La última criada de la señora Olmedo

¡Torpe idiota! El agudo chasquido de una bofetada resonó en el salón de mármol. Sentí el ardor en mi mejilla antes de comprender que no era la primera vez que Olivia Olmedo descargaba su furia sobre alguien como yo. Pero esta vez, no bajé la mirada. No podía permitírmelo.

—¿Vas a quedarte ahí plantada, Lucía? —escupió ella, con ese acento madrileño tan marcado que parecía cortar el aire—. ¿O piensas limpiar el jarrón antes de que llegue tu señor?

El jarrón, un horroroso objeto de porcelana china, yacía hecho añicos en el suelo. No había sido mi culpa, pero en esa casa, la culpa siempre era de la criada. Me agaché, recogiendo los pedazos con manos temblorosas, mientras sentía la mirada de Olivia clavada en mi nuca. Sabía que si lloraba, perdería. Y yo no podía perder ese trabajo. No después de todo lo que había pasado.

Mi madre había sido criada en otra casa del barrio de Salamanca. Siempre me decía: “Lucía, en las casas grandes se escucha más lo que no se dice que lo que se grita”. Pero en la mansión de los Olmedo, todo se gritaba. Desde el primer día, supe que Olivia no era como las otras señoras. Era joven, hermosa y cruel. Había llegado hacía apenas seis meses, tras la muerte repentina de la primera esposa de don Ernesto Olmedo, el empresario del ladrillo que todos en Madrid temían y respetaban a partes iguales.

Las otras criadas no duraban ni una semana. Carmen, la cocinera, me lo advirtió el primer día:

—Esta mujer está maldita, Lucía. No aguanta a nadie cerca. Si puedes, vete antes de que te destroce.

Pero yo no podía irme. Mi padre estaba enfermo y mi hermano pequeño necesitaba los libros del instituto. Así que aguanté. Aguanté los gritos, las humillaciones y las miradas por encima del hombro. Aguanté los comentarios sobre mi acento andaluz y mis manos ásperas. Aguanté porque no tenía otra opción.

Una noche, mientras fregaba los platos en la cocina, escuché voces en el despacho. Era tarde y don Ernesto aún no había llegado. Me acerqué sigilosamente y oí a Olivia hablando por teléfono:

—No te preocupes, todo va según lo planeado. Pronto será mío… Sí, sí, todo el dinero…

Me quedé helada. ¿De qué hablaba? ¿A quién le prometía el dinero? Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Desde entonces, empecé a observarla con otros ojos.

Olivia tenía una extraña obsesión con los papeles del despacho de don Ernesto. Cada mañana revisaba los cajones cuando él salía para sus reuniones interminables en Castellana. Una vez me sorprendió mirándola y me lanzó una sonrisa helada:

—¿Te pagan por cotillear o por limpiar?

—Por limpiar, señora —respondí bajando la cabeza.

—Pues hazlo bien —susurró—. Aquí nadie es imprescindible.

Las semanas pasaron y la tensión crecía en la casa. Don Ernesto estaba cada vez más ausente y su hija mayor, Teresa, apenas salía de su habitación. Una tarde la encontré llorando en el jardín.

—¿Estás bien, señorita Teresa?

Me miró con los ojos hinchados.

—No soporto a esa mujer —susurró—. Desde que llegó todo va mal… Mi madre no estaría muerta si…

Se tapó la boca y rompió a llorar. Yo no sabía qué decirle. Solo podía ofrecerle un pañuelo limpio y mi silencio.

Esa noche, mientras recogía la mesa del comedor, escuché un golpe seco en el piso de arriba. Subí corriendo y encontré a Olivia discutiendo con don Ernesto.

—¡No puedes seguir controlando mi vida! —gritaba ella.

—Esta casa es mía y harás lo que yo diga —respondió él con voz grave.

Olivia salió dando un portazo y me empujó al pasar.

—¡Aparta!

Me quedé paralizada unos segundos antes de bajar corriendo a la cocina. Carmen me miró preocupada.

—¿Qué ha pasado ahora?

—No lo sé —mentí—. Pero esto va a acabar mal.

A partir de esa noche, empecé a encontrar cosas extrañas: documentos desaparecidos, joyas fuera de lugar, llamadas misteriosas a altas horas de la madrugada… Una mañana descubrí a Olivia llorando en el baño de servicio. Por un instante pareció humana.

—¿Señora? ¿Le pasa algo?

Me miró con los ojos llenos de rabia y miedo.

—¿Nunca has sentido que todo el mundo te odia? —susurró—. Que hagas lo que hagas nunca será suficiente…

No supe qué responderle. Solo asentí y salí sin hacer ruido.

Un domingo por la tarde, don Ernesto sufrió un infarto mientras veía el fútbol en el salón. Olivia gritó pidiendo ayuda y yo corrí a llamar al 112. Mientras esperábamos a la ambulancia, vi cómo ella rebuscaba desesperada entre los papeles del despacho.

Don Ernesto sobrevivió, pero quedó muy débil. Olivia empezó a controlar todo: las cuentas bancarias, las visitas, incluso lo que comíamos en casa. Teresa se encerró aún más en sí misma y Carmen decidió marcharse.

Me quedé sola con Olivia y Teresa en aquella mansión fría y silenciosa.

Una noche, mientras limpiaba el despacho, encontré una carta dirigida a don Ernesto con el membrete de un bufete de abogados muy conocido en Madrid: «Testamento Olmedo». No pude evitar leerla: hablaba de una cláusula secreta que impedía a Olivia heredar si se demostraba que había actuado contra los intereses de la familia.

De repente sentí una mano en mi hombro.

—¿Qué haces? —era Olivia.

Me giré temblando.

—Solo limpiaba…

Ella me miró fijamente durante unos segundos eternos y luego sonrió con frialdad.

—Eres más lista de lo que pareces, Lucía…

Desde ese día empezó a tratarme diferente: menos gritos, más órdenes susurradas al oído, más confianza forzada. Me pedía que vigilara a Teresa, que le avisara si venían abogados o familiares inesperados… Me convertí en sus ojos y oídos sin quererlo.

Pero yo también tenía mis propios ojos y oídos. Empecé a guardar pruebas: fotos de documentos desaparecidos, grabaciones de sus llamadas nocturnas… No sabía qué haría con ellas, pero sentía que debía protegerme.

Una tarde recibí una llamada anónima:

—Sé lo que está pasando en esa casa —dijo una voz masculina—. Si tienes pruebas contra Olivia Olmedo, entrégalas al abogado don Julián Serrano antes del viernes o todos acabaréis pagando las consecuencias.

Colgué temblando. ¿Quién era ese hombre? ¿Cómo sabía lo que yo sabía?

Esa noche apenas dormí. Al día siguiente encontré a Teresa desmayada en su habitación: había tomado pastillas para dormir mezcladas con alcohol. Llamé a urgencias y me quedé a su lado hasta que llegó la ambulancia.

Cuando Olivia se enteró montó en cólera:

—¡Esto es culpa tuya! ¡Tú debías vigilarla!

No respondí. Ya no tenía miedo.

El viernes por la mañana fui al despacho del abogado Serrano con todas mis pruebas guardadas en una bolsa de tela azul: fotos, grabaciones y una copia de la carta del testamento.

Don Julián me escuchó en silencio durante más de una hora y al final asintió con gravedad:

—Has hecho lo correcto, Lucía. Esto puede salvar a Teresa… y a ti misma.

Esa misma tarde la policía entró en la mansión Olmedo y detuvo a Olivia por intento de estafa y coacciones familiares. Don Ernesto lloró como un niño cuando le contaron toda la verdad; Teresa me abrazó sin decir palabra alguna.

Me ofrecieron quedarme como ama de llaves pero rechacé el puesto: necesitaba empezar mi propia vida lejos de aquella casa maldita.

Ahora trabajo limpiando oficinas en Atocha y cuido a mi padre cada tarde después del trabajo. A veces paso por delante del portal de los Olmedo y me pregunto si alguna vez podré olvidar todo lo que viví allí dentro.

¿Vale siempre la pena ser leal cuando tu propia dignidad está en juego? ¿Cuántas Lucías habrá ahora mismo soportando lo insoportable entre las paredes silenciosas de las casas grandes de Madrid?