el problema? Me senté en el sofá roto del living y miré mis manos. Recordé todas las veces que fui yo quien resolvió los líos familiares: cuando Javier perdió su trabajo y lo alojé en casa; cuando Doña Rosa enfermó y fui yo quien la llevó al hospital; cuando Lucía necesitó dinero para terminar su carrera y vendí mi moto para ayudarla. Siempre estaba ahí, siempre era útil… hasta que dejaba de serlo.
Esa noche volví solo a casa. El silencio era tan denso que podía escuchar el zumbido del refrigerador viejo. Me serví un trago de caña paraguaya y me senté frente al ventilador. ¿En qué momento me convertí en invisible para los que más quería?
Al día siguiente, mi hermana menor, Camila, me llamó desde Asunción.
—Marek, ¿cómo estás? Hace tiempo que no sé nada de vos.
Quise contarle todo, pero solo dije:
—Bien, Cami. Todo bien.
Mentira. No estaba bien. Me sentía usado, como una herramienta guardada en un cajón hasta que alguien la necesita otra vez. Pensé en mi padre, que siempre decía: “En esta vida, hijo, uno vale lo que puede dar”. ¿Será cierto?
Pasaron los días y Lucía no volvió. Doña Rosa me llamaba solo para pedirme favores: “Marek, ¿podés traerme unas medicinas?”, “Marek, ¿me ayudas con el alquiler?”. Javier venía a buscar sus cosas y ni siquiera me miraba a los ojos. En el barrio empezaron los rumores: “Parece que Lucía ya no quiere volver”, “Dicen que Marek es muy frío”, “Seguro algo hizo”.
Una tarde lluviosa, decidí enfrentar a Lucía. Fui al apartamento de su madre y la encontré sola en la cocina.
—¿Por qué no volviste? —le pregunté sin rodeos.
Ella bajó la mirada y jugueteó con una taza rota.
—No sé… Siento que ya no somos los mismos. Que solo estamos juntos porque es lo cómodo… porque es lo que esperan todos.
—¿Y Javier? —pregunté, con la voz quebrada.
Lucía se quedó callada un momento largo antes de responder:
—Javier es solo un amigo… pero contigo siento que ya no puedo ser yo misma. Siempre estás resolviendo todo, pero nunca te detienes a escucharme.
Me quedé mudo. ¿Era cierto? ¿Me había convertido en ese hombre práctico pero ausente? ¿O simplemente era más fácil culparme a mí?
Salí bajo la lluvia sin paraguas. Caminé sin rumbo por las calles llenas de baches y charcos. Vi a niños jugando descalzos bajo el agua, riendo como si nada importara. Recordé mi infancia en Encarnación: mi madre luchando sola para criarnos, mi padre ausente por trabajo en Buenos Aires. Siempre quise ser diferente… pero ahora sentía que repetía la misma historia.
Esa noche recibí un mensaje de Camila:
—Marek, mamá está mal otra vez. ¿Podés venir?
Sin pensarlo dos veces, tomé el primer bus a Asunción. Durante el viaje pensé en todo lo que había dejado atrás: un matrimonio roto, una familia política que solo me buscaba por conveniencia, amigos que desaparecieron cuando dejé de invitar las cervezas.
Al llegar al hospital vi a mi madre conectada a mil tubos. Camila lloraba en silencio.
—Siempre eres tú el que resuelve todo —me dijo entre sollozos—. Pero también tienes derecho a sentirte mal.
Por primera vez en mucho tiempo lloré sin vergüenza. Lloré por mí, por Lucía, por todos los momentos en los que fui solo útil y nunca amado por quien soy realmente.
Mi madre despertó y me tomó la mano con fuerza sorprendente para su edad.
—Hijo… no te olvides de vivir para ti también.
Esa frase me quedó grabada como un tatuaje invisible. Cuando mamá mejoró y volví a Ciudad del Este, tomé decisiones difíciles: vendí el auto viejo para pagar mis propias deudas; busqué un trabajo nuevo lejos del barrio; corté contacto con quienes solo me buscaban por interés.
Lucía vino a buscarme una tarde cualquiera.
—¿Podemos hablar? —me preguntó con voz suave.
La miré largo rato antes de responder:
—Solo si es para decirnos la verdad… aunque duela.
Nos sentamos en una plaza llena de niños jugando fútbol y abuelas vendiendo chipá. Hablamos durante horas: de nuestros miedos, nuestras frustraciones y todo lo que nunca nos dijimos por miedo a romper lo poco que quedaba.
Al final entendimos que nuestro amor se había convertido en costumbre; que nos necesitábamos más por miedo a estar solos que por verdadero cariño. Nos abrazamos fuerte y lloramos juntos… pero esta vez fue un adiós sincero.
Hoy vivo solo en un departamento pequeño cerca del río Paraná. Aprendí a disfrutar mi propia compañía; a decir “no” cuando algo no me hace bien; a buscar relaciones donde valga por quien soy y no solo por lo que puedo dar.
A veces me pregunto: ¿Cuántos de nosotros vivimos así? ¿Cuántos somos recordados solo cuando somos útiles? ¿No merecemos todos ser amados simplemente por existir?